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sábado, 2 de junio de 2012

LAS REALIDADES DE LA VIDA


Mis suegros habían quedado en visitarnos a las seis, y a las cinco y cincuenta y nueve –más prusianos que británicos– ya estaba la consorte abriendo la puerta al cojitranco remolino de dijes, crucifijos, escapularios y condecoraciones que arrastran ese par de miserables, la devota y el coronel retirado. Como ni siquiera ella puede soportar a su padre, me utiliza como defensa, al modo de los cadáveres tendidos entre las almenas de “Beau Geste”, o más bien fuerza de choque, y el viejo y yo nos llevamos como el militar y el objetor de conciencia que hemos sido. Ya que solo puedo hablar bien de los militares imaginarios, como el mayor que construyó el puente sobre el río Kwai, o aquellos cuya realidad haya sido usurpada por la ficción, como pasa con Rommel (James Mason o Von Stroheim), más de una vez he temido que me deslomara con su bastón de marfil.


Y muy en su papel ya estaba la consorte animándome a acompañar a su padre a cierta visita que más tarde le iba a cumplir a un ex camarada (frunció los bigotes de gato: no le gustó el apelativo) muy enfermo que vive –se muere– cerca de casa. “Hay que afrontar las verdades de la vida”, dijo el pomposo carcamal, pero al menos me exoneró de invadir la agonía del desconocido.

Y como la devota y él, que solo admiran a Pemán, desviaron la vista cuando empecé a hablar de los cuentos de Quiroga, aproveché el paso de aquella legión de ángeles para irme a leer al parque. Pero en la escalera me temí que la melancólica presencia de un cuarentón con alergia y pantalones cortos leyendo a Quiroga en un banco a la sombra de un sauce podría que resultar sospechosa –aunque no soy, como mi suegro, homófobo, prefiero evitar el mosconeo de los homofílicos– volví a por Alma, convencí a la consorte de que treinta y siete grados no eran tantos, y carrito en ristre llegué al parque y nos instalamos a orillas del ameno lago.

Y no había sino empezado a leer aquel relato protagonizado por un perro cuando un guijarro me granizó en el libro y reconocí la pícara sonrisa tipo Alberto Sordi de Norberto, uno de mis fastidiosos amigos a quienes llevo lustros esquivando para que no me esquilmen los momentos de ocio, y que no se dejó intimidar por la cara que le puse para darle a entender el recibimiento que le esperaba si en el último instante no desviaba de mí sus pasos.


Para mi sorpresa él no sabía de otro Quiroga que no fuese no sé qué autor de coplas, y me acusó de seguir en la inopia y de nunca dejarme ver con los colegas de siempre. Hablando de tiempos anti heroicos me chantajeó emocionalmente al punto de tener que acompañarlo a tomar una copa, según lo sanguinolento de ojos y tez, su pasatiempo favorito, pues supuse que no quería que lo vieran bebiendo solo y a eso se había debido su saludo. De modo que como ahora no se fuma en los bares y podía resultar una visita instructiva para Alma, me puse a su disposición.

Por el camino nada quiso saber de Benedetti ni de Monterroso, a quienes tomó por la delantera de la Juve, le asestaba al carrito miradas dignas de Herodes, y guiándome por una callejuela soleada y solitaria me confesó que, en efecto, le daba reparo entrar solo adonde bajamos, un sótano que por su penumbrosa animación contrastaba con el exterior.

Había unos cuantos clientes maduros de aire próspero y más radiantes que alegres, cada uno circundado por chicas jóvenes y –con este calor– ligeras de ropa. A duras penas me expliqué el precio de las copas por el lujo del local, una profusión de mármoles y maderas nobles, pero el camarero pareció más sorprendido que yo mirando a Alma con los ojos desorbitados. Tampoco él había oído hablar del Maupassant de la Plata (Horacio Quiroga). Pese a tanta categoría flotaba en el ambiente algo malsano, el matiz de irrealidad que tenía el falso garito de apuestas que Paul Newman montaba en “El Golpe”.


Como nosotros no íbamos a ser menos que los demás, Norberto ya estaba ligando con una rubia tipo Faye Dunnaway; parecía el típico sitio de moda para extranjeros, pues había allí jóvenes de todas las razas que aglutinaban todos los gustos posibles, y me propuse preguntar si también daban desayunos, ya que tampoco me cogía tan lejos del banco. Incluso a mí se me acercó una altísima chica de tez de ébano y falda anecdótica, que me respondió no haber leído a Toni Morrison, a James Baldwin ni a Robert Mosley, mientras que tampoco ella le quitaba el ojo a Alma. Alarmado de que concitara tanta atención, me acerqué a inspeccionarla: estaba bien, pero tan extrañada que no se atrevía ni a llorar. Me dejó la pseudo Naomi, acusándome de estar pirado.


Todo el mundo me endilgaba la misma letanía; tantas acusaciones de evadir la realidad parecían una venganza de la realidad misma contra mis afirmaciones de que en literatura el realismo es inviable. Llegué a pensar que si yo fuera un personaje de novela, el autor me habría caracterizado con miopía o gafas tintadas para significar mi ceguera mental.

Hacía tiempo que Norberto había desaparecido, y curiosamente tampoco localicé a su amiga la rubia, de modo que para pasar el rato mientras volvía él del aseo –lo supuse con los clásicos problemas gástricos de los bebedores–, recuperé el tomito de relatos y, encaramándome al taburete, pedí otra ginebra y me constituí en esa figura que cada vez se ve menos en la fauna de nuestras cafeterías, la del lector sedente y sediento. Pensar que Joseph Roth o Jardiel Poncela solo escribían en las terrazas de los bares.

Pero a la segunda página una bombillita polvorienta se me encendió al fondo del corredor oscuro de la mente. Levanté la cabeza y supe dónde me encontraba. Encogiendo los hombros miré a Alma. Me había pasado como en aquellas películas americanas (“De aquí a la eternidad”) que hacían pasar por clubs de baile lugares como aquél. No voy a nombrarlo para que se amalgamen la forma y el fondo de este post, de modo que el silencio clamoroso denote, más que la hipocresía con que siempre se han ocultado estos ámbitos, mi sordera vital, mi auto segregación del mundo. Los demás llevaban razón: yo había emigrado de la realidad.

Fue entonces que vi a un vejete bajando a saltos hacia la barra, las medallas bailoteándole en la solapa, y la falta de su bastón de marfil –olvido psicoanalítico– me retrasó reconocerlo: mi suegro. ¿Habría fallecido el enfermo que se disponía a visitar?

Solo se detuvo frente a un escote de cortometraje: él no podía dejar de afrontar las realidades de la vida.

           

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