
Procedente
del rellano reconocí un rebrote de la voz de roble, astillada de gallos, del
locuaz propietario del estudio. Hablaba de mí en calidad del último bohemio
cuyo errático vuelo había pasado por su nido –respecto a mi huida su metáfora resultó
casi literal-, con el resuello del candidato a arrendatario, después de haber
subido siete plantas, como fondo. Y ya coqueteaba la llave con la cerradura
cuando arramblé con la maleta atestada con mis pertenencias y reproduciendo el
itinerario de mi previa escapada me deslicé a la terraza y accedí a la escalera
por el acceso comunitario.
Ya
era un experto en renegar de mis pasos, en volver por ellos, en escapar como un
ladrón de mi propia casa. Aunque técnicamente, transcurrido el único mes que
había abonado, ésta ya no era la mía. Y más que como un ladrón escapé
deslizándome como un fantasma. Escaleras abajo, con una punzada de deleite,
imaginé el consternado asombro del propietario al encontrar, con el visitante
como testigo, una taza con posos de café esperando a ser lavada con la
insolencia de la porcelana, un rastro de migas de pan en el centro de la mesa,
la huella de mi silueta en el colchón engendrado debajo del sofá, en la mesita
un cenicero saturado de colillas con un penacho de humo de la última aún
sustanciado en el aire, el tirabuzón de un cabello adherido a la fría piel del
lavabo y el hediondo cadáver de un calcetín viudo en el rincón.
Me
sentía regocijado pero también rabioso por mi mala suerte. Ojalá aquel pomposo
perdiera al cliente. ¿Quién habría pensado que su jeta asomaría al día
siguiente de haber vuelto a ocupar yo el estudio? Había disfrutado una sola
noche de mi feliz idea, recién llegado y desembarcado de la furgoneta del
carnicero, de regresar a sus umbrales gracias a mi tendencia a conservar todas
las llaves. Pernocté bajo techo y mudé mi rústico atuendo. Y ahora no podía
volver por culpa de mi imprevisión. Aunque tenía la maleta dispuesta para caso
de fuga, confiado en que no vendría tan pronto, no me había preocupado de mantener
la vivienda limpia de las huellas de mi presencia. Si el propietario no se la
alquilaba al visitante, cambiaría la cerradura y en todo caso llamaría a la
policía. Ya le habrían preguntado por mí.
Satisfecho
de haberme librado de Viento, que habría trabado mi evasión, deportivamente
dejé caer la llave en el buzón. La tarde anterior había repetido un antiguo
gesto, dejar el perro como a su predecesor en casa de mi madre. A ella no la
encontré. Me abrió su nueva compañera de piso, una viejita muy amable, encantadora,
por suerte amiga de los animales, que acogió a Viento de buen grado. Su talente
era tan bueno que estuve a punto de pedir el asilo del sillón yo mismo para
pasar la noche. Esta vez mamá no podría esgrimir el carácter de su compañera
como excusa para negarme refugio. Pero si estaba en connivencia con Ángela
delataría mi presencia y perdería la ventaja de que ella desconociera mi
paradero. Aunque tampoco era seguro que me hubiera sustraído a su vigilancia.
Salí
al fragor de la calle en un día laborable, al trajín y al ajetreo mareantes.
La ciudad me había recibido bella y
distante, fría y activa como una vieja amiga que mientras retoma la confianza
nerviosamente se afana en cualquier actividad o dedica su animación a otros
fieles. Tenía la sensación de haber regresado después de mucho tiempo. En mi
ausencia las calles parecían haber cambiado imperceptiblemente. Las reconocía y
aun tiempo las extrañaba, me extrañaban. Era como si en los avatares de una
borrachera me hubieran llevado a una ciudad donde hubiera pasado unas
vacaciones de la infancia, y sumido en
la lucidez espectral de una resaca hubiera despertado en alguna de sus plazas.
Me sentía exánime y animoso, vacío y pletórico, cobarde y temerario, desolado y
alegre; fluyendo en el horror tranquilo de una pesadilla que no era tan mala o
en el frenesí de una alegría vacía, sin motivo. Balanceé con desenfado la maleta
hasta que empezó a resultarme demasiado pesada. Caminaba como un zombi, a paso
de sonámbulo. Me creí un caballo que cargado con el cadáver de su amo de
madrugada vuelve al rancho. Y he aquí que mis mecánicos pasos me llevaron a la
calle de Ángela. La calle que fue mía.
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