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domingo, 3 de junio de 2012

ESPEJISMOS DEL ESPEJO DE STENDHAL


No puedo sino felicitarme por la luminosa idea que ayer tarde tuve de cruzar, en el que parecía imposible punto de intersección de mi inteligencia, las dos tramas paralelas que estos días tanto me venían dispersando una atención que quería concentrar en Stendhal. En cuanto se me ocurrió, tuve que ponerme a leer “Rojo y Negro” para no reventar de regocijo y risa en el banco, y nunca como entonces me divertí leyendo sobre las intrigas de la señora Renal enmascarándole los cuernos a su encopetado marido.

Por un lado no dejaba de acosarme el mafioso del Ferrari en la mesa de la oficina, pues desde que me había observado desplegar mis facultades de trilero con el dueño de una lavandería y un pueblerino empresario de pompas fúnebres, no dejaba de insistirme en que me convirtiera en factótum de sus tejemanejes, que no otra cosa había pretendido cuando me sondeara sobre aquellos préstamos suscritos por sus empresas espectrales, probablemente para que su devolución le sirviera de blanqueo.

Gangrenado por la más lacayuna de las avaricias, aquélla que mira por el dinero ajeno, el director estaba tan encantado con sus visitas, puesto que con cada ingreso del mafioso restañaba la hemorragia de capital, que había dejado de interceptarme el contrabando de libros en el maletín y ya no me abroncaba si me sorprendía leyendo. Pero yo no suponía tan beneficioso el trato con semejante personaje y menos que nada quería sobrecargarme con nuevas atribuciones que me distrajeran de mis auténticos intereses. Y como muy peligroso me parecía erigirme en contable de un delincuente –y más que a caer en prisión y pasar “Veinte mil años en Sing Sing”, donde tiempo me sobraría para leer y hasta eludiría mis onerosas obligaciones familiares, temía que entretanto los riesgos y emociones de la aventura me disiparan, dispersaran y despojaran de la concentración indispensable para el cultivo de la cultura–, ya que, como os digo, tal puesto me parecía muy comprometido, al borde mismo de la catástrofe, no pude sino pensar en mi cuñado como candidato ideal para el mismo.


Era mi oportunidad de librarme de él y cerrarle el grifo de su cháchara pictórica. Que no estamos sino ante un charlatán de los óleos y las tonalidades que con chillones trazos rellena los lienzos en blanco de su ignorancia, lo demuestra la falsificación de un Caravaggio –su presunta especialidad– que le ha hecho comprar al museo (y eso que le había recomendado ver “F for fake”, de Welles), lo que tras la visita de un comité de expertos internacionales le ha valido el finiquito. Lejos de volver a ser comisario de exposición alguna, suerte ha tenido de que no lo haya interrogado un ídem de la policía, porque en asunto tan tenebrista acaso hubiera por su parte algo más que incompetencia. Mil veces he transmitido a mi hermana que el gusto de su marido por tal pintor que solo putas y rufianes adoptaba por modelos trasunta su carácter vicioso y, en efecto, ha resultado reo de su pasión más baja, Caravaggio.



De modo que probablemente no mentí cuando a ojos del mafioso hice pasar por doloso el error del cuadrito. Y como de todas formas mi cuñado es más liante que Walter Matthau en “En Bandeja de Plata” , le gusta beber y comer más que a Enrique VIII según Charles Laughton, los emolumentos de mi hermana son precarios, y a primera vista el puesto es goloso, yo sabía que aquellos dos tunantes estaban condenados a entenderse.



Los cité anoche en el pub de la esquina, y como vi que se calaban al primer vistazo, me fui a casa a retomar el hilo de “Rojo y Negro”, sintiendo en el diafragma el cosquilleo de una Celestina triunfal o de un agente secreto del Destino.

Mínimos minimalistas habrá que, rastreando en el pasado imposibles justificaciones a su mezquino gusto, fundamenten el prodigio de tal novela en su naturalidad o aparente simplicidad, cuando ni siquiera “aparentemente” semejante obra de arte es natural ni mucho menos simple. Los amantes de la prosa estreñida se precipitarán a presentarnos al donjuán frustrado (y por ende escritor genial) de Henri Beyle como un milagro de concisión, naturalidad, exactitud y claridad, lo cual demuestra que, de modo opuesto a como se reconocieron el mafioso y mi cuñado, no han calado su escritura, artificial como todas las preclaras. Artificial en el buen sentido, porque de arte hablamos. Así que mejor haremos en dejar ese estilo que llaman “invisible” –eufemismo de “inexistente”– o “transparente” –de vacío– o “económicamente expresivo” –también nos quieren recortar la expresividad– para las listas de la compra, los índices bursátiles, mensajes de texto o las novelas del parco Azorín, cuyo pseudónimo ya define el carácter miniaturesco de su escritura.

Respecto a Stendhal, anoche que saltándome la cena y con Alma dormida pude leer casi una hora, confirmé cómo el que llamarán río cristalino de su prosa no sólo refleja –espejea, preferiría él– nubes tormentosas, sino que en su corriente se traslucen siluetas monstruosas; y su sintaxis se extiende con tal amplitud y culebrea en meandros tan retorcidos, que si era así como estaban redactados los famosos artículos del código civil con que decía (en broma) inspirarse, los truhanes como el mafioso –y ahora mi cuñado– bien disimularían sus desafueros tras las complicaciones y dobles sentidos de dicho código napoleónico.

Y cómo campean en sus páginas los tan denostados “artificios –otra vez la palabrita que odian esos enemigos del arte– literarios”. Así, Julián prevé su caída en cierto papelito que halla en la iglesia de Verrières, donde además un efecto lumínico le hace ver la pila de agua bendita llena de sangre –sólo un ejemplo de las múltiples “premoniciones” que acosan a los personajes–; el amor que le inspira a Matilde es preludiado por el ataque que sufre uno de los invitados al baile; y la mayoría de las emociones o pensamientos que embargan al protagonista le son ideados por “oportunos” encuentros o casualidades. Todas sus páginas están saturadas de lo que odian esos cicateros enemigos de lo inefable. Nada de lo cual está reñido con el modo indirecto, elusivo, espectral, con que en ciertas descripciones deja que el lector imagine algunos ámbitos, como esas músicas de Takemitsu que el oyente parece invitado a completar. Lo barroco no es contrario a la inteligencia o a la imaginación, sino todo lo contrario.


Con razón se atribuye falsamente a Stendhal la frasecita de que en sus novelas pasea el espejo por el camino de la vida –aunque sí la hizo suya: él sabía que, además de indeseable, el realismo es imposible y que sólo con sus tretas de genial embaucador (ficción viene de fingir) –que le llevaron a plagiar sus primeras obras– ganaría el “billete de lotería” que él llamaba a la inmortalidad artística, el cual salió premiado justo cuando había calculado, cuarenta años después de su muerte, mientras que en vida le bastó, y sólo al final, con llegar “to the happy few”, lo que alguien del veintisiete llamó “una inmensa minoría”, como decía la publicidad de la segunda cadena cuando programaban películas subtituladas.

Y ahora que me acuerdo el mismo Stendhal escribió sobre el tema que tratamos –que no es sino la última transmigración de la cíclica disputa entre clásicos y románticos–, personificando sendas tendencias en Racine y Shakespeare y haciéndolos batirse en un imaginario pugilato que por supuesto ganó por K.O. el segundo. Y como esta vez no me conviene dar a entender que lo hizo para burlarse de nosotros, doy por válido el combate.

Sobre las doce me interrumpió la lectura una salva de cohetazos de esas enojosas fiestas del barrio, que además despertaron a Alma, y furibundo y contradictorio –auto dialéctico– que soy, y aunque mi cuñado cuestionaría la manera de concluir este post, reconocí que después de todo incluso un malvado partidario de Carver como él también lleva su parte de razón en criticar tanta pirotecnia y fuego de artificio.

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