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martes, 19 de junio de 2012

TROPIEZOS


¿Sabéis con quién me he tropezado al bajarme una parada más allá de la mía por culpa de ese ensayo de Octavio Paz en que mantiene que la desventaja del poeta desmesurado que fue Ezra Pound respecto al parco Eliot radicó en que aquél no contó precisamente con los consejos de su amigo Ezra –para ello habría debido desdoblarse– exhortándole a cortar, como en un montaje delirante, y acortar el ochenta por ciento de lo escrito? Pues ni más ni menos que a ese pervertido moreno de broncínea tez que en la ficción barata del anuncio de comida para perros estaba casado con la consorte, deslizándose entre los viandantes como una anguila.

Llevaba uno de sus polos de golfista –golfo–, que le dejaba exhibir sus brazos tupidos de lujurioso vello que hasta le germinaba de las fosas nasales y de las orejas, y al cruzarnos me dedicó una sonrisa venenosa, clavada a la de Richard Widmark en “El beso de la muerte” despeñando por las escaleras a aquella ancianita en silla de ruedas.


¿O era “El beso mortal”? ¿O quizá “El abrazo de la muerte”? Ando así de olvidadizo, ensimismado en mis sospechas, porque como la consorte no se desprende de la euforia ni en la ducha (hoy incluso no ha dejado que se me quemen las tostadas y me ha endulzado el café con varios chistes de maridos cornudos hasta que, tapándose la boca, ha recordado que tenía que hacer la cama), estoy seguro de que esos dos se entienden a mis espaldas, y lo que me obnubila aún más es la duda sobre si alegrarme o entristecerme por ello.

De todas formas tenía que inquirir la verdad para saber a qué atenerme y, como me daba apuro concurrir a ninguna agencia de detectives, pensé contactar con el tipo de la gabardina para pedirle que siguiera a la consorte; sería más barato y lo envolvía el aura de profesionalidad de Philip Marlowe.


Sabía que para provocarle a seguirme bastaría con releer, por ejemplo, “La dama del lago” (no había tardado en pisarme la cola mientras leía o veía policíacas mucho menos evidentes), y al final me decidí por la última de la serie de Chandler, “Playback”, aquélla en la que Marlowe parece más nostálgico y por ende cínico que nunca. Y, en efecto, me bastaron las primeras setenta páginas.


Porque fue todo uno bajar con Alma –que desde el carrito me barnizara con la dignidad herida de un padre de familia–, reabrir la novela en un banco de la plaza, y verlo fundido con la sombra de los plátanos y observándome tan atento que a sus pies le estaba levantando la patita un chucho. Esperando que no se hubiera calzado los de vestir, me levanté y, bosquejándole una mueca de complicidad, orienté el timón del carrito hacia él. Osciló el peso de una pierna a otra, como vacilando, y echó a andar hacia la avenida, por lo que supuse que creería más discreto que habláramos confundidos entre el gentío para despistar a posibles terceros. Recordé la sarta de películas sobre espías de los sesenta y setenta, entre las que solo brilló en mi recuerdo la gema de una que por la crítica es tomada por bisutería, “Cortina rasgada”, cuyo único pecado es de omisión: la ausencia de Bernard Herrmann.


Como aceleró antes de doblar la esquina, también yo me apuré, y al desembocar en la avenida lo vi zigzaguear entre los viandantes y, debido a que gracias al carrito a mí la gente me daba paso, acorté la distancia. Solo supe que algo no marchaba cuando volvió la cabeza y lo vi traslucir el espanto en un visaje inequívoco –como les pasaba a las chicas que me miraban al iluminarse las discotecas–, lo que le costó colisionar con un buda panzudo idéntico al luchador y ajedrecista de “Atraco perfecto”, que no obstante se disculpó con la típica cortesía oriental.


Luego emprendió el trote, como si huyera de mí, y yo iba al galope –no quería perderlo–, para regocijo de una Alma que chillaba como ordenando la carga de la Brigada Ligera, y hasta había empezado a gritarle que se detuviera, cuando los pitidos de un guardia de tráfico me hicieron renunciar y perderme por un callejón lateral, cierto que estaba de que aquel paranoico volvería a acusarme de que, en vez de él a mí cada vez que me entrego al género negro, era yo quien lo perseguía a él.

En casa no lograba concentrarme en “Playback”; las palabras se perseguían y atropellaban como un poli sin escrúpulos a una triste mujer de vida alegre. No volvía la consorte. Y al estilo –por el camino- de Charles Swam según Pedro Salinas en la primera entrega de “En busca del tiempo perdido”, a través del teleobjetivo de mis celos (¿auténticos o mera pose literaria?), enfocado hacia la lúcida –encendida– ventana de la realidad, podía ver la cándida (no en el sentido moral) desnudez de ella deslizarse sutil, como untada con aceite (¡o peor, con la mantequilla de “El último tango en París”!) entre los brazos peludos de aquel simio.

Recordé que toda la mañana, mientras yo estaba en el banco, aquellos dos habían tenido el campo libre en el apartamento y me puse a rebuscar entre las sábanas algún pelo que, señores del jurado, me sirviera de prueba. Encontré uno canoso y rizado –inconfundiblemente mío– y, bajo la almohada, otro arqueado y como tenso, aún electrificado del último resto lujuria, de esos tenaces que es imposible despegar del lavabo, que me guardé en el pastillero. Entonces oí unas risas en el pasillo, y luego una voz de bajo muy profundo se entreveró con el típico aullido de placer de la consorte –lo cual me retrotrajo a la luna de miel– y después de un rosario de gemidos, carcajadas, suspiros y quejidos sonó la fálica llave de casa hurgando en la hendidura de la cerradura. Estaba claro que la blandía alguien que no estaba acostumbrado a abrir.  

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