domingo, 21 de abril de 2019

EL ASEDIO: De vuelta al Excelsior.


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Repantigada en el sillón de cuero negro, cruzadas las piernas satinadas bajo una falda azul eléctrico, pálida e impávida, hojeaba un periódico con actitud de desdeñosa espera, de tedio negligente. No podía calcular cuándo llegaría yo. O bien procuraba mitigar el romanticismo de esperarme en el mágico recinto donde hacía poco más de un año la había esperado yo. No cabía duda de que pretendía devolverme la espera. Así lo denotaban la tetera, el libro de bolsillo abierto bocabajo con el espinazo roto, el vaso largo con un resto de cubito, el bolso de ante entreabierto, su bostezo de anuncio de somnífero. Me conmovió la coquetería de disimular el tamaño de su fe. La aureolaba el resplandor de una lámpara de pie con el cono de la pantalla dorado, una luz en el corazón de otra, una luz concéntrica a la tonalidad ambarina de la araña con cristales de lágrimas. A aquella luz ahora me pareció que Ángela se desenvolvía como una actriz ante los focos, como la actriz que era interpretando el más arduo de los papeles, a sí misma. Lúcida, encandilada, era el centro de interés de los camareros y escasos clientes, los extras del reparto. Cuando a mi lado alguien la señaló llegué a plantearme si su luminosa aparición no respondería a una campaña publicitaria del hotel. Solo una estrella podía representar aquella especie de cuadro vivo en que fluían una vida intensa y un movimiento imperceptible, pensé en una dríade en una gruta submarina, en la Bella Durmiente recién despertada en la corte. En un momento dado la cafetería pareció rotar en torno a ella.
Flameaba como una llama en el corazón del fuego. Su fluctuación de gema sumergida en agua cristalina, su carácter de centro inmóvil sobre su eje, inmóvil pero palpitante, el punto fijo de la rotación terrestre –cito al Eliot de los Cuatro Cuartetos-, de epicentro de un terremoto que ya resquebrajaba los muros de estuco, la asemejaba a la conmovedora Ángela onírica, la Ángela de mi reciente sueño. Éste había resultado premonitorio. Me habría quedado allí mirándola el resto de mi vida. La hoja seca de un plátano cayó balanceándose lentamente junto a mí. Pero podía hacer algo mejor que contemplar: ingresar en aquel ámbito tierno y tenue, tibio y suave en donde se demandaba mi presencia. Mi llegada respondería a su espera, a su esperanza. Me sentaría a su lado y los dos arderíamos en la misma llama pálida de aquella luz. No llegué a dar el primer paso. La expansión de un latido procedente de la izquierda alteró el estancamiento, el encantamiento de estatismo, y alcanzó a alterar la primera de las ondas que imperceptiblemente ondulaban de la mesa de Ángela. A contracorriente el intruso se propulsó con un impulso de brazos, dio una zancada como un coletazo y, reclamando a un camarero, su zarpa se elevó con amenaza de aleta. Un tiburón había irrumpido en el estanque. Subiéndose las perneras se reacomodó junto a Ángela procedente de los lavabos y señaló al camarero el vaso largo. Identificar la mandíbula de pedernal y la nariz rota del progenitor de Ángela matizó la desilusión de que en verdad ella no me esperase con un temblor de miedo y de su gemelo, el odio. Al menos, la presencia de su padre era preferible a la de Juan Eduardo Galán. Aunque éste no podría aherrojarme en otra celda que en su prosa ni descerrajarme más que cualquiera de sus estupideces. El camarero le trajo su copa y él bebió dos tragos.
El Jefe de Policía, cuyo nombre prefiero olvidar, se engolfó en una discusión con su hija, referente a alguna información del periódico, desplegado sobre la mesa, pues no dejaban de señalarlo mientras con la otra mano aventaban los argumentos del otro, y tanto se abstrajeron que me arriesgué a permanecer en mi puesto de observación, con peligro de despertar las sospechas del portero o ser detectado por cualquiera de ellos dos. Al ver que con un chasquido de dedos él pedía la cuenta mientras ella denegaba con la cabeza, fui a apostarme tras un quiosco clausurado. Aquella salida precipitada, cuando no había apurado su bebida, era otro síntoma de malestar. Salieron, sin dejar de esbozar la mímica del desacuerdo. Ángela dejó caer el periódico en una papelera verde con celosía de hierro. Se alejaron en dirección de Duende, ella un paso por delante, dando la espalda a las razones de él. Fui a rescatar el periódico para dilucidar el motivo de la discordia.
       

sábado, 13 de abril de 2019

EL ASEDIO: Atardecer.


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Los comercios tenían cerrados los párpados metálicos y bajas las rejas de las pestañas. Abúlicos vagaban los transeúntes. En el privilegiado barrio la tarde era otra madura dama oronda y opulenta, cínica o al menos escéptica, que morosa y majestuosa en sus galas discretas y elegantes, decadentes, luciendo un espectro de ocres, malvas y lilas, del negro al violeta, avanzaba hacia la noche. En la luz naranja que con una dudosa textura moral, una pesantez ecuánime, indiferente, serena, se aquietaba entre los plátanos, se concentraba todo el hastío y el lujoso anquilosamiento del ambiente. El aire denso, lento, era en cada calle un estanque, una piscina oblonga. Quizá a causa de un reflejo condicionado por aquel hálito de tarde de domingo –era un día festivo- me aleteaba adentro un tordo triste, un tordo que había anidado en la estela de mi sueño. Había bajado de mi nuevo estudio en la atardecida.
Se lo había subalquilado a un vejete acezante en un edificio de apartamentos cercano del centro neurálgico, próximo a la calle Duende, asequible gracias a su estado ruinoso y a lo irregular de la operación, celebrada de palabra. Tuve que aceptarlo pese a que me consta la facilidad con que un pacto entre caballeros acaba revelando la hipocresía de tal categoría moral. El desvencijado bloque, fantasma a excepción de dicho inquilino, que habitaba al lado, me recordó el descrito por Bernard Malamud, otro de mis judíos favoritos, en Los Inquilinos (mi futuro de crítico literario no me exime de las referencias literarias, así que no me mantendré en mi idea de erradicarlas). Me había dado el soplo la víspera uno de aquellos conserjes, tan desprendido que casi me hizo virar de opinión sobre el gremio.
Inane e inerte, ahora plácidamente triste, inconsciente, como un zombi sentimental mis pasos me devolvieron a la calle Duende. Solo un tropiezo con Juan Eduardo Galán, el autor más pobre pero también el más rico, me hubiera despertado del encantamiento inspirándome un ataque de furia. Aproveché la ausencia de conserjes y comerciantes para recorrerla varias veces, arriba y abajo, cada vez que me acercaba a las vidrieras y maderas del portal, a las siete ventanas de arriba, el corazón se me fundía como la nieve. Ignoraba si los turbios reflejos de sus ventanas correspondían a la ausencia, al sueño, a la visión de un DVD, a la audición de alguno de sus papeles –así los memorizaba-. Descartaba la celebración de algún rito sexual.
Aterrizaba sobre la ciudad un crepúsculo rosado y amatista, el estanque o la piscina, en cada plaza un lago, se cubrieron de plumas y pétalos de rosa. Los peatones partían el agua lentamente, ensimismados, en trance. Ellos parecían príncipes enamorados, ellas princesas encantadas. También yo seguía hipnotizado. Enfilé la avenida y sin pensarlo me encontré ante la cristalera de la cafetería del Excelsior, allí donde me había reencontrado con Ángela después del rodaje de Rojo y Negro, y sellamos nuestro compromiso. Desperté. Desperté a un sueño, otro sueño.
Cuando en el interior, a través de la cristalera, vi a Ángela arrellanada en un velador, tan cercana e inalcanzable, y extendí la mano hasta palpar el vidrio ardiente, al rojo, como si en él fueran a tallar una figura simbólica, y allí posé los dedos, con la actitud de un espectador que en la pantalla tocara la imagen de su ídolo, supe que como el peregrino sentimental de Henry James había acudido al templo de mi nostalgia con la esperanza latente de encontrar a la otra celebrante.

jueves, 11 de abril de 2019

EL ASEDIO: Sueño.


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En la penumbra azul se fueron concretando unos muebles funcionales, heteróclitos, anónimos. Húmedas succiones borboteaban en la tubería descubierta que entre los apliques de luz surcaba el cielorraso. Acabaron de perfilarse un biombo ornado con dragones y pagodas, el mueble bar impersonal como un camarero eficiente, la campana tubular de la cocina. Las sillas de rejilla congeniaban con dos plegables. Otro estudio. Con aire de trastero adonde hubieran arrumbado los muebles sobrantes de otros pisos. O quizá atestado de los enseres salvados de los naufragios del olvido, lo revestía mi memoria con los recuerdos de las múltiples viviendas por donde he errado, innumerables pisos de estudiantes y apartamentos en los que sin éxito tantos años he intentado sorprender mi inestabilidad e inmadurez, mi trashumancia sin sentido. Porque en la bruma del duermevela el recinto me resultaba familiar, era conocido y a un tiempo ignoto, cercano y a la vez remoto como el rostro de alguien visto a diario que reaparece en unas vacaciones disfrutadas en alguna ciudad exótica. Quien despertaba era yo pero también no lo era. Aunque estaba a punto de recordarlo no sabía dónde estaba ni cuándo era. Y lo más raro era que no me importaba. Como en una borrachera duradera aún me encontraba bajo los efectos del sueño que acababa de obtener, un sueño muy feliz y muy triste. Aunque consideré el estudio una prolongación del sueño, cerré los ojos para reintegrarme a él. Me quedé traspuesto, pero se me resistió una puerta negra al pie de un tramo de escaleras en descenso. Volví a intentarlo. No lo conseguí; al menos perduraba el hechizo del sueño, de aquel encantamiento por suerte no despertaba. Su magia seguía obrando en la vigilia. Pervivía el sentimiento de maravilla. Drogas aparte, lo más parecido había sido la euforia sentida al despertar de la anestesia general, hacía años inyectada antes de una pequeña operación. ¿A eso se debía que antaño hubiera adictos al éter?
Llegó a parecerme que me había inmiscuido en un sueño ajeno, en el sueño de alguien más feliz y más infeliz que yo. Acaso había invadido algún reservado del inconsciente colectivo, irrumpido en su sala de máquinas o de montaje, o interrumpido una reunión de sus guionistas, el primer pase de algún factible mito. Las pocas veces que en la pantalla grande me deslumbraba una obra maestra también salía a la calle en un estado parecido, al decir de Ángela con las pupilas dilatadas y la boca embobada. La humedad de los párpados me confirmó que el sueño era propio; mío el guión original, o más bien basado en un hecho real, de aquella película magistral. Aún no había recobrado lucidez bastante para discriminar la calidad artística de los sentimientos que a veces una obra inspira. Tampoco se trataba de mis típicas ensoñaciones sobre los personajes de la novela en curso. Con frecuencia antes de dormirme, como quien activa un despertador mental para despertarse a una hora determinada, exhorto al equipo de negros de mi subconsciente para que durante el sueño, en su sótano clandestino, no dejen de escribir los episodios y combinar las escenas que yo antes de dormirme esbozo. Aunque puede que sí se tratara exactamente de eso, puesto que por una vez era yo el protagonista de mi novela.
Lo cierto era que la vigencia del sueño, el hecho de que como ciertas lunas en el fondo celeste de la mañana siguiera trasluciéndose en la vigilia, revelaba lo acendrado del sentimiento que lo informaba. Gracias a su permanencia, a que largo tiempo seguí soñando despierto aquel sueño, y a posteriores notas pergeñadas en vista a la composición de esta novela, puedo reconstruirlo verosímilmente. Fue mi último gran sueño, y no lo digo con la nostalgia de quien echa de menos el cine de los grandes estudios. Ahora nunca sueño. Duermo casi diez horas y casi nunca sueño fuera de algún aburrido telefilme o serie. Y así lo prefiero. Es posible que mi vida actual se parezca a eso, a una sucesiva y plana y triunfal serie televisiva controlada por romos ejecutivos televisivos, pero al fin se ha vuelto tan exitosa como tranquila. Gracias al orden también me he librado de aquellas visiones y delirios que cerca estuvieron de descabalarme la cordura.
En suma, aquel sueño inscrito con tal nitidez en mi conciencia fue uno de esos dos o tres que se recuerdan toda la vida. Imprimió en mi ánimo una huella lunar que no logró borrar ni el huracán de los subsiguientes acontecimientos. El sueño transcurría en un pub subterráneo, penumbroso, un pub que aunque seguía abierto por la mañana –afterhour- también abría de noche, de modo que el tiempo era otro cliente ebrio, nunca se sabía qué hora era, en todo caso en los sueños fluye otro tiempo, en la misma vigilia a veces el tiempo tampoco es uniforme, pero allí la desubicación temporal era permanente, o más bien a todas horas eran las once de la mañana, pero las once de la mañana de un afterhour. Cuando relampagueaban unas luces la penumbra se convertía en una grisura opaca, esmerilada. Eran luces granulosas, luces oscuras. Tenía la decoración de una cueva, una gruta, típica en ciertos locales de la margen izquierda del Sena en el París de Boris Vian. Se accedía por una puerta negra, la misma que no lograba abrir cuando me hube despertado y en vano intenté volver a ingresar. Aunque recordaba haber llegado solo, había pasado la velada conversando animadamente con desconocidos. Me habían adoptado dos o tres grupos sucesivos. En mí era raro, estoy acostumbrado a tener un solo interlocutor; así puedo acapararlo, monopolizarlo, y entre mucha gente acabo desinteresándome y aislándome en un mutismo maleducado. Por una vez había estado a gusto entre varias personas, casi natural, sin la exigencia de brillantez que de costumbre me atosiga. Desgajado, al menos provisionalmente, del último, con la excusa de pedir otro whisky me quedé bebiendo solo mientras ellos dilataban su charla. Pronto me reuniría con ellos, eran amables pero no acaparadores. Relampagueaba la música disco, aún se fumaba, en un momento dado, a la entrada de Ángela, también sola, la penumbra se apagó en unas notas de piano y las copas alumbraban como antorchas la cueva.
Venía toda de negro, un tono índigo que la hacía parecer tejida de silencio o noche, de la soledad de ultratumba, como en un cuadro tenebrista su cuerpo se trasfundía en las sombras. Contrastaba con la negrura la pálida lisura de su piel de nácar, estriada de venas azules. Su cara era una azucena florecida en la oscuridad. La blancura se transparentaba a través del diseño calado del jersey; del punto de ganchillo surgía su satinado cuello de cisne. Era una morena con cutis de rubia. La novedad era que su claror denotaba candidez, cierta cualidad moral que la acreditaba y hasta justificaba sus actos de violencia en mi contra. Aun así se disculpó después de saludarnos con naturalidad. Parecíamos citados allí para reconciliarnos, para reconciliarnos y despedirnos. Le pedí un whisky y entretanto bebió del mío. El ambiente, el aire del local era una piscina en una noche de luna llena. Nadamos en aquel silencio. Luego brindamos por la amistad y la cancelación del rencor. Aunque el resto de los clientes sostenían bajas pero animadas conversaciones, por sus miradas y sonrisas parecían al tanto de la situación. Entre ella y yo flotaba la convicción de que nuestra pugna había sido otra de las formas, una de las más alucinantes, que había adoptado el amor, y que este amor era nuestro destino, un amor que era más que un templo una peregrinación, un camino más que un hogar, y que aunque todavía nos quedaba un trecho para alcanzarlo ya habíamos pasado lo más duro, lo más escabroso, y solo quedaba esperar. Empezó a hablar.
Primero me dijo que su lance con Juan Eduardo Galán solo había sido eso, un antojo, un capricho que se había concedido para vengarse de mi noche loca con Victoria y para conjurar el aburrimiento de su ocio, pero que al final había acarreado más aburrimiento. Después me comunicó que se iba de viaje. Tenía comprometida una gira teatral, su debut en las tablas, no sé si me dijo en qué papel, de no ser por mi prurito de verdad me sería fácil inventar que interpretaría a Desdémona o Lady Macbeth, y más tarde habría de rodar una superproducción en Argentina. La escuchaba y no la escuchaba. Cosas de los sueños. Si su voz sonaba a hielo, se derretía; cuando era líquida se evaporaba y parecía de humo. Por una parte la entendía pero por otra ni siquiera la escuchaba, me había desdoblado en otro de aquellos clientes que nos observaban con disimulo, yo estaba con ellos, acodado de espaldas a la barra y mirando y admirando de lejos a Ángela, y aunque no podía oírla le daba la razón y la amaba con un amor más puro y romántico que su interlocutor, más desinteresado y entregado, un amor de espectador, de mitómano, de admirador. Cosas de los sueños y de la literatura. Incoherencias ajenas a la razón y a la cordura, enemigas de la paz, propensas a la discordia. Por eso no me importa haber dejado de soñar y casi he abandonado la escritura creativa, escribiré lo justo para terminar este escrito. El narrador de antaño nunca habría suspendido el tiempo de un sueño, su flujo submarino, con este tipo de observaciones, yo me ahogaba y he preferido salir a respirar a la superficie. Mi futuro está en el rigor del ensayo crítico. Pasaré del caos al cosmos, del mito al logos.
Mientras hablaba, de Ángela irradiaban vectores de vigilia, de la realidad más intensa, y partículas de electricidad, todos estábamos absortos en ella; centro neurálgico de la gruta, ésta se reorganizaba en torno a ella, el espectral camarero, las notas del piano de Bill Evans, las miradas y movimientos de los presentes, fluían al ritmo de Ángela como un hipódromo o un estadio según la velocidad de los caballos y los atletas.
No me dijo que volvería ni me pidió que la esperara, pero me constaba que durante su ausencia seguiría gobernando mi vida y toda ella, Ángela y el aire que la rodeaba decían que a su vuelta nos reencontraríamos. Sobre todo lo decía su mirada. En la media luz sus ojos de gata ardían con una luz de fuego oscuro. Una luz que se agitaba como el fuego, un fuego nocturno potente pero también frágil en sus temblores y oscilaciones, fijo pero cambiante como el mar, una ondulación portentosa y solitaria, fascinante, omnívora pero que como digo en cualquier momento podía apagarse, una luz salida de un cuadro tenebrista o de la fotografía de una película espectral. La luz del pub eran los ojos de Ángela. Experimenté la alegría de sentirme comprendido. Y supe que aquel pub subterráneo era en verdad un sepulcro, que los clientes estábamos muertos, éramos recientes cadáveres y si estábamos contentos era porque alguien había venido a visitarnos, Ángela, la única viva, cómo no íbamos a alegrarnos de que en nuestra primera noche bajo tierra alguien como ella hubiera venido con flores a hablar con nosotros sin escucharnos y a rezar una oración.
Pedí otros dos whiskies y cuando me volví me encontré solo y me puse a esperarla, me dispuse a esperar largo tiempo alimentándome de aquel júbilo y aquella exaltación de haber estado a su lado, la estela de su presencia que aún perduraría varios días después de despertar.
  

martes, 9 de abril de 2019

EL ASEDIO: Un muerto en el callejón.


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Aunque estaba ganando, conteniendo el aliento para que la disminución de aire no delatara mi presencia, me escabullí de la sala de juego por la cortina negra. Venido de la luz humosa, atenuada al ritmo de las expectativas de los jugadores, tuve que acostumbrarme al voltaje de las sucesivas bombillas descarnadas a través del corredor de cemento desnudo. Esperaba que no me hubiera visto Silvio Malatesta, el dueño del tinglado, el rey del juego. Acababa él de entrar por sorpresa en su garito con el teléfono aplicado a la oreja y el eterno habano, cuyo humo nunca hacía parpadear los ojos de besugo podrido, en la desmesurada boca con forma de herradura invertida sobre las branquias del mantecoso cuello. Antes de alcanzar las mesas se puso a medir la entrada con sus desproporcionados pies de palmípedo calzados con botines, de un lado a otro como en una pecera, el chaqué de piel de tiburón cernido adelante y la pajarita negra de lunares blancos sembrando el mismo pánico que una granada sin anilla. El cogote se le plegaba en ondas de furia. Seguro que estaba ordenando presionar a algún deudor con un torno; las deudas eran la lacra de su negocio. Siniestro a la sombra de su visera, se encogió de hombros Juan, el croupier lunático. Ya me lo había advertido. Un peón no podía prever los movimientos de caballo de ajedrez de su jefe. Con mis propinas y atenciones desde mi primera visita había captado el favor de quien estaba acostumbrado a que los jugadores solo le miraran las manos, aquellas manos ágiles, volátiles, escurridizas, que dotadas de invisibles alas, ya parecidas a palomas, ya a cuervos, repartían los azares de la fortuna. Antes de presentarme lo había telefoneado para conocer los planes de su jefe y con prevenciones me contestó que lo creía fuera de la ciudad. Al parecer había decidido amedrentar en persona a un deudor de larga cuenta. Tampoco la mía era coja. Recordé que Malatesta ya me había invitado a saldarla el día que comenzaron mis desventuras. Su mail había sido otro ingrediente de aquel plato de mal gusto con que celebré mi aniversario, el primer –y último- año con Ángela y en el trabajo. Y la guerra con ella me había impedido solventar mis deudas con la casa. Lo habían imposibilitado el saqueo de la cuenta conjunta y mi necesidad del dinero atesorado en el apartado de correos. De igual modo ahora debía retener los ochocientos euros arramblados de la mesa. Por una vez había ganado, cuando más falta me hacía. Tenía que proveerme de techo y sustento.
Viró el corredor en ángulo recto. Una luz de emergencia proclamó la puerta de salida. Confiaba que la suerte me siguiera siendo benévola. La distribución de los anclajes y remaches, y la combinación cerraduras y cerrojos de aquella puerta rectangular con dos hojas, me sugirieron que estaría abierta. O en caso contrario habría apostado un vigía que me dejaría vía libre. Me alarmó un crujido de suelas a mis espaldas, como si pisaran cáscaras de huevo o pequeños huesos. Serían los botines de Malatesta. Igual que cambia la marea de la suerte, ahora en mi ánimo subió la del miedo. El nivel del agua subía por mi cuerpo. De un momento a otro la voz gangosa del jefe me daría el alto y con el índice acusador de su habano me señalaría a sus sicarios. Haría un escarmiento conmigo para que nadie dejara de pagar sus débitos.
Giró el pomo y alcancé la orilla de la noche. Para estar fuera de peligro aún tenía que salir de aquel callejón trasero, un callejón ciego y aciago como la pez o la hez, pozo de amenazas y poso de suciedad que parecía el desagüe ideal para que los matones expulsaran a los indeseables o aleccionaran a los insolventes. La luz de harina de la luna se espolvoreaba sobre los laterales muros de ladrillo. Olía a pólvora enfriada, a colillas olvidadas, a harapos húmedos, a premeditación, a gélida venganza. A mis pies chasqueó una alcantarilla. La tráquea de la callejuela exhalaba negras corrientes procedentes del pulmón del cielo, así delineado sobre las cornisas de los edificios. Con aquel viento alentaba un silencio de miedo. Junto a un contenedor unos maullidos eléctricos se enzarzaron en una disputa o un acoplamiento, y los relámpagos de sus miradas intermitentemente alumbraban las porquerías, las bolsas de basura destazadas. Como un túnel del terror la callejuela ardía de amenazas sin nombre y no me atreví a echarme a correr ni a mirar atrás hasta que a mis espaldas chasqueó la alcantarilla. Una figura espiritada se impulsaba hacia mí. De dos zancadas a la carrera llegué al cruce con el callejón perpendicular, y aunque con la avenida titilante de neones a la vista lo más conveniente parecía seguir adelante, viré a la transversal al identificar al fondo de ésta la activación de los desgalichados brazos de Juan haciéndome señas con un molinete de aspavientos. Eran inconfundibles las palomas de sus manos de croupier oscilando al final de las mangas blancas de la camisa, la diestra ceñida a la altura del codo con un arete a juego con la visera. Tras cortarme la retirada, me habrían tendido una trampa más adelante, cerca de la avenida, y Juan había salido por la puerta de delante a advertirme. Si lo alcanzaba seguro que me indicaría la salvación a través de algún atajo o pasadizo, o podría distraer o despistar a mi perseguidor. No sentía los pies tocar el suelo, volaba henchido como una vela al viento. Ondeaba con flamear de bandera, ingrávido y a la vez grávido de pánico. Me impulsaba con las alas de los brazos. A Juan se le dislocaron los suyos en gestos convulsos, confusos, que tanto podían significar aliento a mi carrera como desesperación por el desarrollo de los acontecimientos. Seguro que no aletearía de aquel modo ni en el improbable caso de que la banca de aquel tugurio quebrara. De hecho, solo pudo contenerlos para llevarse las manos a los parietales en ademán de consternación. Supuse que tenía mi seguidor a la vista y que éste empuñaría un arma. Yo corría como en sueños, por mucho que me esforzara no avanzaba nada. Juan volvió a arremolinar las aspas de los brazos, exhortándome a recorrer el último tramo y sustraerme al radio de tiro. Ya a la espera de abrazarme los abrió en señal de triunfal y cálida acogida. Creí sentir la crepitación de unas suelas de crepé. Y como un viento dentro del viento junto al oído me silbó una corriente, y entre los pozos de los ojos de Juan se excavó un túnel de negra pupila y carnosos párpados enrojecidos, un tercer ojo humoso que empezó a verter lágrimas rojas. Los brazos se le habían detenido en cruz y por unos instantes quedó crucificado en el aire, clavado por la frente a la oscuridad, al viento.
Al tiempo que se desplomaba, a la izquierda se desvaneció en la esquina un destello fosforescente. Pude reconocer una chaqueta con flecos y cuadros reflectantes, cuya gigantesca talla, con cada hombrera en un punto cardinal, la delataba investida por el más robusto de la pareja de sicarios. Descarté que mi perseguidor hubiera errado el disparo. Apostado en la esquina el gordo había aguardado mi llegada, provocada por el reclamo del traidor croupier, pero lo puso en fuga la muerte de Juan, su cómplice. Me volví a mi salvador. Se había detenido cerca, la certera pistola baja, a un costado, y la cabeza vuelta a la izquierda, en dirección a los ecos de la huida del forzudo, fruncía la nariz con la actitud de un perdiguero aventando un rastro. Se volvió a la avenida, tal vez para cortarle el paso. A un instantáneo rayo de luna había identificado su perfil borroso, la vacía mirada de estatua, el gesto impasible, su aura de irrealidad, la inconfundible confusión que suscitaba. Su cara era la cara cero, la cara mil una del hombre de las mil caras.
Al salir de allí pisé la visera negra. Ahora olía a pólvora seca.
  

domingo, 7 de abril de 2019

EL ASEDIO: El bigote.



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Recién salido, una zarpa me atenazó el hombro. La palma de la mano de pianista, activando las huesudas falanges en ademán de demanda, me reclamó el importe del café. Había salido de la pastelería enajenado, aguijado de ira, ultrajado por una ofensa más grave que la que me infligieran mis allegados, los matones de Ángela o la policía. Perdí el control cuando corría menos peligro, ahora que mis desventuras revertían, de novela de Hammett, a otra de Bellow. Estaba en riesgo algo más valioso que la integridad física o moral. Yo era el primer sorprendido por mi reacción. Por mi falta de reacción. Porque después de pagar me quedé clavado en la acera, la vista teñida de rojo. Todo lo veía rojo, y no solo los semáforos o las americanas de dos dependientes salidos a fumar o el vestido de una joven que en la otra acera ostentaba sus enormes pechos sobre los brazos cruzados. Rojas las huellas de los peatones que parecían dejar el rastro de un crimen en rojos pasos de cebra, rojas las ventanillas de los autos –como granizadas por un atentado-, rojas las aceras como bañadas de sangre, rojas las caras sanguinolentas de los transeúntes, más que ruborizada roja la del que se dirigió a la vestida de rojo, rojo el cielo arrebolado por un presagio de catástrofes mundiales.
Y después del rojo se me impuso el blanco y negro. El negro y blanco. Veía el negro del bigote del mexicano como un peludo y subrepticio ratón reptando por el blanco del desnudo de Ángela. Una negra alimaña –a su vez con bigote-, viscosa y salaz, mancillando el albo marfil escultural. Estatua que cobraba vida al contacto de aquellas púas hirsutas, estatua que gemía al frotar de aquel cepillo por el mármol. Dotado de vida propia el bigote no dejaba de corretear por la piel de Ángela y por mi exaltada imaginación, por mi repugnancia, veía aquella mata erizada de pelos electrificarse, por efecto de la lujuria alisarse y tensarse duros como alambres, erectos como un atributo extra del sátiro, un segundo miembro con el que su dueño se refocilaba mientras el primero reposaba. No quiero ni pensar qué hubiera ocurrido si en aquellos instantes hubiera pasado ante mí alguien con la nariz subrayada siquiera por una sombra de bigote. La confiada naturalidad con que se había colado por el portal, la aparición de las llaves, el saludo protocolario al antiguo ministro, dejaban suponer que vivía allí. Desde luego sería un inquilino ideal del barrio. Lo asimilaban al vecindario su arrogante prepotencia, su envanecimiento, el servilismo ante las autoridades que lo obligaba a mantener bien engrasados los goznes de las articulaciones, la exhibición de las baratijas y bisutería de sus falsos modales de genuino caballero, el brillo de pirita de su ingenio y el de los oropeles de la cortesía disimuladores de la hipocresía, el impecable atuendo que no dejara adivinar el relleno de serrín del interior.   
Reparé en el ruborizado ardor de sus conversaciones en las fiestas, lo cerca que le hablaba al oído –imaginé cómo el bigote cosquillearía el lóbulo-, en la acompasada compenetración de sus bailes, en su ávido intercambio de miradas cuando coincidían en algún acto, la conexión de sus pupilas antes de que él se acercara a saludarnos, el hilo eléctrico que de alta tensión a través de la aglomeración entre ellos se tendía. Recordé los inconcebibles ditirambos de ella a la prosa precaria de él. Y tuve conciencia de que cuando hablaban ella no le miraba los narcotizados ojos saltones de pupilas amarillentas, ni la angosta frente con el nacimiento del pelo tan cercano al ceño, prolijamente descrito en la tipología del criminal de Lombroso, ni siquiera la séptica boca de labios engrosados por cirujanos estetas, sino la pelambre nacida arriba, en el gigantesco, simiesco espacio que mediaba entre la nariz y el labio superior: el lujurioso, pícaro, facineroso, maligno, mefistofélico bigote. La fascinaba aquel piloso arco de herradura (tenía los extremos perfilados hacia abajo) interrumpido en la mitad para lucimiento del prominente arabesco carnoso del centro del labio superior. Si su dueño se sumía en uno de sus estúpidos, estupefacientes estados catatónicos el bigote parecía postizo, pero con la animación de la charla con Ángela se fruncía arriba y abajo, a ritmo obsceno. Pensé que a veces escapaba a su propio control y hasta en sociedad se estiraba de punta hacia Ángela. Por eso en ocasiones lo untaba con vaselina, gomina o lo que fuera. Procuré arrancarme aquel maldito bigote de la mente, ya que no podía arrancárselo a su dueño con unas pinzas pelo a pelo según mi deseo.
Me pregunté cuándo habrían empezado a verse a mis espaldas. Sin duda que gracias a la celeridad con que se jactaba él de perpetrar sus cinco páginas diarias, disponía de tiempo para adecuarse a la estricta jornada de Ángela y que como una oruga o ciempiés su bigote se deslizaba por alguna grieta del horario de ella. Los jueves entre el final del rodaje y el trayecto al aeropuerto, por ejemplo. Ya no me cabía duda de que ella me había destinado a Victoria, la rubia fatídica y fatal, para justificar la ruptura. Por eso ésta había consumado conmigo. Atraído por una librería, me detuve en una calle que reconocí del barrio universitario. Inconscientemente me había puesto en marcha y, ciego de furia, para desfogarme, mis mecánicos pasos me habían llevado allí. Vi en el escaparate varias torres de ejemplares de El Centro del Vacío, como bastiones del éxito proclamado por la solapilla de cada ejemplar: Séptima edición. Llevaba camino de convertirse en la novela experimental más vendida de la historia después de Ulises. Galán y Ángela formarían una buena pareja de best sellers, un autor venal cuyo estilo estaba un escalón por encima de los culebrones y una maestra no ya del plagio sino del flagrante robo.
Mi triunfal novela seguía inspirándome sentimientos ambivalentes. Si bien me exaltaba la idea de haber impuesto mi original estética basada en sostener un argumento espectral, invisible, elusivo, en la arquitectura barroca de un opaco estilo, me indignaba no poder firmarla. Con mis apuros pecuniarios, me carcomía haber sido enajenado de mis derechos de autor.  Ahora, quizá debido a la inercia de mi vida muelle, veo las cosas de otra manera. Abotagado de comodidades, embotado de bienestar, leo poco y escribo menos, lo justo para terminar por prurito profesional esta historia que ya me resulta enojosa. De todas formas, al final no se publicará. Después de la culminación de El Centro del Vacío, tras la apoteosis de la forma que representa, sería un paso atrás dar a las prensas una trama tan penosa y ridícula que tantas veces se parodia a sí misma. Y tampoco me atrae escribir otra cosa. No se puede dar un paso más allá de El Centro del Vacío. Ésta ya está en el límite de la legibilidad. No incurriré en el error de escribir algo parecido a Finnegan´s Wake, el imposible intento de superar Ulises por parte de Joyce, el sucesor de Homero.
Cada ejemplar se vendía a casi veinte euros, un rápido cálculo me imbuyó del concepto de pobreza subjetiva, tan relatado en los manuales marxistas. Mi diestra se topó con el escaparate. En las novelas de Dickens los niños menesterosos miran con la misma impotencia las viandas expuestas en los comercios de Oxford Street. Recordé El Gran Dinero, la trilogía de Dos Passos. Ahora también me he librado de aquella tendencia mía a buscar en todo analogías literarias. Me quedaban noventa euros en el bolsillo. Me sentí como un exitoso atracador que para disimular su disponibilidad de millones y no delatarse, durante largo tiempo ha de seguir debatiéndose en la miseria. Pero la comparación era inexacta: era yo el expoliado, la víctima de un ladrón. De una ladrona.
El nerviosismo me retrotrajo a mis veladas en el garito de juego. O más que el nerviosismo, el tacto de los billetes en el bolsillo ante el reflejo de mi rostro transparentado sobre las torres de volúmenes, el dinero que me volaba en mis propias fauces, el cigarrillo encendido para calmarme y la sed de whisky que me secaba el paladar. Los acontecimientos del último mes me habían apartado de mi afición al póker.
Con una advocación a la diosa fortuna, para que me fuera tan propicia como las musas inspiradoras de El Centro del Vacío, decidí jugarme mis menguados recursos.

                        

viernes, 5 de abril de 2019

EL ASEDIO: El mexicano.



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Sentado en el velador no perdía de vista el portal. Cierta mano de pianista con la manicura recién hecha me sirvió una taza de diseño, un dedal con dos gotas de café. Me subyugaban el misterio de las sombras fluctuantes tras el panel de cristal, el juego de los reflejos de las vidrieras, cómo relumbraban las encarnadas, la penumbra submarina ondulante entre los helechos del interior tras los ocres y malvas, los pozos de sombra ahondados entre las tracerías de las maderas historiadas. Me arrebató la poesía de aquella magia. Hubiera querido pasar el resto de mi vida contemplando aquel espectáculo. Recordé los pasajes de Proust sobre las iglesias góticas del Mediodía, lo que éstas representaron en sus excursiones en el auto conducido por cierto chófer.
Incluso en aquel ambiente edulcorado me sentí conmovido. Añoraba la reciente época en que aquel portal se integraba en mis rutinas y varias veces al día dejaba que mi llave descifrara su misterio. Volví a tentarla a través del bolsillo. Era ella la que me tentaba. En el pecho como una cuerda de violín me vibraba una fibra de añoranza. Dejé de sentirme orgulloso de haber renunciado, ángel rebelde, a las ventajas de la clase privilegiada. No tenía porque avergonzarme de nada. Me había mudado allí porque era el medio social de mi pareja. Si hubiera trabajado en la embajada de Tanzania, allá la habría acompañado. No iba a renunciar a las comodidades inherentes a su posición.
Probé la primera gota de café: me deslumbró la perspectiva de un paisaje tropical de selvas vírgenes y orillas de islas prodigiosas, en el gusto se me revelaron los hallazgos de lo real maravilloso, el regusto me evocó la riqueza de la prosa de Alejo Carpentier. Tenía que reconocer que era un café exquisito.
Y al punto reconocí haberme dejado cegar por los espejismos de mi orgullo. Con los sofismas de su relato me engañaba a mí mismo. Yo no había renunciado a nada. Me habían rechazado el manuscrito, rescindido el contrato del periódico y echado de casa. Yo no era ningún león salvaje, sino un gato casero abandonado bajo la lluvia. Pero ahora, mientras seguía fascinado por la magia del portal, no se trataba de eso. Me arrebataba la nostalgia por aquello que me había hecho aceptar un entorno tan contrario a mis ideas, lo que me hiciera asumir un modo de vida, si bien afortunado y cómodo, opuesto a mi carácter, aquello que acepté incluso sabiendo que aunque me valdría tener más posibilidades de difusión, no convenía a mi escritura futura, esto es, el amor a Ángela, el amor de Ángela. Porque aposentado en aquella pastelería sentí una punzada de cariño, el último latido de mi amor por Ángela, pensé.
Parecía increíble que nuestra relación se hubiera degradado al punto de que quien hasta hacía poco más de un mes apeteciera mi amor, ahora apeteciera mi muerte. Y fue recordar la persecución sufrida a sus instancias y vacilar aquella reverberación última, estuvo a punto de apagarse el último reflejo de mi amor por Ángela. Las luces cálidas del portal volvieron a iluminar aquel amor retrospectivo, la nostalgia de mi convivencia con ella. Sentía el mismo desgarramiento de aquellos domingos por la tarde cuando sucumbía al melancólico placer de echar de menos lo que nunca había tenido. El chirrido de un columpio o la visión de una pelota en el césped de los porches de aquellas unifamiliares me hacía sentir a mí, soltero impenitente, como un divorciado o un viudo que ha perdido a la familia en un accidente. Aunque era una añoranza distinta, la añoranza de un mundo conjetural, echaba de menos a la familia a la que había renunciado por mi estilo de vida. Sentía nostalgia por un mundo paralelo, aquél en que yo era distinto al que era. Y en una especie de anticipada añoranza de futuro, llegaba al extremo de lamentar los futuros afectos a que renunciaría por mi persistencia o insistencia en seguir solo. Y me complacía en hurgar aquellas carencias y renuncias, en la ausencia de quien no había existido, mi pareja fantasmal, mis espectrales hijos. Tal analogía comportaba que tampoco nunca había realmente amado a Ángela. Pero en lo referente al futuro la comparación no funcionaba. Concluí que me había ido a vivir con Ángela sin estar de verdad enamorado de ella, pero también que si nos reencontrábamos podría empezar a quererla. Una verdad tan descarnada –la primera- que me dejó en carne viva. La segunda era más halagüeña; puede que el que había tomado por último latido de mi amor fuera el primero.
No pude sino echar de menos la otoñal herrumbre de mis costumbres en el último año: el placer de ser recibido –como un amigo opulento- por el suntuoso vestíbulo, matizado por la ráfaga dulzona del rastro de la gata Lía; el paladeo de un whisky en la sala mientras llegaba Ángela, para diluir el mal sabor de la jornada; el deleite de vestirme ante la luna del armario para acudir a alguna cena, con la mala conciencia por el estancamiento de la novela; el adormecido regreso en taxi, lleno de vacío y feliz de whisky, transido de intrascendencia, cada noche menos incrédulo de sentir en el hombro el peso de la cabeza de Ángela.
Advertí que bajo el ceño del nublado encrespado en el portal se habían apagado los destellos de los cristales. Por la acera se acercaba alguien que me encendió la sangre. A paso triunfal, desenfadado en su traje color piedra, el pelo y el bigote relamidos como otro gomoso prócer del barrio, ciego de optimismo, henchido de éxito, tras su nombramiento diplomático inflado el pecho, abombado, como para dar cabida a fulgurantes condecoraciones, pretendido sucesor de Carlos Fuentes pero apenas caricatura del último Jorge Negrete, desfilaba Juan Eduardo Galán, el novelista best seller mexicano. Se revolvió el bolsillo de la americana y extrajo un llavero. Pero aprovechó que de nuestro portal salía un anciano amortajado de negro para zambullirse adentro, y una garra de hierro me estrujó el corazón.     
                 
                        

miércoles, 3 de abril de 2019

EL ASEDIO: En mi calle.


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Ahora sí que repetía el destino de Wakefield, aquel misterioso personaje del cuento de Hawthorne, que después de muchos años a hurtadillas espiaba la puerta de su antigua casa. Solo que a mí me habían echado. En primera instancia intenté engañarme a mí mismo y a aquel público imaginario al que invocaba de vez en cuando intentando atraerme su benevolencia, presentando los hechos como si en parte me hubiera ido por voluntad propia, indignado por el espionaje de mi consorte, de suerte que el oprobio del caso no fuera tan manifiesto, pero ahora que analizo los acontecimientos a distancia, desde la cómoda ecuanimidad de mi nueva posición, desde una perspectiva realmente serena, y no la falsa tranquilidad de la que alardeaba en el pueblo –donde escribí todo lo anterior-, puedo reconocerlo todo sin ambages. Ahora soy otro. Me he convertido en un Felipe distinto al Felipe del principio.
Lo curioso era que el instinto, inconsciente o lo que fuera, me hubiera guiado allí, a mi antigua calle, y no al barrio universitario o al del ambulatorio, después de pasar casi veinte años en cada uno de ellos. Incluso antes de buscar alojamiento, arrastrando la maleta, había aportado a la mismísima calle Duende, el escenario de mi último año, el único vivido en pareja. Una arteria  que si bien late en el corazón de la ciudad y afluye en la aorta de ésta, respira serenidad y bienestar en el pulso del discreto tránsito de automóviles de alta gama, en el privilegiado silencio aromatizado por jardines comunitarios y perfumerías de lujo, en las rectas y ángulos de una arquitectura moderna y funcional, en la palpitación del verde de los castaños y los escaparates de las joyerías, en el pausado y selecto ritmo interno de sus elegantes vecinos. Es más, de la calle emanaba un ritmo propio, un ritmo fluvial, crepuscular, plácido, ocre, fúnebre, de suave otoñada, de colores tenues y fríos, distante, el ritmo de una coreografía imperceptible, el ritmo de una compañía integrada por leyendas del ballet que a cámara lenta, con unos pasos tan pausados que apenas los diferenciaba de un cuadro vivo, se sincronizaban en una inédita representación de la Pavana para una Infanta Difunta.
Me removí en la esquina, temeroso de que me identificara la mirada oblicua de la quiosquera bizca y parlanchina, a la que Ángela solía comprarle caramelos de eucalipto. Me adentré en la calle cuando vi asomar en la perpendicular, para fumar, al camarero perito en Bloody Marys atenuantes de las resacas. Por un lado quería pasar inadvertido pero por otro también necesitaba ser reconocido, aceptado al menos como integrante del pasado, recordado como un vecino reciente. Aparte de alguna dosis de respeto o consideración, era mi identidad lo que buscaba. Incluso me volví a saludar al camarero, pero ya no estaba; habría entrado algún bebedor tempranero. Rehíce mis pasos calle arriba.
Recordé que si se habían propalado mis problemas con la policía, cualquier vecino podría delatarme con una llamada. Pasé de sentirme el hijo pródigo, Ulises de vuelta a Ítaca, a un espía renegado infiltrado en su país adoptivo. En cualquier momento podrían detenerme bajo la acusación de alta traición. Para pasar inadvertido adopté el paso confiado, majestuoso, de los vecinos del barrio. Imitando sus poses, elevé veinte grados el ángulo de elevación de la barbilla. No debía llamar la atención de los chismosos conserjes, esa vil casta comparable a la policía, con la diferencia de que en lugar de sabuesos se comportan como devotos chuchos pendientes de las chucherías que les arrojan los poderosos. Estirados en sus baratos trajes, como caricaturas de sus amos, en pie dormitaban en los umbrales.
Ya no debía temer los sofisticados dispositivos de vigilancia de Ángela, sino las meras cámaras de seguridad de las comunidades de propietarios o del Ayuntamiento, empeñado en la tranquilidad de los poderosos. Se me petrificó la sangre, los pies se me cimentaron en bloques de cemento al pensamiento de que si Ángela se asomaba a la terraza podría verme. Lo haría directamente, sin la mediación de pantalla alguna, a la luz de sus ojos negros como la pez. Pero eran sobre las once, ya estaría en el plató si es que después de un mes no había finalizado el rodaje de La Regenta y mudado de horarios.
Retomé el camino. La visión de la conocida madera historiada del portal y de las vidrieras polícromas, me provocó el reflejo condicionado de hacer ademán de cruzar la calle hurgándome en el bolsillo en busca de las llaves. Y reaccionando me pregunté si no sería una buena idea presentarme a Ángela. ¿Cómo sería recibido por mi letal Penélope, tejedora de la infinita trama de mis desventuras? Estaba desconcertado, me recomían las dudas y aquél sería un buen modo de superarlas y sorprenderla a ella. En el trayecto a la ciudad me había planteado la posibilidad de efectuar un golpe de mano o teatro que virase la acción y, una vez que me había escabullido de sus sicarios y vigilancia, me otorgara la iniciativa. Ya le había asestado un golpe moral al demostrarle mediante los mails a Kafka que sus ataques no habían secado el pozo de mi talento. Pero ahora necesitaba algo más. Tenía que encontrar un medio de acelerar aquella trama infernal, de precipitar el final. Incluso a efectos de la ficción, de mi novela, me interesaba adelantarla a ella, descolocarla con alguna novedad que me hiciera tomarle ventaja en la redacción de la obra. Porque ya no dudaba que, acaparada por su trabajo y por la urdimbre de todos los enredos en que me había envuelto, y limitada por la falta de recursos que su plagio evidenciaba, ella estaría  pergeñando una novela paralela a la mía. Por supuesto que lo haría desde su punto de vista, justificando sus persecuciones y acoso, pero basándose en los mismos hechos. Quien la terminase antes neutralizaría la labor del contrario. Además, si no la encontraba en casa, podría vengarme de ella robándole el manuscrito. Por supuesto, no me había deshecho de la llave del piso.
Pasó a mi lado alguien conocido, un anciano erguido en su terno negro, recordé que médico militar jubilado, el cual sin dedicarme una mirada se dirigió al portal. Era el vecino del primero. Puede que me inhibiera su actitud presuntuosa, la imperiosa seguridad con que al cruzar había provocado el frenazo de un furgón blindado, lo cierto es que postergando mi decisión, pasando de largo seguí adelante. Además, tratándose de Ángela, seguro que la novela estaría a un buen recaudo cibernético, guardada en la nube y asegurada tras crípticas claves. No debía subestimarla. Con su inteligencia y medios era una enemiga portentosa; no tenía más que valorar mi situación. Y lo más peligroso es que una vez superada en el pueblo mi crisis histérica, desde que no entablaba con ella disputas esquizofrénicas, cada vez con más frecuencia dejaba de pensar en ella como enemiga.
No reparó en mí el peluquero de Ángela, el típico amanerado orondo de bigote exquisito, un híbrido entre Marcel Proust y Lezama Lima, camino de su establecimiento. Como un criminal célebre –en parte lo era por obra del padre de Ángela- me sentía aliviado y ofendido de que nadie me reconociera. No había pasado más que un mes desde mi ausencia, y cargando la maleta bien podrían creerme de regreso de algún viaje de trabajo, o de solventar algún trámite en la hacienda familiar, por algo venía del pueblo.
En la otra esquina me hice el remolón, la maleta en el suelo, haciendo el papel de que esperaba que me recogiera alguien o un taxi. Ahora representaba, pues, la comedia inversa: salía de viaje, buena ocasión de desearme un feliz trayecto. No lo consideró así la vieja generala, la viuda de enfrente, a juzgar por las medallas y escapularios venida de misa. Ahora me sentía un espectro aparecido –reaparecido- en el escenario de su vida, un fantasma que experimenta la alegría y la desesperación de que en su ausencia todo sigue prácticamente igual; es cierto que se respetan los ideales y costumbres de su época, los usos y códigos que él ayudó a instaurar, pero con horror advierte que es prescindible, que lo han olvidado.
Devorado por una impaciencia de nada, retomé la marcha en dirección opuesta y, para asegurarme de mi corporeidad, tuve que golpearme con la maleta en la pantorrilla derecha. Sin embargo, recorrer la calle en sentido contrario no era una buena idea. Podrían tomarme por un merodeador o avisador de ladrones. Me dejé caer en una fina, refinada pastelería donde no podrían identificarme, ya que siempre me había mantenido alejado de aquel escaparate cuyo exquisito minimalismo de minúsculas porciones y pasteles reducidos a pura miga, hojaldres deshojados, nata volatilizada y chocolate deconstruido, representaba el vacío existencial, la pequeñez y la hipocresía de los clientes más fieles. Desde el salón cada domingo los veía entrar procedentes de misa, pulcros y satisfechos, recién absueltos de toda culpa, impecable la raya en el pelo y en los pantalones, toda doblez oculta en el seno de las blusas planchadas y en el dobladillo de los vestidos, y los execraba con invectivas mentales que más tarde lanzaría contra Ángela. Después de todo, a ella debía vivir en aquel barrio de sepulcros blanqueados y templos de mercaderes sobre los que ellos mismos habrían oído en la reciente homilía.
Me aposenté en un velador de mármol ubicado ante el ventanal desde el que dominaba la entrada del edificio. Me traspasaron las miradas de una familia numerosa en fila, el padre a la cabeza. Pegado al vidrio me sentí expuesto a los ojos de los viandantes. El local exhibía como reclamo a sus encopetados clientes; incluso acudirían algunos famosos. En el ambiente aromatizado por el café aleteaban las polillas de los rumores de remilgadas conversaciones, mojigatas mojigangas sobre puestas de largo y horarios de catequesis y clases de equitación.
Apostado en la pastelería, observándolo a través de la cristalera, me abstraje de todo para centrarme y concentrarme en el portal.     
                 
                                                                                                     

lunes, 1 de abril de 2019

EL ASEDIO: El regreso.


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Procedente del rellano reconocí un rebrote de la voz de roble, astillada de gallos, del locuaz propietario del estudio. Hablaba de mí en calidad del último bohemio cuyo errático vuelo había pasado por su nido –respecto a mi huida su metáfora resultó casi literal-, con el resuello del candidato a arrendatario, después de haber subido siete plantas, como fondo. Y ya coqueteaba la llave con la cerradura cuando arramblé con la maleta atestada con mis pertenencias y reproduciendo el itinerario de mi previa escapada me deslicé a la terraza y accedí a la escalera por el acceso comunitario.
Ya era un experto en renegar de mis pasos, en volver por ellos, en escapar como un ladrón de mi propia casa. Aunque técnicamente, transcurrido el único mes que había abonado, ésta ya no era la mía. Y más que como un ladrón escapé deslizándome como un fantasma. Escaleras abajo, con una punzada de deleite, imaginé el consternado asombro del propietario al encontrar, con el visitante como testigo, una taza con posos de café esperando a ser lavada con la insolencia de la porcelana, un rastro de migas de pan en el centro de la mesa, la huella de mi silueta en el colchón engendrado debajo del sofá, en la mesita un cenicero saturado de colillas con un penacho de humo de la última aún sustanciado en el aire, el tirabuzón de un cabello adherido a la fría piel del lavabo y el hediondo cadáver de un calcetín viudo en el rincón.
Me sentía regocijado pero también rabioso por mi mala suerte. Ojalá aquel pomposo perdiera al cliente. ¿Quién habría pensado que su jeta asomaría al día siguiente de haber vuelto a ocupar yo el estudio? Había disfrutado una sola noche de mi feliz idea, recién llegado y desembarcado de la furgoneta del carnicero, de regresar a sus umbrales gracias a mi tendencia a conservar todas las llaves. Pernocté bajo techo y mudé mi rústico atuendo. Y ahora no podía volver por culpa de mi imprevisión. Aunque tenía la maleta dispuesta para caso de fuga, confiado en que no vendría tan pronto, no me había preocupado de mantener la vivienda limpia de las huellas de mi presencia. Si el propietario no se la alquilaba al visitante, cambiaría la cerradura y en todo caso llamaría a la policía. Ya le habrían preguntado por mí.
Satisfecho de haberme librado de Viento, que habría trabado mi evasión, deportivamente dejé caer la llave en el buzón. La tarde anterior había repetido un antiguo gesto, dejar el perro como a su predecesor en casa de mi madre. A ella no la encontré. Me abrió su nueva compañera de piso, una viejita muy amable, encantadora, por suerte amiga de los animales, que acogió a Viento de buen grado. Su talente era tan bueno que estuve a punto de pedir el asilo del sillón yo mismo para pasar la noche. Esta vez mamá no podría esgrimir el carácter de su compañera como excusa para negarme refugio. Pero si estaba en connivencia con Ángela delataría mi presencia y perdería la ventaja de que ella desconociera mi paradero. Aunque tampoco era seguro que me hubiera sustraído a su vigilancia.
Salí al fragor de la calle en un día laborable, al trajín y al ajetreo mareantes. La  ciudad me había recibido bella y distante, fría y activa como una vieja amiga que mientras retoma la confianza nerviosamente se afana en cualquier actividad o dedica su animación a otros fieles. Tenía la sensación de haber regresado después de mucho tiempo. En mi ausencia las calles parecían haber cambiado imperceptiblemente. Las reconocía y aun tiempo las extrañaba, me extrañaban. Era como si en los avatares de una borrachera me hubieran llevado a una ciudad donde hubiera pasado unas vacaciones de la  infancia, y sumido en la lucidez espectral de una resaca hubiera despertado en alguna de sus plazas. Me sentía exánime y animoso, vacío y pletórico, cobarde y temerario, desolado y alegre; fluyendo en el horror tranquilo de una pesadilla que no era tan mala o en el frenesí de una alegría vacía, sin motivo. Balanceé con desenfado la maleta hasta que empezó a resultarme demasiado pesada. Caminaba como un zombi, a paso de sonámbulo. Me creí un caballo que cargado con el cadáver de su amo de madrugada vuelve al rancho. Y he aquí que mis mecánicos pasos me llevaron a la calle de Ángela. La calle que fue mía.
                 
                                                                                       

sábado, 30 de marzo de 2019

EL ASEDIO: La despedida.


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-¿Por qué no te vas con Pepe en la furgoneta? –las luces han dejado de vacilar-. Tenía pensado salir de madrugada para llegar a la ciudad temprano, en cuanto se abra el mercado de abastos… No te preocupes por las copas, a Pepe le quitan el sueño y conduce mejor. Llevo años intentando convertirlo a la vida sana pero no hay forma. Dice que el alcohol le mejora la vista. Jura que ha llegado a la ciudad en solo tres horas, un récord histórico.
-No podré pagarle.
-¿Andamos justos? Yo te cobraría en especie, pero Pepe tiene otros gustos… En serio, tómalo como un favor… a fondo perdido.
-Entiendo, lo haces para joder a Candy.
-Pagaría por verle la cara cuando sepa que te has escapado. A esa tipa todo le sale mal y supongo que tu ex no pagará los fracasos.
El cráter de un mohín socava la luna llena de su cara. Llega el carnicero, rozagante y ansioso por salir. No deja de tentarse la ropa ni de subirse los pantalones sobre el vientre protuberante, y una y otra vez se vuelve a mirar atrás, mientras nos refiere que los bomberos acaban de abrir la carretera. Ha cambiado de planes, en voz baja confiesa que prefiere tomar las copas en cierto local de carretera. Salus acepta de buen grado, se siente decaído, subraya su languidez con un suspiro y asegura que le vendrá bien acostarse temprano.
Solo bebemos un café en la penumbra del cibercafé. Como pago a su amabilidad les trazo un esbozo de mi historia. A la escucha, la cara de pan de Salus, un pan redondo inflado con exceso de levadura, se parte en desiguales trozos. Al final prorrumpen en anatemas contra las mujeres. Pepe anima los posos del café con una dosis de coñac, se ciñe el cinto un orificio más allá, y al fin se serena. Salus nos abre la persiana. Salimos a la noche clara y a la vez oscura.
Mientras Pepe ultima los preparativos del viaje, junto a la furgoneta Salus y yo ensayamos la despedida. Oprimiría con un abrazo sus carnes fofas y hasta imprimiría sendos besos en las flácidas mejillas, infestadas por disolutas mejillas, reverdecidos por el prurito de reventárselas, si no fuera por sus exhalaciones a ajo y rastrojos. Le tiendo la mano y siento la suya lábil y hábil, helada y resbalosa, pringosa, lubricada como si acabara de comer churros fríos o de engrasar una pistola y no se hubiera lavado. Tiene los ojillos hundidos en pliegues de pesar, anegados, opacos de pena. Turbio de tristeza, purpúreo de lástima, todo él parece salido de una charca de lágrimas.
-Dale saludos al amigo Franz  cuando vuelvas a escribirle.
-Creo que a partir de ahora me limitaré a leerlo.
-Dile que se anime y se venga. Aquí lo tiene todo pagado.
-Anda pachucho. Le han prescrito tomar las aguas.
-Pues dicen que las aguas del arroyo son medicinales. Y no va a encontrar un clima más sano que éste.
-Creo que no te he dicho que escribe. Y ha conseguido publicar sus novelas a última hora, gracias a un fiel amigo.
-No hay nada mejor que un amigo.
-Aunque a él le daba igual porque lo que necesitaba era escribirlas, y le daba igual lo que fuera de ellas una vez que las terminaba. Esto mi ex no lo entendería, ella hace todo lo contrario, publicar sin escribir… Te mandaré las obras completas de Franz.
-Ahora voy a sentirme más solo que nunca.
-También te mandaré mis novelas, me hace ilusión que leas la última, te llevarás una sorpresa. Si es que logro publicarla… No pongas esa cara, la verdad es que no pinto, escribo… Y volveré, volveré pronto. ¿Sabes? En realidad es como si no me fuera, nunca me iré verdaderamente de aquí.
Abro la puerta del copiloto y desde el fondo de la medianoche se acerca una arritmia de ladridos. Galopa por la plaza un destello pardo, se precipita un tamborileo de pezuñas, un fuelle de jadeos y como jugando a privarme del sitio Viento salta al asiento. Lo acaricio con regocijada sorpresa. En mi afán por eludir posibles añagazas y asechanzas del hombre de las mil caras, al optar por no volver a casa, había olvidado a mi reciente amigo. Con la excitación del rastreo, al carrera y el reencuentro, ha olvidado sus magulladuras. Aunque en la ciudad yo mismo me encontraré sin techo, y con su compañía y ataviado con las raídas ropas del abuelo compondré la figura arquetípica del mendigo, no puedo sino aceptar su lealtad.
Arranca Pepe. Con Viento en el regazo se me atenúa la tristeza de abandonar el pueblo a escondidas y a medianoche, sin equipaje, como un prófugo. En realidad nunca he pertenecido a ninguna tierra ni a nadie. Mi querencia se reduce a una casa, a la fidelidad de los viejos afectos, a un puñado de recuerdos en gran medida recreados. Y he descargado en Salus buena parte de tristeza. Me asomo para dedicarle un último saludo: lo veo inmóvil, solo en la noche, y retrocede hasta el fondo de la plaza con el brazo levantado y extendido a la nada.
-Bueno, por fin han controlado de verdad el fuego –comenta Pepe al volante. Próximo a su destino, el mentado burdel de carretera, se ha desabrochado los botones superiores de la camisa de volantes para lucir entre la pelambrera del pecho de lobo la virgen auspiciadora de una medalla de plata-. Los bomberos dicen que la otra vez se reavivó por causas naturales, el viento y esta sequedad que tenemos. Todavía no está extinguido del todo, pero ya solo es cuestión de tiempo. Incluso han detenido al culpable de haberlo provocado.
-Ah, no sabía. Estos días he estado algo aislado.
-Ha sido el Farias. No sé si lo conoces, es el tonto del pueblo, ése que a todo el mundo le pide un puro. Él mismo ha confesado.
-Si está trastornado, puede que su confesión no sea tan fiable.
-Han encontrado gasolina en su choza. Lo indignante es todo lo que en la plaza se ha dicho en contra del Tuerto, el dueño de las tierras –quizá por la pasión o por la cercanía del local, conduce con intensidad inusitada, los nudillos se le blanquean de tanto apretar el volante, vibra el asiento y venciéndose a uno y otro lado traza con el cuerpo el dibujo de las curvas-. Que si quemó la alameda para que se la recalificaran, que si tenía la madera asegurada por encima de su precio, que si prendió el depósito de neumáticos para vengarse del dueño, en fin… Y cuando supieron que el Tuerto estaba de viaje  dijeron que era una coartada y que había encomendado prender el fuego a un cómplice. Algunos incluso se han atrevido a mencionar a Salus. Como el pobre es como es, todos se ceban en él. En cuanto pasa algo lo convierten en el chivo expiatorio. Y ahora, con la detención del Farias, nadie se acuerda de haber dicho nada… ¿Ves esa luz roja? Salus dice que andas justo de parné.
-Sí, te espero aquí.
-Yo también tengo el presupuesto ajustado, así que  no será más de media hora.