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domingo, 9 de junio de 2013

LA PASIÓN CIEGA



                   
                 

Si EEUU es el país de las oportunidades, soy un patriota. Lo que quiero es tener una, aun a costa de conducir este camión dieciocho horas al día y estar las otras seis a un volante imaginario que ya nunca podré soltar, comido por el hambre y el sueño, mugriento y exhausto, por malas carreteras donde a veces se disuelve el polvo de mis sueños, transportando la carga de frutas y de mis ilusiones a través de los climas y paisajes de este país de ensueño que para la mayoría es una pesadilla.

Iniciativa y voluntad no me faltan. Tengo la cabeza más dura que la carrocería del camión, gasolina en las venas y los ojos como faros siempre puestos en la raya blanca del asfalto, la frontera de la supervivencia. Mi hermano Paul había empezado a acompañarme. Desde que se había casado con Pearl era más partidario de la seguridad del asalariado, mientras que yo, inconformista, aspiraba a contraer las preocupaciones del empresario y soñaba con terminar de pagar ese camión para comprar otros dos o tres y hacer fortuna. Aun ahora sigo creyendo que estoy condenado al éxito.

Por entonces aún trabajábamos para Williams, llevábamos un cargamento de manzanas a Los Ángeles y aunque estábamos cerca, en la 99, nos vimos en un apuro. El Ford de unos juerguistas me obligó a dar un volantazo y en la cuneta destrozamos una rueda delantera. Las manzanas tenían que estar para la noche en el mercado. Fui caminando hasta el bar de Barney para telefonear a Williams y exigirle que nos mandara algo de los trescientos dólares que nos debía, para comprar una rueda y cumplir nuestro horario de entrega.

Williams prometió hacerlo a regañadientes. Corrían rumores de que era un aprovechado y que especulaba con el trabajo de los más apurados. Al rato llegó Paul al bar de carretera con el problema resuelto: en un taller le habían fiado una rueda de segunda mano. Me fijé en lo atractiva que era la nueva camarera de Barney, una pelirroja bien despierta y de fiar. Lo demostró cuando unos colegas nos avisaron de que venía Farnsworth, el prestamista, y ella nos dejó escondernos de su lado de la barra y lo despistó. Debíamos tres plazos del camión y tenía derecho a embargárnoslo, pero antes tenía que encontrarlo (seguía en la cuneta) o sorprendernos a nosotros. Sin camión soy tan inconcebible como una tribu apache sin búfalos.

Aliviados, nos disponíamos a cambiar la rueda y concluir el trabajo cuando nos tropezamos con Dawson, otro empleado de Williams. Resultaba que el jefe le había encomendado recoger nuestra mercancía y así no tener que pagarnos. Ya que no queríamos que Dawson perdiera su trabajo, le dejamos hacerlo y nos dirigimos a la oficina de ese miserable que además le habría filtrado al prestamista que estábamos en lo de Barney para dejarnos fuera de circulación. Aunque encontramos a Williams contando un fajo de billetes, se quejó de falta de liquidez, nos prometió ilusorios transportes y por la fuerza tuvimos que exprimirle nuestros trescientos.

Nos dirigimos a casa. Llovía. Para pasar las millas, mientras que Paul seguía ansioso de ver a Pearl, yo jugaba a decidir a cuál de mis amiguitas llamaría al día siguiente. En el amor también era partidario de la aventura y la libre iniciativa. Siempre he tenido suerte con las chicas. Últimamente me perseguía Lana, la esposa de Ed, un viejo amigo que con el tiempo ha llegado a ser un próspero empresario de transportes. Pero hay bastantes mujeres en L.A. como para tener que traicionar a un amigo. Sin embargo, justo entonces ocurrió algo que me haría cambiar mi relación con las mujeres.

Recogimos a una chica que resultó ser aquella camarera pelirroja de Barney. Con lo desenvuelta que era, en la rigidez de la cara se veía que le iba mal; por azaroso que pareciera su pasado, había una luz en el fondo de sus ojos que te decía que no había en él ninguna zona oscura. La fui conociendo en el trayecto. Ahora sin trabajo –no le gustaba el largor de las manos de Barney-, ni ahorros o planes definidos, sin embargo Cassie (¡qué nombre tan bonito!) se armó de ánimo contra la incertidumbre e hizo un par de chistes. Igual que las luces del camión, su valor pareció alumbrarnos el camino.

Paramos a cenar y nos cruzamos con Harry MacNamara, un colega que acababa de pagar su camión con miles de horas de sueño; las ojeras le colgaban como vigas de los párpados y ya era inmune al café. Partió poco antes que nosotros y a las pocas millas vimos su camión zigzagueando como un borracho por el medio de la calle. Intentamos avisarle en la recta, pero a la primera curva se precipitó por una ladera y aunque corrimos a sacarlo de la cabina las llamas hicieron estallar el camión. Parecía que lo hubieran bombardeado. Fue cuando advertí que me había enamorado de Cassie. No ya porque lamentara que tuviera que presenciar aquello, sino por lo difícil que ahora me resultaría convencerla de que se casara con un camionero.

Dejé a Paul en su casa y la acompañé a una casa de huéspedes de confianza. Si logré que aceptara un pequeño préstamo fue porque ella sabía que no tardaría en encontrar trabajo y me lo devolvería. En todo caso pareció romperse alguna cuerda en su armonía interior, ya que su voz se astilló y los ojos se le nublaron. Aquella luz de su mirada pareció empañarse de humedad. Le había emocionado mi generosidad. Aunque tenía buen humor y mucho ánimo, bajo su desenvoltura es muy sensible.

Intentó echarme del cuarto; sin embargo, pasé la noche con ella. Y es que, agotado, me quedé dormido en su cama mientras ella se instalaba, y la pobre tuvo que pasar la noche en el sillón.

Por la mañana me crucé con el bueno de Ed, ese magnate de los transportes cuya esposa, Lana, la típica morena sombría, no deja de agobiarme. Ella me priva del sol cada vez que la encuentro. Todo lo contrario que Cissie, que irradia sobre mí una luz y un esplendor de mediodía de verano.

Después de volver a rechazarle una oferta de trabajo, le conté a Ed mi idea de comprar con Paul las próximas cargas por nuestra cuenta y quedarnos con los beneficios. Fue tan amable que me facilitó la dirección de un granjero que necesitaba vender sus limones. ¿Cómo voy a engañar a un tipo así? Que haga chistes malos no es motivo sufieciente.

Fui a recoger a Paul y efectuamos con ventaja el negocio de los limones. Pagamos al prestamista: nuestros asuntos arrancaban con el ímpetu de un camión con el motor nuevo. Pero cuando veníamos de vuelta, conmigo de copiloto, Paul debió dormirse poco después que yo, porque nos despeñamos por una hondonada. Mientras que yo tuve la suerte de salir diaparado por la puerta, Paul ha quedado gravemente herido y ahora mismo lo están operando. Pearl viene de camino: cuando me mire la cara se me va a despedazar por haber metido a Paul en el negocio… Ojalá me despertara en el asiento del camión, Paul ciñera el camión a la siguiente curva y todo hubiera sido una pesadilla.

A veces incluso el sueño americano deja cenizas de pesadilla.

  

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