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lunes, 11 de junio de 2012

UN MAL REMAKE (I)

Vano es que malbaratéis vuestra piedad por mi cuñado, porque por cada cabeza –en este caso barbuda que se le corta a la Hidra de su desvergüenza le nacen dos, y por desgracia el otro día nadie que no fuera él mismo cercenó la comunicación telefónica, por simple aprensión a seguir oyendo los vaticinios funestos que le auguraba su suegra.

Y ya que mi hermana me instó a no volver por el estudio achacando, quién sabe si con razón, a mi mala suerte de fracasado vocacional no solo que a su marido le saliera la carta del ahorcado, sino también que se cortocircuitara la instalación eléctrica del piso que alberga la emisora, ayer aproveché mi segunda tarde libre para visitar la sección de DVD de esos grandes almacenes que siempre me da corte nombrar, adonde Laura no tardará en volver si no se recupera la curva del gráfico de su audiencia, pese a que, por jóvenes y atractivos que los contraten, sus empleados parecen envejecer demasiado aprisa.

Por algún motivo siempre entro allí abrigando la ilusión de encontrar una desconocida película de título improbable que en todo caso reconoceré al ver la carátula, hace mucho tiempo rodada por algún director caído en desgracia a manos de cualquier McCarthy, cuya olvidada protagonista me tendrá reservada a través de los tiempos, gracias a un guionista que habrá muerto alcoholizado en cualquier habitación interior de hotel, cierta frase que pronunciará con una voz de seda rasgada y yo sabré descifrar; de hecho, nadie más que yo –ni el crítico más avezado– la entenderá jamás porque estará expresamente dirigida a mí para que, enamorado de un fantasma, me haga eco de la película, por ejemplo en este blog, y por eso toda la troupe del film, desde el maquillador al fotógrafo –que aún vive y consume sus últimos días en una geriátrico quemando las miles de fotografías de sus recuerdos– se desviven al servicio de la susodicha estrella de serie B, esa rubia con ojeras de terciopelo violeta, de cuya actuación depende la fama póstuma de todos ellos; pero lo que no pudieron intuir ni siquiera el ágil agente de prensa de aquella productora que no tardó en quebrar, ni mucho menos el presuntuoso galán, tan obsesionado con su inmortalidad artística que aceptó trabajar en esta película por la mitad de su tarifa normal, es que algunos días mi número de entradas no pasa de trece. Así que o me hacéis publicidad y aumento mi popularidad antes de que encuentre esa película que es tanto la de mis sueños como la de los sueños de quienes la rodaron, o estos no pasarán a la historia salvo como el recuerdo casi olvidado de una película de la niñez.

Dado que esta vez tenía que pasar por caja, me alegré de encontrar una oferta de tres por dos, que aumentaba en una película el tesoro que esperaba adquirir –gracias a mi hermana lo expoliaba– con los treinta y cinco euros que se me arrugaban en el bolsillo (soy enemigo de esa metáfora de la clase media que es la cartera). Eso sí, tenía el condicionante añadido de que al menos dos de los tres títulos elegidos debían dimanar de la misma productora, y ante los expositores vacilé como un sultán ante su harén abigarrado, infinito, extenuante.

Lo que es la casualidad, tras la irrelevancia de los primeros DVD que recorrí en un expectante travelling lateral, mi atención efectuó un vertiginoso zoom de avance sobre tres películas con algo en común: San Francisco. Eran “Vértigo”, “La senda tenebrosa” –pese a que el título sugiere un escenario campestre– y “Retorno al pasado” –ésta sí es más campestre, pero en parte también transcurre en Frisco.



Y eso pocas semanas después de que se haya cumplido el septuagésimo quinto aniversario de la inauguración del Golden Gate, un escenario decisivo en “Vértigo”, de simbología fálica en la escena en que James Stewart–Orfeo–Hamlet rescata de las infernales aguas de su suicidio a Kim Novak–Eurídice–Ofelia, a la deriva los pétalos de las rosas que ella había dejado caer al mar y le habrían servido de mortaja carmesí. Porque aunque no tuvo que hacerle el boca a boca, ella se había desmayado y él se apresuró a llevarla a casa y cambiarle la ropa empapada con cuidado de que no se despertara.


Fotograma, si puedes, del golden gate en vértigo o de esta escena. Si no, no pongas ninguno
En cualquier caso dispongo de las tres obras; el de la constancia de mi razonable autarquía artística no es el menor placer de estas visitas. Luego se alternaron otras dos triadas que me confirmaron en mi idea de que habría que cambiar la clásica división de géneros –western, melodrama, comedia policíaca, psicológica…–, puesto que se entremezclan confusamente. ¿Acaso no hay melodramas policíacos como “In a lonely place”, comedias bélicas (“Cinco tumbas al Cairo”) o hasta algunas de romanos y a la vez de ciencia ficción, como “El Satiricón” de Fellini?


Otros criterios deberían distinguir los géneros. Así, deberíamos, por ejemplo, hablar de películas “de trenes” (como el primer trío que había visto: “Alarma en el expreso”, “Estación Termini” o “Breve encuentro” –ésta perteneciente al subgénero “de cercanías”–), con características comunes como la tristeza de las despedidas adensándose con el humo de las locomotoras antiguas, la pasión amorosa saltando chispas en los ejes de las ruedas, las carbonillas revoloteando por la estación como jirones de nostalgia; o películas “de boxeo” (la segunda triada que encontré: “Cuerpo y alma” –con esa peligrosa delantera formada por Gardfield–Polonsky–Rossen pateada por el marrullero defensa de la moral pública, el senador Macarthy, “The set–up” –adscrita al subgénero del boxeador decadente con el encanto fatal de los perdedores– y “Marcado por el odio” –con Paul Newman como peso ligero–. Y allí estaban “Dos semanas en otra ciudad” y “El crepúsculo de los dioses”, ejemplos de otro hipotético género, el de “cine sobre cine”, subgénero amargo, crítico y cínico, opuesto al subgénero de “La noche americana”, exaltador del séptimo arte.


Todas en mi videoteca, pero la que descubrí después de otra de boxeo (“El ídolo caído”, con Kirk el omnipresente), más allá de la irreductible poesía de su título, me inmovilizó en un deslumbramiento humillante: “La jungla de asfalto”, una laguna en el lujoso campo de golf de mi culturilla cinematográfica, pues apenas la había visto un par de veces, mediados los ochenta, gracias a una copia VHS averiada por el precoz sabotaje, con tres años, de mi anti sistémico hermano. Me abalancé hacia ella antes de que nadie me la arrebatara, aunque una vez estrechada contra mi pecho advertí que por allí yo era el único cliente y estaba desierta hasta la caja.


Resbalé la vista por varios títulos que cual banderines triunfales ondearon a través de los infinitos hoyos que jalonan mi campo de golf, tales como “Madame Bovary” (la buena, la de Minelli, en mi sorprendente –para mí mismo– opinión, mejor que la de Renoir), “La noche de la iguana” (cómo detesto a la gente que sostiene que las obras de Tennessee Williams han envejecido, sobre todo porque llevan razón), “Executive suite” (creo que aquí se estrenó como “La torre de los malditos”), “Carta de una desconocida” (Ophüls hubiera podido ser el cineasta oficial de Kakania)… y ¡”A pleno sol”!, junto con “Extraños en un tren” la mejor adaptación de ninguna obra de Patricia Hightsmith, otra carencia por mi parte. Ahora fui más discreto, y me hice con ella como al descuido, acercándome de través y echándole mano como un tentáculo instantáneo, para que nadie supiera que hasta entonces no la había visto.


Después el “Ladrón de bicicletas” siguió al de Bagdad, y a aquél el de cadáveres según Stevenson (el novelista; hay un cineasta que también se llama Robert Stevenson), y como tenía que volver a casa a terminar “Yo, Claudio” antes de bañar a Alma, como tercera en discordia me decidí por “The breaking point”, una versión casi tan buena como “Tener y no tener” de la homónima novela de Hemmingway, aunque en la segunda Hawks compró los derechos prácticamente solo para poder utilizar como reclamo el título y el prestigioso nombre del novelista en los títulos de crédito, ya que su argumento apenas se parece al de la novela.

Abonado el importe, por una vez me desembaracé pronto del desagradable pensamiento acerca de cuánto se parece mi cuñado a Ernest, debido a un descubrimiento aún peor: como en un mal remake, desde la sección de informática me observaba alguien conocido haciendo que examinaba un ordenador portátil. Llevaba gabardina.

Había cometido el error de comprar tres películas policíacas.


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