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jueves, 13 de junio de 2013

EL BILLETE DE LOTERÍA DE STENDHAL



                  
                                 

Si mi clarividencia para anticipar el futuro y detectar hasta el último fantoche del mundo ultraterreno no hubieran hecho de mí, Madame Paravicini, la más renombrada médium y pitonisa de Roma, pensaría que yerro en mi convicción de que el tal Henri Beyle, ese oscuro vicecónsul de Francia en Civitavecchia, será inmortal.

Me lo cruzo cada tarde en el paseo del puerto, cuando salgo de mis aposentos camino de algún palacio donde se requieran mis contactos con el más allá y él se dirige a su despacho en la legación. Ya resulta penoso ver de lejos su oronda levita remolcarse contra las salpicaduras de las olas, la bufanda revoloteando a la brisa glacial. A cada paso parece envejecer, y su cuello acortarse entre los protuberantes hombros. A modo de saludo se sujeta un ala de cuervo del sombrero. Hunde los ojos, tan separados como los de un caballo y enmarcados por esas patillas de bonachón que desembocan en la zafia sotabarba, y no puede dejar de lucir la estolidez de su maxilar, el flácido aburrimiento de sus mofletes y la tristeza pudibunda de la boca. Si me vuelvo, veo su espalda encorvada alejarse con andares de palmípedo hacia el horizonte encrespado de Civitavecchia y hacia un futuro de expedientes sellados, partidas en el casino y arduas digestiones. En resumen, la insignificante estampa de un patán embotado por la inercia.

Y sin embargo, agraciada no solo con el don de invocar espíritus sino también con el de distinguir las fugaces figuras que se sustancian en torno a la testa de los hombres, atisbar en esa bruma donde se trasparecen sus recuerdos, deseos o fantasías, estoy segura, aunque ignore el motivo, de que ciertas estampas que se trasparentan en esa niebla harán de ese mustio quincuagenario el hombre más célebre de nuestro tiempo.

Ya me he informado en umbrales y estrados de las peculiaridades de su carácter. De espíritu frívolo y costumbres ateas, solo la impía Francia ha podido incluirlo en su embajada en los Estados Pontificios. De semejante descreído estrujaré burla en vez de dinero si le hago saber mi halagüeña predicción. Varios mayordomos me han hecho saber que en los salones intenta brillar con anécdotas de su pasado que acaban por iluminar su torpeza.

De su juventud como subteniente de dragones provienen los nevosos paisajes escarpados y campiñas meridionales que como lienzos a veces se despliegan sobre su pelo de caracoles. Serán los recuerdos de su paso por los Alpes y sus marchas por la Toscana. Otras veces son óleos y frescos renacentistas los que en el aire se difuminan a su paso, como testimonio de su afición a la pintura. La cual solo ha aprovechado para plagiar una monografía sobre pintores italianos. También suelen materializarse, para al poco desvanecerse en esa instantánea estela de niebla, los escenarios de los mejores teatros de Europa. Parece que sus autores de ópera y teatro favoritos son Mozart, Cimarosa y Shakespeare, unos desconocidos que en ninguna época serán apreciados. 

Las tardes soleadas se le pintan alrededor múltiples figuras femeninas que lo transfiguran de alegría y tristeza. Se corresponden a las diez o doce amantes que ha querido sin ser del todo correspondido y aún le hacen muy feliz, pero también infeliz. Contemplándolas, el desgraciado pone cara de poeta o borracho, y muy pronto también estas imágenes se diluyen como pinturas corroídas por la humedad.

Sin embargo, hay ciertos fantasmas que algunos días se le corporeizan en torno y se concretan con una nitidez y un esplendor de la que carecen no solo las efigies de sus odiados padre y tía, sino la de sus mejores amigos y hasta la de su adorado Napoleón aquella fría mañana que pasó revista a los dragones a orillas de un riachuelo helado. Estas imágenes se me revelan tras un imperceptible aleteo en el aire, una agitación que estremece toda la atmósfera del paseo y a él le colorea las mejillas y le anima los ojos con una inédita vivacidad. Me refiero, entre otras, al fantasma de un serio y agraciado joven que lee a hurtadillas en el rechinante aserradero de una pequeña ciudad montañosa, al mismo que en un banco ahora coge secretamente de la mano a una dama en un jardín nocturno, luego cabalga marcial una yegua árabe engalanado con un uniforme de gala de charreteras amarillas, y sucesivamente se desmaya en un seminario de austeras bóvedas, escala el balcón iluminado por una cálida luz de un palacio donde lo aguarda una joven, y acaba disparando en una iglesia a la dama cuya mano había asido. En todos estos cuadros vivos predominan dos colores: el rojo pasión y un negro fúnebre. Los colores de la ruleta y de la vida.

A diferencia de las otras, ninguna de estas escenas se difumina, y aunque ignoro a qué época de la vida del vicecónsul pertenecen (¡es imposible que él fuera ese joven tan apuesto!) ni qué clase de mérito suponen por su parte para alcanzar tamaño premio, me consta que, más allá de la ruleta, le harán ganar “la lotería de la inmortalidad”.
                                      
                                      

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