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sábado, 9 de junio de 2012

EL ÚLTIMO ABRAZO

Al final la bomba de hidrógeno que en el banco parecía de estallido tan inevitable como la del “Teléfono rojo” de Kubrick, se redujo a los fuegos de artificio que en su selecto almuerzo bebieron los directivos bajo la especie de copas de cava, mientras nosotros nos licuábamos a base de refrescos de cola. De momento, todo se ha limitado a una reducción de menos del treinta por ciento de nuestro sueldo; pero aunque el jefe incluso desalentara la venganza de los consejeros contra los cajeros después del bollo que Pepe les hizo en el Audi, me temo que no se han molestado en ejecutarla porque saben inminente el cierre de la sucursal.

Al menos desde ahora no tendré que trabajar por las tardes; ya que ningún moroso se deja intimidar por mis demasiado alambicadas amenazas, el director ha preferido ahorrar los gastos de teléfono. De modo que hoy he aprovechado para visitar de incógnito el estudio donde mamá y mi hermana emiten su programa de radio, para hacerme pasar ante los demás por un prosélito anónimo, porque parece que la popularidad de mamá se está mitigando y su estrella se apaga como la de Juan Nadie cuando se desgañita justificándose en vano ante una multitud que ruge su decepción bajo la lluvia mientras los agitadores lo calumnian y hasta los micrófonos se le averían.


La emisora retransmite desde la undécima planta de un tullido edificio de las afueras, apuntalado hasta el cuarto piso por unas vigas como muletas que le eviten la declaración de ruina. Me subió a las alturas un ascensor de jaula enrejada tan precario como el montacargas que al final de “El Manantial” sube en éxtasis a Patricia Neal en una ascensión hacia el orgasmo por el fálico rascacielos en cuya cima la espera en contrapicado Gary Cooper el arquitecto, salvo que a quien me encontré fue a una anciana en bata y con rulos, lo cual en todo caso preferí a que ningún arquitecto larguirucho me elevara a éxtasis alguno porque tengo gustos completamente opuestos a los de Patricia Neal.


Acaso la emisora se había ubicado en aquel palomar para difundir a los cuatro vientos sus precarias ondas que, impregnadas de publicidad como de grisáceas cagarrutas de paloma, mancillen las mentes de los radioescuchas. Sin placa o indicación alguna, hallé abierta la única puerta del sobreático, tan descuadernada como si la hubieran forzado, pero solo era que estaba decrépita, y me deslicé, por algún motivo de puntillas como James Mason haciendo de espía bajo el nombre en clave de Cicerón, a través de un corredor en penumbra olorosa a cocido de Lavapiés, temiendo que de un momento a otro desembocaría en un recoleto salón donde una familia salida del imaginario de Berlanga o Fellini me enfocaría con sus pupilas por encima de la cuchara humeante, las servilletas a cuadros anudadas al cuello y con el telediario a toda voz.

Pero he aquí que en la tiniebla se destilaron nueve notas de una música más terrorífica que el “Dies irae” de “El Séptimo Sello” y me dejaron aturdido: los primeros acordes de órgano de la “Tocata y Fuga” de Bach. Recordando que aquella era la sintonía del programa, perdí toda esperanza de que me mordiera la nuez ninguna mujer vampiro, y por fin desemboqué en el estudio.


Con su voz de moqueta recién pasada la aspiradora, saludaba mi hermana a la audiencia, y a su vez mi madre me saludó con la mano; le sonreían los ojos con la felicidad de quien logra –aunque tardíamente– consumar su talento, y me mordió el trasero el alacrán amarillento de la envidia. Mi hermano habría sentido lo mismo al escribir su primer relato o refundar la CNT, por no hablar del diseño de sus programas cibernéticos.

Salvo la clásica pecera coronada por un piloto verde, en cuyo interior subía y bajaba el volumen de la música un barbudo organista virtual, en aquel habitáculo nadie más que ellas dos se acodaba en aquella mesa que parecía de pingpong sin red, ante sendos micrófonos idénticos a berenjenas. Los auriculares y la expectación en la cara las asemejaban a pilotos de bombarderos aguardando la orden de lanzarse en picado.


Como nadie llamaba, mi hermana repetía los números de teléfono entre Johan y Sebastian, y ya se agitaba mi madre como un delantero centro impaciente; quizá los oyentes detectaran el repiqueteo en la mesa de sus uñas de águila. El barbudo hizo un aspaviento y, menos fúnebre, Bach pareció retirarse a engendrar en el lecho de Ana Magdalena un vigésimo cuarto músico: ¡había una llamada!, según anunció la voz, ahora de campanillas, de mi hermana, mientras se empurpuraban de emoción las mejillas que mamá conserva tersas a base de mantener dos minutos al día la cabeza incrustada en el congelador.

En efecto, una voz que no me pareció del todo desconocida, preguntó por la suerte que le esperaba en su nuevo trabajo. Impostándola como grave y nasal quizá gracias a un pañuelo, no podía ocultar al fondo un tonillo chillón, como una ristra de latas arrastradas por el tonto del pueblo. ¿Quién podía ser?

El guiño de mi hermana me delató que quien había llamado no era sino mi cuñado. A espaldas de nuestra madre se habría aliado con él para que haciéndose pasar por un oyente acallara las protestas del jefe de emisiones, que amenazaba con despedirlas por falta de llamadas. Tembló con verosimilitud la voz del farsante suplicando por una prosperidad que no tardaría en augurarle mi madre, barajando un tarot parecido a los bonos del ferrocarril que Bette Davis le roba a su marido en “La loba”, urgida que estaba por mi hermana a dar solo noticias optimistas que alentaran a llamar a más gente. Al fin se decidió a poner bocarriba la carta del destino: el ahorcado.

Ambas desorbitaron los ojos y el barbudo tuvo que traer de vuelta a Johan Sebastian a medio terminar su faena conyugal. Mi hermana le hizo a mamá un ademán disuasorio de la sinceridad, bien para no perder otro micrófono en su discontinuo currículum o bien para no empavorecer a su muy supersticioso esposo, que había llamado confiado en que allí solo se preveían bodas, cruceros o herencias inesperadas. Y he aquí que mamá se encogió de hombros e, incapaz de traicionar su conciencia profesional, como aquel Mr. Memory, el sabelotodo del music hall capaz de contestar a lo que le cuestionase el público, que al final de “Treinta y nueve escalones” respondía a lo que le preguntaba la policía aun a costa de su vida, le advirtió al llamante que un día de estos, al despertar, se encontraría en la cama con una cabeza decapitada de caballo, al modo de “El Padrino”. ¿Habría ella reconocido la voz del miserable –en el sentido de infeliz– y también conocía su flamante ingreso en la mafia?


La señal discontinua de la línea dando señal de comunicar sonorizó el pulso desbocado de los tres –los cuatro, si contamos a mi cuñado, que acaso había colgado tan horrorizado como Barbara Stanwyck al final de aquella obra maestra de Anatole Litvak, “Sorry, wrong number”, durante la que la inválida protagonista descuelga –para llamar o contestar- cuarenta y tres veces el teléfono en apenas ochenta y ocho minutos.


Mientras mamá aún disertaba, como delectándose, sobre el aciago destino que le esperaba a su yerno, mi hermana y yo nos miramos como los hermanos de “La Noche del Cazador” mientras se les acerca ese predicador psicópata que es Robert Mitchum, ella con el temor y yo con la esperanza de que su esposo y cuñado mío hubiera cortado la comunicación porque la desgracia ya se le hubiera desatado encima. Después de todo, no sé a qué venían tantas alharacas: todos los fracasados sabemos que el destino propio no solo hay que aceptarlo, sino abrazarlo como Burt Lancaster a Yvonne de Carlo antes de que Dan Duryea los acribille al final de “El abrazo de la muerte”.






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