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jueves, 6 de junio de 2013

LA CIUDAD FAVORITA DE WOODY ALLEN




                 

A los cuarenta y dos años, yo, Isaac Davis, estoy seguro de tres cosas. Primera: que en el amor soy más inseguro que Hamlet o Kafka. Segunda: que ninguna mujer me va a aguantar ni la mitad de lo que Isolda tuvo que aguantarle a Tristán. Tercera: que mi musa es esta ciudad de mis sueños y mi realidad, sofisticada y romántica como mi mujer ideal, lejos de cuyas calles no podría escribir ni una palabra, sin cuya polución sería incapaz de respirar.

Poco más concluyo de este crepuscular paseo por el parque, salvo que después de haber desertado de mi trabajo en la tele, donde además de a mí mismo he alimentado las risas de los espectadores, pediría a Dios de rodillas que el libro que estoy escribiendo fuera un éxito, si es que creyera en Él o no hubiera en el suelo tantas hojas embadurnadas de excrementos de perro. Dependen de mi cuenta corriente el analista, mis dos ex, mi hijo Willie y hasta papá, que sin mi suplemento no podría permitirse la primera fila en la sinagoga y sería alejado de la gloria y la misericordia divinas… Por lo demás, a veces me siento como ahora, tan desnortado como si estuviera en una película de Woody Allen y aún no recordara en cuál.

La cuestión se planteó hace un par de meses, cuando quedé tan fascinado por “Lolita”, esa melancólica novela de Nabokov, que empecé a salir con Tracy, una chica de diecisiete. Me fue fácil hechizarla con mi toque sarcástico y misántropo, mi inmaduro pero intelectual encanto, el típico aire de paranoico experto. Por no hablar de mi irresistiblemente canija figura, coronada de una rala cabellera y, más abajo, de la mirada fulmínea que tras los cristales de mis gafas con montura de concha alumbra como un faro la más fotogénica ciudad de la historia. Y quizá el analista se está excediendo en potenciar mi narcisismo; querrá asegurarse de cobrar sus facturas. O solo intenta que yo supere que mi segunda ex se haya hecho lesbiana por no volver a tratar con ningún hombre después de mí.

Para apretarle los nudos que la sujetaban a mí, le repetía a Tracy justo lo contrario de lo que pretendía que pensara: que un viejo como yo solo era un episodio en su vida y que no debía tomarme en serio. Como hago con todas mis chicas, se la presenté a mis mejores amigos, Yale y Emily, y varias veces salimos los cuatro. Gracias a que Emily prefiere no enterarse de las infidelidades de él, pasan por ser la pareja más estable de mi círculo. El último ligue de Yale era Mary, una atractiva periodista divorciada. Coincidimos en una exposición y me cayó peor que Mozart a Salieri. En todo me llevaba la contraria y cuando defendió con sus tecnicismos la única pieza que a mí me había disgustado, me sentí tan frígido y derrotado como Hitler en el invierno soviético.

Sin embargo días después Mary y yo coincidimos en una fiesta y ya me pareció encantadora, una ecuación de belleza e inteligencia cuya incógnita yo despejaría mucho más rápido que Yale. Pudo hablar de Bergman durante casi media copa. Nuestras discrepancias nos hicieron congeniar, incluso la acompañé a pasear a su perro salchicha y a través de las avenidas de la noche le estuve hablando de mi novela hasta el amanecer. Inspirado por ella y por las calles en blanco y negro más amadas por el cine, me expresaba con una lucidez que me hizo lamentar no llevar una libreta para acabar de escribirla en cualquier banco.

Con lo que me gustan los melodramas –sobre todo si son de Douglas Sirk-, al día siguiente telefoneé a Yale por si había dejado de querer a Mary. En todo caso ella no quería prolongar una relación con un hombre casado; no le gustan los líos: es de Filadelfia. Mary yo salimos otro día. Sorprendidos por una tormenta, nos refugiamos en el Planetario y ataviada de lluvia la encontré tan atractiva que la hubiera tendido sobre cualquier cráter como un alienígena pervertido. Por supuesto no le hablé de Tracy. Para librarme de ésta la animé a irse a Londres a estudiar Arte Dramático; yo no podría acompañarla porque soy alérgico al té y me dan vértigo los autobuses de dos plantas.

Ahora hasta Yale, que no quiere hacer daño a su esposa, me anima a salir con Mary. Reconozco que ella tiene el equilibrio emocional de Silvia Plath, pero la quiero. Me pregunto qué pasará cuando les presente a Mary a Yale y Emily, para salir los cuatro igual que con mis anteriores parejas. Esto se parece cada vez más a una película de Woody Allen; este tipo de cosas solo pueden pasar en la la ciudad que soy y amo, Nueva York, y sobre todo en esta tramoya de mis tramas y traumas que es Manhattan, Manhattan, Manhattan.                          

                                    

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