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martes, 5 de junio de 2012

LA MÁS CRUEL MUJER FATAL

Sugerente como una mujer fatal y sugestiva hasta el contagio, se va insinuando la desconfianza entre los clientes del banco, que cada vez en mayor número –sobre todo ancianos de luto– vienen a rescatar sus ahorros de nuestro tinglado –como esos grajos de Hitchcock que, de una pareja gorjeando en el tendido eléctrico, pasan a cuatro, de cuatro a siete, luego la chica enciende un cigarrillo y ya son once, después dieciséis, y la siguiente vez que mira Tippi Hedren se alinea un escuadrón de ellos dispuesto a lanzarse en picado y contrapicado contra lo menos atractivo que ella ostenta, su “permanente” años sesenta–, de modo que esa suspicacia de los depositarios pronto degenerará en miedo, y del miedo al pánico no de película gore, sino de Capra, apenas media otro Rato de eficacia y sabiduría hasta ahora probadas a base de proclamarlas una y otra vez en ciertos medios de comunicación.


Por lo que cabe dudar que sea Rajoy, parapléjica su ciencia económica, el nuevo F.D. Roosevelt que desde la silla de ruedas de la previsión y del buen sentido nos recomponga las piezas del crack del dos mil doce. ¿Concebirá De Guindos otro New Deal? ¿Será Emilio Botín otro James Stewart que en cualquier ventanilla del Santander pague de su bolsillo a esos monstruos del egoísmo que vienen a recobrar su dinero?



Demasiados candidatos hay en nuestro remake imaginario de “¡Qué bello es vivir!” para el papel de Lionel Barrymore –el especulador que se aprovecha de la coyuntura–, el campeón paralímpico de la mezquindad, ya que ésta se representa en el film condenándolo a la silla de ruedas –como Roosevelt o los conocimientos económicos de Rajoy–. Porque igual que esas doctrinas budistas de incomprensible predicamento en Occidente sostienen que los tullidos expían los pecados cometidos en reencarnaciones previas, intentando visualizar los caracteres de los personajes, el cine está plagado de malvados que son cojos, tuertos, jorobados, mancos, hemipléjicos, enanos, obesos, jorobados, y más tarde negros (¿os habéis fijado qué pocos salen?) y/u homosexuales (o presuntos, ya que hasta no hace mucho no existían oficialmente).

De modo que me avergüenzo de mi pasión y me prometo no ver más de diez películas esta semana. Once como mucho. Así avanzaré algo en la relectura de “Rojo y Negro”, que será como emborracharme a base de café y cacahuetes con ese hermano mayor espiritual mío que es Henri Beyle: los dos somos tímidos, nerviosos, nostálgicos, impíos, mitómanos, insomnes y, salvando las distancias y –dado el volumen de diarios que nos dejó– en cierto modo por su parte, blogueros. La única diferencia es que en mis raros cinco minutos libres no me voy a poner a leer, como él, el código civil para moderar los excesos de mi estilo, aunque observo que en este post y precisamente hasta ahora tenía bastante domesticadas mis salvajes oraciones subordinadas, acaso gracias a la mera lectura stendhaliana, que me haya reflejado en el espejo que paseaba por el camino de la vida justo eso, un reflejo de su código civil.

Y hablando de hermanos, esta mañana me he desayunado en el mail con el indigesto relato de mi hermano Ramón, de solo cinco páginas, pero tamaña osadía me ha derramado medio café en la entrepierna. Como con este correo no se puede romper el sobre haciendo que la carta se ha extraviado, leí al menos la primera frase para poder decirle algo cuando me acorrale, lo cual me obligó a trasegar un buen párrafo hasta encontrar el primer –puto– punto. ¿Habrá plagiado el felón mi prolijo estilo y, como Mahler a Hans Rott, pretende vampirizar mi arte y esperar que yo muera joven –ya es imposible–, maldito e ignoto, para que en el futuro nadie le discuta la originalidad? ¿Solo se trata de un homenaje o una parodia?





Lo cierto es que de la lánguida delicuescencia de su prosa se destila la vanidad de todo autor novel o Nobel, y al leer dicha frase uno parece oír el chirrido de un violín que aspirando al virtuosismo (“¡qué vicio tiene!”, quiere oír de sí) hace pasar sus desafinaciones por disonancias de vanguardia.

Y en efecto me pide que le dedique un día de esta semana para comentar el cuento –me invitará al plato de lentejas que le valga la primogenitura espiritual–, pero me haré el remolón con la excusa de la obesidad, más que mía, de mi agenda. Si con el rigor del detective de “Laura”, pretende verificar mi coartada, que le pregunte a la consorte cómo me sienta tener que romper a cada momento en un millón de añicos ese espejo que Stendhal se hace la ilusión de pasar por la vida –en el arte solo hay espejos infieles: el “realismo” es irreal–: interrumpido por cualquiera de las dos el único párrafo que hoy he logrado engarzar seguido ha sido el de mi hermano.


Pues eso, que si no hay que calentar una papilla tengo que cambiar un pañal, cuando no improvisar una nana de Brahms con letra de Pimpinela y Maradona, o hacerle gracias –el chimpancé es mi especialidad– para que los vecinos dejen de aporrear el tabique protestando por los llantos. E insomne vocacional que es, la peque sigue negándose a dormir en el dormitorio, de modo que como aún no sabe leer e injustamente la consorte me ha prohibido que le lea a Stendhal en voz alta (¿será por motivos morales?), he de refugiarme en el cine, lo único que la serena aunque el film no sea del género bucólico.

Anoche, después de descubrirle a Marlene en “La Venus rubia” –con Herbert Marshall en su eterno papel de cornudo–, recordando el número de películas que rodadas en los años treinta –o ambientados en ellos– reflejan de un modo u otro el desolado panorama del otro crack (tampoco el personal de Fitzgerald), pensé que no hay mujer fatal más cruel que la crisis económica, porque como tal nos priva del bienestar hogareño, nos aleja del trabajo y cortocircuita las neuronas, y nos infunde una ruina tan instantánea que se nos disipa el lujuriante placer de ser esquilmados paulatinamente.


Y luego, como no me daba tiempo de ver ni una serie B si quería dormir un par de horas, retomé la lista de las setenta y siete películas que más me gustan –es decir, las mejores de la Historia del Cine–, y añadí otras siete:
  • El Manantial” (no de la doncella, que es de Bergman, sino “The fountainhead”, de King Vidor).
  • Fresas salvajes” (mejor habría sido “silvestres”, ¿no? Ésta sí es de Bergman).
  • Los niños del Paraíso” (no es un film pedófilo, como algunos de Shirley Temple)
  • Rashomon” (nunca ha llovido con más desolación que en esta película)
  • Sólo los ángeles tienen alas” (no es de Capra, sino de Howard Hawks –a no confundir con su homófono Howard Hugues)
  • Dublineses” (pese al reciente post)

Iban seis. Me interrumpió una fisión de lamentos de Alma, reclamando una sesión doble, lo cual me impidió anotar la obvia séptima, también de Hawks: “La fiera de mi niña”. 

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