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viernes, 29 de junio de 2012

LA ERÓTICA DE LOS JUEVES

Sobre "Breve encuentro" ( I )

Ahora que todos mis días se consumen pálidos como cirios en un velatorio, recuerdo cómo brillaban los jueves de la adolescencia con todo su fulgor de promesas y expectación, a ojos del amante de preludios, anticipaciones y entremeses que siempre he sido, cómo ya casi desde el miércoles por la noche empezaba a atisbar su resplandor de ilusiones prendidas, entre el horror pardo del lunes, la blanca desesperación del martes y la mediocridad del miércoles por la mañana, por un lado; y por otro, el desengaño disolvente de los viernes, la desilusión de los sábados y la melancolía sin nombre de los domingos. En el colegio, los jueves por la tarde ya se paladeaba el fin de semana, como a un beduino le sabe a agua dulce el espejismo de un oasis; años más tarde, la noche de los jueves solo salían los iniciados que entre menos gentío se sabían con más posibilidades de conocerse; en el trabajo, los jueves, la libertad condicional ya no parece la fantasía de un recluso.




Pues algo parecido les pasa a los protagonistas de "Breve encuentro" (¡ayer logré dejar de ver el fútbol!), que parecen esperar a cada jueves para consumar -no consumar- las esperanzas de su amor tímido, pusilánime, pudibundo. 

La auto-adaptación para David Lean de Noel Coward -el sucesor de Oscar Wilde- de su propia obra teatral es otra demostración de que todo guión no consiste sino en una nueva variación del tema del tiempo, en este caso, jalonado por los siete (la última vez me salían seis) jueves de un gigantesco flashback.


La acción despega en el séptimo de ellos, cuando, con la frialdad del que acaba de abrir las palomitas, asistimos a la despedida, en una cafetería de una estación de cercanías, de una pareja de mediana edad y clase media a quienes veremos hacer todo a medias (hasta pagar a las propinas), el médico Trevor Howard y la ama de casa Celia Johnson, abocados al disimulo debido al encuentro con una parlanchina amiga de Celia que acabará por acompañarla en el viaje de vuelta a casa, donde sabemos que está casada con otro hombre y tiene dos hijos.

Ya desde el vagón Celia, enfrentada a su reflejo en la ventanilla nocturna, ha empezado a contarnos el caso, en un monólogo interior que se superpone sobre la cháchara de la amiga, y continúa haciéndolo en la velada casera que adivinamos igual a tantas otras, mientras su marido rellena el crucigrama del aburrimiento y ella emprende su labor de costura, no sin conectar en el tocadiscos la nostálgica música que en toda la película no deja de colorear sus sentimientos, el segundo concierto para piano de un Rachmaninoff tan deprimido como ella en la época que precedió a su composición, después de que Glazunov le arruinara el estreno de su Primera Sinfonía al dirigirla borracho.

Así pues, desde la perspectiva del séptimo jueves, Celia nos cuenta cómo conoció a Trevor el primero de ellos; y a partir de entonces la narración avanzará de atrás adelante al ritmo de todas las locomotoras que fulguran a través del film dejando en los andenes las fantasmagóricas, cegadoras, nubes del humo y de la ilusión romántica, hasta volver a mostrarnos, en un discurso circular, como una serpiente que llega a morderse la cola, la misma escena de la despedida de los amantes, pero con otra significación muy distinta a la primera, pues la vemos desde el punto de vista de ella y no desde el frío ojo del espectador recién sentado, de modo que ahora, con la lúcida revelación del reconocimiento, la captamos en toda su aura de trágica tristeza.



Así que jueves tras jueves asistimos a la evolución de su romance, con la progresión dramática que propician los cautos avances eróticos de una relación extra matrimonial entre dos británicos de hace sesenta años -tan distinta a la ágil narrativa de videoclip que alumbraba, a los parpadeos fluorescentes de las discotecas, aquellos instantáneos encuentros venéreos tan raramente protagonizados por mí como raro era Rachmaninoff en el catálogo de los disc jockeys-.


El primer jueves se conocen gracias a la carbonilla (la misma que sale revoloteando y se posa, creo, en cierto verso de Gimferrer) que en el andén ciega el ojo de Celia y que, de vuelta a la cafetería, le extrae aquel médico de cabecera tan gentil, educado y alopécico de pura inteligencia emocional, a quien las pacientes seguro que le piden cita con demasiada frecuencia, que ya había observado con lascivo interés a aquella treintañera grácil y pálida, delicada y con ojos como lagos muy hondos, con aquel sombrero tan mono.

 


Al segundo jueves -es el día de su visita semanal a Londres- ambos se cruzan por la calle y, tras un simpático saludo, ella prosigue con su emocionante jornada: farmacia, biblioteca, almuerzo, cine y café en el bar de la estación. Donde entre silbatos, toses y silbidos de locomotora, humaredas, rechinar de ruedas y suspirar de frenos, y hasta fálicas irrupciones de trenes, no solo veremos acontecer las escenas cumbre -lo que delata su procedencia teatral-, sino también un contrapunto humorístico, de génesis shakespereana, al drama de la pareja. Me refiero a las fintas, amagos y requiebros amorosos que practican la camarera de la cafetería y un revisor, veterano dúo incorporado por los impagables Joyce Carey y Stanley Holloway, en una hilarante trama secundaria que, como suele ocurrir con el humor (en la ficción y en la realidad), tolera mejor que el amor el paso del tiempo.


Y tengo que interrumpir porque la cristalería vibra, retiembla el suelo y los tabiques retumban. No, no hay que bajar el volumen de Rachmaninoff, como hace Celia en la única vuelta al presente del flashback.

Lo que ha pasado es que ha marcado la roja.
     

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