
Los
comercios tenían cerrados los párpados metálicos y bajas las rejas de las
pestañas. Abúlicos vagaban los transeúntes. En el privilegiado barrio la tarde
era otra madura dama oronda y opulenta, cínica o al menos escéptica, que morosa
y majestuosa en sus galas discretas y elegantes, decadentes, luciendo un
espectro de ocres, malvas y lilas, del negro al violeta, avanzaba hacia la
noche. En la luz naranja que con una dudosa textura moral, una pesantez
ecuánime, indiferente, serena, se aquietaba entre los plátanos, se concentraba
todo el hastío y el lujoso anquilosamiento del ambiente. El aire denso, lento,
era en cada calle un estanque, una piscina oblonga. Quizá a causa de un reflejo
condicionado por aquel hálito de tarde de domingo –era un día festivo- me
aleteaba adentro un tordo triste, un tordo que había anidado en la estela de mi
sueño. Había bajado de mi nuevo estudio en la atardecida.
Se
lo había subalquilado a un vejete acezante en un edificio de apartamentos
cercano del centro neurálgico, próximo a la calle Duende, asequible gracias a
su estado ruinoso y a lo irregular de la operación, celebrada de palabra. Tuve
que aceptarlo pese a que me consta la facilidad con que un pacto entre
caballeros acaba revelando la hipocresía de tal categoría moral. El
desvencijado bloque, fantasma a excepción de dicho inquilino, que habitaba al
lado, me recordó el descrito por Bernard Malamud, otro de mis judíos favoritos,
en Los Inquilinos (mi futuro de crítico literario no me exime de las
referencias literarias, así que no me mantendré en mi idea de erradicarlas). Me
había dado el soplo la víspera uno de aquellos conserjes, tan desprendido que
casi me hizo virar de opinión sobre el gremio.
Inane
e inerte, ahora plácidamente triste, inconsciente, como un zombi sentimental
mis pasos me devolvieron a la calle Duende. Solo un tropiezo con Juan Eduardo
Galán, el autor más pobre pero también el más rico, me hubiera despertado del
encantamiento inspirándome un ataque de furia. Aproveché la ausencia de
conserjes y comerciantes para recorrerla varias veces, arriba y abajo, cada vez
que me acercaba a las vidrieras y maderas del portal, a las siete ventanas de
arriba, el corazón se me fundía como la nieve. Ignoraba si los turbios reflejos
de sus ventanas correspondían a la ausencia, al sueño, a la visión de un DVD, a
la audición de alguno de sus papeles –así los memorizaba-. Descartaba la
celebración de algún rito sexual.
Aterrizaba
sobre la ciudad un crepúsculo rosado y amatista, el estanque o la piscina, en
cada plaza un lago, se cubrieron de plumas y pétalos de rosa. Los peatones
partían el agua lentamente, ensimismados, en trance. Ellos parecían príncipes
enamorados, ellas princesas encantadas. También yo seguía hipnotizado. Enfilé
la avenida y sin pensarlo me encontré ante la cristalera de la cafetería del
Excelsior, allí donde me había reencontrado con Ángela después del rodaje de
Rojo y Negro, y sellamos nuestro compromiso. Desperté. Desperté a un sueño, otro
sueño.
Cuando
en el interior, a través de la cristalera, vi a Ángela arrellanada en un
velador, tan cercana e inalcanzable, y extendí la mano hasta palpar el vidrio
ardiente, al rojo, como si en él fueran a tallar una figura simbólica, y allí
posé los dedos, con la actitud de un espectador que en la pantalla tocara la
imagen de su ídolo, supe que como el peregrino sentimental de Henry James había
acudido al templo de mi nostalgia con la esperanza latente de encontrar a la
otra celebrante.
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