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jueves, 14 de junio de 2012

UN MAL REMAKE (II)


Cuando el último día sorprendí en los grandes almacenes sus pupilas de lechuza fijas en las mías, descubrí que como en un mal remake (igual que aquél de “El cabo del miedo” en que dos impostores hacían de Robert Mitchum y Gregory Peck) ya volvía a seguirme el tipejo aquel de la gabardina de exhibicionista. Sin embargo, volteé mi bolsa de películas al desenfadado ritmo del bastón de Charlot, enfilé hacia la sección de libros al paso chulesco de Lee Van Cleef desafiando a un Gary Cooper solo ante el peligro, con esa cara triangular, poliédrica y afilada de cobra y en los ojos la fe de los desalmados en el triunfo del mal; pero sin dejar de percibir a mi espalda sus pasos percutiendo en el equívoco laberinto de mi oído, ni de insultarlo telepáticamente.


Y al doblar por el primer anaquel me propulsé adelante como Cary Grant con la muerte en los talones, hacia la escalera mecánica en vez del maizal que la avioneta fumigará, y después de caer en el error –y en el último escalón– de adelantar a saltos a los atónitos clientes, lo cual me costó que me descubriera desde la librería, corrí a ocultarme en un probador de ropa.

Necesité una cascada de golpes y gritos a la compuerta, y entre cloqueos de risas y cuchicheos –curiosamente siempre de mujeres–, para descubrir que me había escondido en un probador femenino. De modo que al salir solo dejé de sentirme Jack Lemmon ante sus vecinos de apartamento, que toman al infeliz por un perverso donjuán, al detectar a aquel pesado probándose una camisa hawaiana encima de la gabardina.


Volvía a la sección de DVD, esperando que, tal y como no ha dejado de hacer en cada situación límite de mi vida, el cine me inspirase el medio de esquivar a mi enojosa sombra humana, una solución seguramente tan evidente como la carta robada de Poe o como uno de esos finales de los guiones de Billy Wilder que, sugiriéndose casi por sí solos con la lógica de lo inevitable, no dejan de confirmar lo oportuno de su planteamiento y nudo argumental.

Antes de llegar a los DVD, a la altura de la sección de deportes, se me ocurrió aplicar la táctica del camuflaje, y como después de todo llevaba un polo verde pistacho y pantalones chinos y últimamente he adelgazado, extraje un palo de golf de un carrito y recordando las poses de Spencer Tracy entrenando a Katharine Hepburn en “Pat and Mike”, junto a un pescador clavado a Rock Hudson en “Su juego favorito”, apunté la vista al remoto vuelo de la pelota por encima de varios chopos imaginarios, y adopté un estatuario swing tan impecable –con la sensación de movimiento de una obra de Canova– que un vejete me estuvo hurgando la empuñadura del palo en busca de la etiqueta del precio. Pero el que a mí me interesaba, no se dejó engañar: con las prisas había cogido yo un palo de hierro –el put–, como para putear (con perdón) al hoyo (otra vez con perdón) y no una madera, como hubiera debido para salir del tee.

De regreso al universo DVD, me sorprendió encontrar remasterizadas dos dudosas adaptaciones de Huston, “Reflejos de un oro dorado” y “La roja insignia del valor”, que no me inspiraron ninguna idea para eludir la vigilancia del descarado. Tampoco me sirvieron los sagaces fraudes del psicópata de “La mujer fantasma”, otra adaptación de un novelista nacido para el cine, William Iris, según Robert Siodmak, un director que nunca se equivocaba, ni las inteligentes fintas a la policía de Dimitrios Macropoulos, según la exacta visión de Negulesco de “La máscara de Dimitrios”, la obra maestra de Eric Ambler; y recordé la adaptación de otra de sus novelas, “Epitafio para un espía”, protagonizada por James Mason –aquí se estrenó como “Contraespionaje”–, también plagada de las maquinaciones de otro taimado personaje, pero tampoco logré adaptar ninguna de ellas a mi caso. Y ya tenía tan cerca al de la gabardina que si –armada o no– hubiera extendido la mano que le abultaba el bolsillo, habría podido tocarme con la punta de los dedos o del cañón.


Después siguieron más cebos, trampas y emboscadas sofisticadas que tampoco me servían, las de “El golpe” o “La noche de los generales” –cómo me gustan las películas con el trasfondo, no del todo acaparador sino como telón de fondo, de la Segunda Guerra, preguerra incluida, esto es desde la caída de Weimar–, basada en una novela de H.H. Kirst, un segundo E. M. Remarque. Al ver “Cayo Largo” recapacité en que el problema radicaba en que no dejaba de encontrarme cine negro por doquier, y –como ya observé al leer varias policíacas seguidas– al de la gabardina le pasaba igual que a esos fantasmas que engordan con el miedo de la víctima de turno, que más ánimos cobraba cuanto más adepto me hacía al género. De hecho, sin renunciar al aire siniestro de su expresión, me miraba con un aire más conspirador que peligroso; tal vez intentaba reclutarme en vez de secuestrarme.


Dos pasos más allá, como siempre que en la noche se eleva el muro de mi impotencia y entre sus rendijas se desliza la serpiente de la autodestrucción (no hay sino que recordar a Cleopatra), me salvó la proyección sobre esa misma pared de una película de Billy Wilder. Que aunque con menos naturalidad que con la que abrochaba sus argumentos, me mostró la solución a mi problema en bandeja de plata, pero no gracias a la ácida comedia del mismo título, ni, dado el caso, con esa apoteosis del cine negro que es “Double indemnity”, sino con la que entonces encontré por encima –no solo en cuanto a calidad– de “Sabrina”: “Con faldas y a lo loco”.

Y lejos de comprarla –ya la tengo–, recuperé mi dinero a cambio de devolver las películas a una cajera que sería tan amable por descontarle la comisión a la que me las vendió, regresé a la sección de ropa y, aprovechando que mi perseguidor se había confiado, elegí lo que pude con ese dinero, esto es, un vestido violeta estampado con margaritas y de tirantes –modelo matrona de pueblo–, un pañuelo blanco que me ocultara el pelo al cero y unos zapatos de saldo con tacones como zancos, y después de abonarlos me encerré en el mismo probador de antes. Así logré el efecto dramático que algunos guionistas logran al reubicar la acción en un escenario ya utilizado. Embutí el polo, mis zapatillas y los vaqueros en la bolsa de la compra, y remedando a Jack Lemmon a través de la estación central de Chicago empecé a escorarme a un lado y otro contoneándome como un barco a la deriva –había perdido el rumbo de mi vida–, me puse a remar con las palmas hacia fuera, y al pasar de incógnito ante la estupefacta gabardina hasta me permití dar un saltito como si me hubieran enchufado el vapor a presión de la locomotora –durante media hora “Some like it hot” es una película de trenes–, y no me resistí a hacerle un guiño antes de dejarlo atrás.

Agradecido de no haber sido su mujer ideal –“nadie es perfecto”–, no caí en que si me había librado de él, era por haberme deshecho de los tres thrillers.


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