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miércoles, 6 de junio de 2012

LA TRISTEZA TIENE FORMA DE SONATA

Prendo la radio para animarme con los vaticinios de “La pitonisa Casandra”, pseudónimo clásico que le inventé a mi madre y ella ha adoptado sin saber que se lo atribuí en previsión de que sus razonables consejos espirituales a los oyentes pronto degenerarán en profecías de destrucción que no dejarán de cumplirse: caeremos como Casandra vaticinó a Troya, solo que nuestra ruina carecerá del esplendor de aquélla, y también víctimas de un engaño tan vil como el del caballo de madera. Es lo que pasa con los rescates financieros, que pareciendo una ayuda, en sí mismos acarrean el desastre, como el vientre del caballo albergaba a los griegos.

Pero ya que el dial no está en su sitio, por desgracia se desatan, como la lluvia sobre olvidadas lápidas, los primeros acordes de mi, no obstante, predilecta sonata para piano, la opus no sé cuantos en si bemol mayor de Schubert –música diegética, “in”, en este post, una obra de tristeza tan aniquiladora que podría haber provocado la dimisión de un faraón o hasta de algún presidente de cualquier consejo del poder judicial.


Ya estaba yo lo bastante perplejo ante mi vida, como Nanouk el esquimal ante Las Hurdes de Buñuel, cuestionándome qué (no) hago en la vida, qué esquiva cola persigo con este blog y hasta planteándome abandonarlo, resignado a nunca lacear como en “Hatari” ese maravilloso animal imaginario o mitológico (¿quimera o unicornio?) que ni siquiera he visto nunca ni sé si existe, porque lo único que hago es malbaratar mi tiempo mientras que el día peor pensado mi hermano publicará su primer libro de relatos, Bonny and Clyde atracarán el banco y frustrados de no hallar ni un chavo me ametrallarán, o mi cuñado, enriquecido gracias al mafioso, comprará el rosáceo Tiepolo de sus sueños frunciendo la barba de plata sin lustrar en una carcajada de escarnio.



Pero buscando una respuesta –un rastro de ese animal extinguido cuyo colmillo (o cuerno) mágico pudiera salvarme–, ya tarareaba el Septeto de Mendhelsson el feliz (su padre era millonario, y él genial y se llamaba Félix), esperando que de un momento a otro, como sabe cualquier maníaco depresivo novato, su euforia me transmitiera el típico ramalazo de exaltación –tan intenso como volátil-, cuando he puesto la radio y de entre todas las músicas del mundo –que diría Rick en el bar de Rick– ha tenido que ser Schubert, y de entre los cientos de obras –inacabadas– de Schubert, ha tenido que ser esta sonata, y de entre todas las sonatas completas o incompletas de Schubert ha tenido que ser la en si bemol mayor, y no la voz de mi madre, la que me hablara con sus líquidas notas de lluvia triste, las últimas gotas de ginebra y lágrimas repiqueteando en el vaso de Rick, que acuesta la cabeza en el brazo porque Elsa ha vuelto comprometida con un aburrido activista y con la Resistencia. Pero tócala otra vez, YouTube:


Sí, tristemente llueve, y tengo una gotera en los frescos –de Tiepolo?– del cielorraso del fastuoso palacio de mi fantasía (esto es, el sótano de mi obnubilación), que acabará por obligarme a salir a la intemperie, a calarme de realidad bajo el diluvio de nuestro tiempo.

¿Acaso lo único que he perseguido con cada nuevo post no ha sido sino eso, apresar el tiempo, placarlo como un defensa irlandés hace con un medio volante inglés, interceptar su paso que entre pañales y créditos denegados se me escurre de entre los dedos, se me escapa como un cliente insolvente y sin avalista al que haga cinco años le hayamos concedido una hipoteca por el doble del valor real del piso gracias a un genial tasador con quien hubiéramos repartido la comisión?

Pero he aquí que, avanzado el primer movimiento, cuando con una emoción que ni Proust logra explicar respecto a la sonata de Vinteuil–Cesar Franck, se repite el tema inicial con el inesperado énfasis de la resignación, resulta que de tanto llorar en el hombro de Franz –ese gordito simpático, pero con gafitas empañadas de melancolía, del que todo dios se pitorreaba–, compruebo que la tristeza de esta música tiene la facultad de consolarme gracias al mal sentimiento de alegrarme de que incluso en la alegre Viena hubiera alguien más desolado (es decir, inteligente) que yo, justamente aquel pícnico Mr. Pickwick de la música que uno hubiera esperado un barriguita feliz, y sin embargo hubo de sufrir la sordidez de la incomprensión, los remordimientos de la sífilis, y conformarse con el privilegio de haber compuesto, entre otras muchas, la maravilla que sigo escuchando.



En todo caso sigue atormentándome mi enemigo invisible, ese espía doble del demonio imposible de desenmascarar que se me ha infiltrado en el pensamiento y cuyos mensajes solo puedo descifrar bajo el código de la tristeza. Desde luego, no se trata del temor a que mi suegro vaya a desvelar el tropiezo que el otro día tuvimos en el lupanar de lujo, pues una consigna de silencio enmudece a cuantos se reconocen en sitios así.

Cada vez estoy más convencido de que lo que me atenaza es la imposibilidad de detener el tiempo, ni siquiera hechizándolo en el sortilegio cíclico de mis rutinas, viendo una y otra vez las mismas películas –donde los personajes no envejecen– y leyendo los mismos libros –cuyos argumentos llegan a parecer inevitables–, escribiendo post como éste –en los que no pasa nada, con frases inacabables sin apenas verbos ni por ende acción–, desayunando un minuto antes y acostándome un minuto después que todos los días, sin usar reloj ni mirar los calendarios, eterno decepcionado de que se incumpla mi necesidad de que nada cambie nunca, y nadie nazca ni muera jamás –ni siquiera mi suegro–, simulando ante mí mismo no haberme pinchado con el muelle del tresillo para no tener que tirarlo y traer otro intruso, pero sin poder dejar de admitir que la sonata galopa hacia el final porque el tiempo es el lienzo de la música.

¿Se deberá a un efecto retardado de la revisión de Dublineses? Me asomo a la ventana y veo que, tal y como han dejado de anunciar los periódicos, no está nevando. Un joven tan pálido que podría pasar por Julián Sorel pasea de la mano de una chica mayor que él (la señora Renal?). Para colmo anoche, a la luz de los comentarios de Lampedusa sobre Stendhal, mis teorías sobre el último se me desmenuzaron entre los dedos como un pagaré fuera de plazo.

Pero recordando lo que me divirtió la feroz hipocresía de Julián –un ateo infiltrado en el seminario, un liberal (los rojeras decimonónicos) medrando entre círculos absolutistas (los peperos de la época)–, como nada hay que revitalice más que el odio, confío en exprimir de la hipocresía la energía necesaria para volver mañana al banco y denegar otro préstamo.

Y hasta para escribir otro post.          

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