martes, 29 de abril de 2014

RESCATE EN NUEVA YORK


                    

Soy un gran amante y por tanto un ferviente defensor del cine de género. Defenestrado por muchos, más de una generación comenzamos a amar el cine como arte gracias a las películas de terror y ciencia ficción, algunas ciertamente cutres… otras verdaderamente magistrales. En los tiempos de la EGB en los que crecí y me formé allá por mediados de los años noventa, el cine fantástico fue para muchos el primer contacto de atracción y seducción plena ejercida por el más bello de los artes creados por el ser humano. 

Nombres como los de Wes Craven, Mario Bava, Dario Argento, Tobe Hooper, Joe Dante, John Landis cimentaron la fascinación de los imberbes adolescentes de los años noventa que descubríamos con ojos extrañados el veneno del arte cinematográfico. Y sobre todos ellos una nomenclatura destinada a escribirse con letras de oro indeleble en la memoria de los cinéfilos del futuro (si es que la envidia y avaricia de nuestros nietos no acaba con este planeta como aventuraban las películas de ambiente apocalíptico con acertada clarividencia…): el de John Carpenter, sin duda el director más influyente, talentoso y magistral de aquella magnífica generación que empezó a dar sus primeros pasos en el mundo del cine en el mundo de la Grindhouse de los setenta. 

Carpenter es un artista total: guionista, compositor de virtuosismo descomunal y director, sin duda que ésta es su principal definición: director de cine fantástico con clara delimitación de autor. El cine de este maestro no solo se fundamenta en el mero y simple entretenimiento, sino que ostenta algo más, que no es otra cosa que aquello que transforma una simple obra de temporalidad efímera en una película inmortal, es decir, aquellas que poseen la esencia crítica precisa para dibujar un pérfido y ácido retrato de la sociedad de su tiempo para dar fiel testimonio a las generaciones futuras de lo estúpido del comportamiento humano, algo por desgracia inherente a nuestros hijos puesto que la estupidez forma parte al igual que la piel y del esqueleto de la esencia de la que se compone el alma humana. 

Son muchas las películas de este viejo hacedor de películas que me siguen cautivando, pero a pesar del paso inmutable del tiempo, siento una especial predilección por 1997: Rescate en Nueva York. Quizás este amor se base en que esta es la primera película que recuerdo haber vislumbrado del genio y por tanto fue la que me descubrió a un director que tantas alegrías me regaló con el discurrir de los años. Pero, no solo de nostalgia vive el cinéfilo e indagando y reflexionando acerca del motivo de este favoritismo he de decir que 1997: Rescate en Nueva York me sigue pareciendo la gran obra maestra del cine fantástico de los años ochenta y en mi opinión el último gran western legado al cine con permiso de Clint Eastwood. Un western con sabor a cine añejo y clásico protagonizado por outsiders atrapados por su pasado enviados a aquellas misiones temerarias en virtud de una recompensa prometida por unos despiadados facinerosos que creen poseer la verdad con la que ordenar la vida del poblado en beneficio de la colectividad si bien es su propio provecho el que esperan salvaguardar.

                   

Esto es así porque 1997 es un western clásico de atmósfera apocalíptica y futurista que bebe de las cintas de Howard Hawks (Carpenter es un confeso admirador del cine del viejo Howard al cual no dudó en homenajear en su debút en el largo, esta es, aquella impresionante e inclasificable obra titulada Asalto a la comisaría del distrito 13), Anthony Mann, Bud Boetticher y Delmer Daves y también del posterior spaghetti-western que prolongó en el tiempo la longevidad del género estadounidense por antonomasia (agasajo que reviste la forma del rostro de un viejo actor de cintas de género italianas que ostenta en 1997 el papel de anti-héroe que tantas veces representó en las llanuras de la añeja Almería, que no es otro que el legendario Lee Van Cleef que en 1997 se despidió prácticamente del cine comercial de calidad por la puerta grande). 

Y es que desde la propia sinopsis brota ese impulso que acerca la trama al western clásico para goce y disfrute de los que amamos las vetustas cintas del oeste. La acción se sitúa en un distópico y cercano universo sito en la ciudad de los rascacielos en el año 1997 (la película se estrenó en el año 1981). Las naciones del mundo se hallan enfrentadas en inútiles guerras que han devastado cualquier indicador de progreso y modernidad en nuestras sociedades. Una inminente guerra mundial se avecina, y en un último intento de paralizar la aberración el presidente de los EEUU decide viajar en avión para asistir a una conferencia en la cual se tratará de negociar una resolución pacífica que evite el holocausto y el Apocalipsis del planeta Tierra. Sin embargo, el avión sufre un accidente en su travesía por New York estrellándose en una zona sin ley habitada por maleantes, bandidos y bandas de delincuentes y zombies que malviven encerrados en la prisión en la que se ha convertido la isla de Manhattan, encontrándose pues aislados del resto de la sociedad, la cual ha sido incapaz de ofrecer esperanzas de un futuro mejor a buena parte de sus habitantes. El presidente es secuestrado por un gangster que se hace llamar el Rey, el cual amenazará con ejecutar al mandatario a no ser que sean atendidas sus reivindicaciones. 

Sin capacidad de respuesta, las fuerzas de seguridad decidirán enviar al rescate del presidente empleando coacciones y amenazas a un outsider llamado Snake Plissken (interpretado por Kurt Russel en su papel más aclamado y recordado), un ex-convicto y extinto pistolero del gobierno asqueado por la hipocresía de una sociedad en la cual es incapaz de hallar un sitio en el que establecerse. Plissken será la última esperanza de una humanidad deshumanizada, en una misión suicida en la que seremos testigos de la fauna y flora existente en un mundo oscuro y primitivo en el que únicamente hay cabida para la violencia, la brutalidad y la traición como medios de supervivencia al ambiente hostil y horripilante que se avecina para la humanidad.

                   

Son claros los paralelismos existentes entre este anti-héroe con el de los viejos pistoleros del oeste a los que su pasado les persigue hasta la tumba y cuya gallardía y caballerosidad se ha extinguido entre las aves de rapiña presentes en el gobierno (los grandes terratenientes y propietarios del far west), obligados asimismo a pelear por un objetivo corrupto cuya resolución no permitirá acabar con los sufrimientos de la humanidad, sino al contrario, puede que acelere la epidemia inhumana que impera en nuestros días. 

La cinta es una auténtica maravilla de principio a fin. Sin duda hipnótico es el diseño de producción de la misma en el que se vislumbra un paisaje rocambolesco y realista del New York de final de siglo. También son múltiples las metáforas existentes en el alma de la cinta: la brutalidad y la violencia como ejes del mal que vertebran las sociedades occidentales o bien las mentiras de unos gobernantes que ansían su propio beneficio amparándose en una sociedad conformista que devora cualquier viso de revolución y protesta. No obstante, la película no deja títere con cabeza, puesto que igualmente del perfil insurrecto del héroe Snake Plissken, se desprende una incisiva crítica contra la anarquía representada por el mundo gobernado por el hampa, la muerte y el miedo. Parece que Carpenter desea decirnos, como buen pesimista, que da igual que exista un orden dictatorial y genocida o uno aparentemente libre basado en la anarquía. El ser humano seguirá destruyéndose y guerreando por el poder, o simplemente por una lata de comida. No existe religión, sistema político o ético capaz de enjaular las ansias de destrucción de los hombres, y nosotros, los idealistas sufridores que aún profesamos algo de fe en el futuro acabaremos siendo usados como muñecos de trapo como Snake Plissken en aras de la salvación de la sociedad… Eso nos venderán, porque para lo que seremos y somos empleados es para la salvaguarda de los intereses de las oscuras fuerzas ocultas que diseñan los tejemanejes e hilos que mueven y moverán el mundo. Y cuando despertemos solo nos quedará el suave sabor de la derrota convertida en victoria… como esa cinta magnetofónica destrozada por Plissken en la escena final que simboliza el final de la esperanza humana. Pelos de punta… cada vez que rememoro ese extraordinario final de una obra maestra imperecedera del séptimo arte. ¡Viva Snake Plissken!

Autor: Rubén Redondo.



lunes, 21 de abril de 2014

CAPITANES INTRÉPIDOS


                   

Manuel no solo me dio la vida como un segundo padre
cuando me salvó de las aguas voraces, de sus fauces de espuma,
y enseñó el oficio de hombre al niño consentido que yo era,
sino que ahora que lleva veinte años bajo su líquida lápida,
su vida me inspira mi primera novela y hasta con tinta de lágrimas
intentaré grabar su historia en la arena, ya que quizá no para siempre,
al menos mientras que con su rumor triste de guijarros la marea se retira.
Porque ahora que he firmado la sucesión de la herencia de mi padre,
mi mano sabe que fue Manuel quien me rescató del naufragio de una niñez
sin la perdida brújula de mi madre, sin el mapa de ningún hermano,
y con un padre cuyo timón no supo guiarme a través de la tempestad
y no veía que se me encrespaba la cresta de una insolencia de pirata:
con su dinero tiranizaba a mis compañeros y sobornaba a profesores.


Ahora que desde la terraza veo la agonía del sol en Central Park
mis ojos recuerdan que fue Manuel quien me enseñó el mar,
pero también moldeó en el vil barro de mi carácter la humildad
de adaptarme a la goleta viniendo del transatlántico de mi padre,
de soportar el hedor de la sentina después de aspirar perfumes franceses,
de convivir con marineros en vez de alternar con vástagos nobiliarios,
mi mano sabe que fue aquel pescador portugués que me llamaba pescadito
quien me enseñó el valor del esfuerzo, porque para ganarme la cena
me obligaba a barrer la cubierta de colas y cabezas de bacalao,
pero también me mostró la generosidad al dejarme bajar a la mesa
solo con tirar una, y toda la delicadeza de su cariño cuando me arropó
con su gabán, aunque ante sus camaradas demostraba rudos alardes.
Ahora que me siento a escribir el primer capítulo de mi novela,
mi corazón recuerda que fue un pobre pescador quien me enseñó la poesía
mientras me explicaba que los delfines le susurraban sus canciones
y cómo podían los versos velar por los marineros como un ángel
o una oración, ya que mantenían despiertos a los que estaban de guardia,
mi corazón sabe que fue un pescador portugués quien me enseñó la amistad
porque me dejó acompañarlo en el bote aunque yo lo entorpeciera,
y la confianza cuando me contó cómo el mar devoró a su padre,
y la honradez al indignarse de que yo saboteara los aparejos de su rival Jack
y la sinceridad cuando me perdonó después de admitir mi culpa ante todos
y la valentía y la lealtad al defenderme del filo de la roja ira de Jack.
Ahora que cada noche sonrío a las damas en los bailes de alta sociedad,
mi sonrisa sabe que fue un pobre pescador quien me enseñó la alegría
de robar el viento con las velas y atiborrar la bodega de bacalao,
la felicidad de paladear el yodo, broncearse a la luna y cantar a las estrellas,
la sabiduría de entender a los peces, leer en las nubes y escribir en el agua.

Y después de haber enterrado a mi padre en el mausoleo de sus esperanzas
mi sangre sabe que fue un pescador portugués quien incluso ocultándomelo
enseñó a su pescadito a aceptar el anzuelo que algún día lo pescará,
a mirar a las cuencas vacías de la muerte y no temer su rechinar de huesos,
al caer abrazado al palo mayor y, aprisionado por las serpientes de los cabos
y con las piernas rotas, seguir alegre hasta que lo tragó la garganta del mar,
y ahora que se cumplen veinte años de la despedida de Manuel
cojo la pluma y me consuelo de no haber sido el pescador que quería
con haber al menos evitado suceder a mi padre en el trono de la banca,
y mi corazón sabe que si escribo es gracias a un pobre pescador portugués
que me enseñó a ser yo para ahora rescatarlo a él de las aguas del olvido.

      

lunes, 14 de abril de 2014

SOSPECHA


                     Resultado de imagen de joan fontaine suspicion                 

Sí, quiero, le digo al reverendo, y en la transparencia de la alegría
de haber al fin dicho en la vida lo que quiero con palabras de hierro
la locura de los recientes sucesos se arremolina al viento del condado,
que hace delirar a los lugareños y como a una yegua me desboca la sangre,
sí quiero, dice Johnnie sonriéndome contra el fondo turbio de la ventana,
donde puedo ver evolucionando en el viento y el tiempo esas escenas
que han originado mi fuga, digna de mis predilectas novelas por entregas,
mi rapto por Johnnie en un automóvil, que ha sido un rapto de inspiración.
Yo creía que el amor era como el bridge o una partida de caza del zorro,
táctico pero más bien arriesgado, emocionante, descarado, en campo abierto,
y que no eran propicias a la pasión mi timidez, mi frígida sonrisa,
el recato gris de la rebeca, los escrúpulos de mis guantes de cabritilla,
el pudor del pelo recogido, las gafas redondas, mi sequedad de yesca o leña,
pero el amor también puede ser retorcido, obsesivo, subterráneo, oscuro,
y de hecho conocí a Johnny en la oscuridad de un íntimo túnel,
y a tientas ya rozó con un chispazo su pantorrilla de tweed con la mía.


Desde que salimos del túnel no ha dejado de torcer mi voluntad de alambre:
tuve que abrirle la intimidad del forro de terciopelo rosado de mi bolso
para pagar por él al revisor una libra como recargo de primera clase,
en la partida de caza desenfrenó la yegua de mi instinto reprimido,
me hizo acompañarlo a la iglesia para luego subirme a aquella loma
donde al besarme un viento de delirio me despeinó el dominio de mí misma,
como puntas de lanza me erizó las pelusas de melocotón de la piel 
y casi arrastró el último jirón de mi impoluto, virginal pañuelo blanco.
Si yo escribiera en serio, la imagen de una yegua desbocada al viento
sería la metáfora que mejor expresaría el frenesí de mi pasión.
Al oír a papá murmurar que nunca dejaría yo de bordar el lienzo blanco
de mi soltería ni de escribir como una cursi heroína el diario de mi soledad,  
la sangre se me paró como un río estancado o el propio flujo del tiempo,
y mi cuarto me reveló el tedio que como humo impregnaba las paredes
y el polvo del fracaso que barnizaba mis muñecas, pierrots y bibelots,
así que decidí amar a Johnnie para desertar del bridge y del porridge,
del té a las cinco y de las sonatas con notas falsas, de las visitas, de la iglesia
y de mi padre, que tiene a Johnnie por un vago que divaga con vaguedades,
y después de que su telegrama me evaporase la jaqueca y pudiese ir al baile,
vi que en verdad el amor no se parece al bridge ni a la caza, sino a un vals
en el que se flota a través de una radiante luz donde se condensan los sueños
y como dicen las novelas románticas consiste en una maleta mal cerrada,
una despedida mental que empaña la vista, unos pasos que solo oye el perro,
un trayecto en coche con el corazón al compás del tictac de la lluvia,
dos testigos desconocidos y el sí quiero a un no menos desconocido
que me mira contra el fondo tormentoso de mis miedos e inseguridades,
pero los carbones encendidos de cuyos ojos derriten la desconfianza
y prenden la ilusión, porque al final arde hasta la madera más seca.  
  

sábado, 5 de abril de 2014

FUEGO EN EL CUERPO




                                     


Lo vamos a hacer. Como si fuera el amor. Hasta sé cómo y cuándo.
Desde que nos miramos saltó la primera chispa de este fuego ciego,
entre su mirada y mi mano ejecutora ya latió la voz de un muerto
y desde el futuro la brisa trajo el primer grito de la muerte de su marido.
Esta decisión ha cristalizado como el hielo de morgue de nuestro amor.
Por amor lo haremos. También por el dinero. No habrá más coartada.
Ni su diáfana vileza ni su negra mezquindad ni sus celos serán excusa.
Solo el hambre que la gasolina de su sangre me incendia en los dedos,
la sed que como a un bosque mi savia le quema a ella en toda la garganta.
Sí, lo haremos por el único fuego que no miente con ningún humo.


Como todo asesinato, éste se insinuó con el susurro de una serpiente,
la tentación que repta por las alcantarillas de Miami preguntándome
qué puede hacer un joven abogado cuando cierra la puerta de su oficina, 
qué puede hacer un adepto al placer como yo cuando muere el día,
qué puede hacer después de despedir a la última prostituta del verano,
qué puede hacer si ninguna mujer le dura más que una ola de calor,
qué puede hacer si del sexo le gusta hasta la tristeza postcoital,
qué puede hacer un vicioso de la melancolía, extranjero a toda promesa,
qué puede hacer el novio de la soledad, qué puedo hacer me susurran
a coro por la boca de las alcantarillas todas las serpientes de Miami,
y yo las oigo vibrante y sereno, las escucho con los poros, mi piel oye,
destila el sudor del miedo y del deseo, y les respondo que solo puedo cruzar
el río en llamas de la noche por el puente de locales con aire acondicionado.


En uno de ellos la conocí. Como a la luna la vi arder de blanco,
un lívido blanco de fiebre, de nieve, de hospital, y al levantarse
osciló con la belleza de una cobra erguida, de la llama de un sacrificio,
pero también pura como recién salida del alba, una estatua de hielo,
o de esmalte y marfil, tenía clase, y sus manos me ofrecieron la noche.
Mientras hablamos mi deseo se tiñó del color de su pintalabios
y mi memoria del zafiro triste de sus ojos, el jazmín de su perfume
me recordaba la desesperación de la primera noche de la adolescencia.
Al final ella se desvaneció en magia blanca, pronto la encontré y fue negra
porque desde la bañera con hielo picado y al viento de nuestra pasión  
oímos las campanillas del porche de su palacio doblando a muerto.
Está decidido. Es como si él ya estuviera carbonizado. Pero saldrá mal.
Me cogerán: está escrito en un guión que ya no admite correcciones.
El azar barajará las cartas para que yo saque la carta de mi destino.
Sufriré cárcel o muerte. Pero lo haré. Perderé el dinero. Y a la mujer.
Eso decía el protagonista de Perdición y nos parecemos demasiado
a sus personajes: coinciden nuestra atracción, el marido, la herencia,
cómo su mejor amigo es su peor enemigo; él se llama Neff y yo Ned.
Las únicas diferencias son el jazmín en lugar de la madreselva
y este rumor de fuego y serpientes que me susurran qué puede hacer
un abogado solitario que naufraga en la noche sin esperar nada.


Ella y yo somos iguales, rubios sin rubor, hermanos de leche agria,
de gemelo escepticismo, suavemente cínicos, duros, diamantinos,
hastiados de la abyecta cotidianidad, vividores malditos,
solo aptos para la pasión del otro, antes de encontrarnos en el mismo ámbito
notamos un ardor, una corriente abrasadora, un calor concéntrico al calor.
Como en un orgasmo conjunto decidimos al mismo tiempo matarlo:
fue el día que por casualidad me los tropecé en un restaurante,
antes de verla me succionó ese túnel de aire candente,
y él me invitó a su mesa para darme a conocer su opulenta miseria,
su rapacidad de tiburón que olfatea como sangre la debilidad ajena.
Pero el odio no será una excusa. Solo el amor. Y el dinero. Me cogerán.
Y saberlo no me detendrá: cavaré el pozo, la tumba de nuestro amor,
una galería subterránea que una todas las alcantarillas de Miami,
y en nuestros labios unidos sonreirá la muerte, puedo oír su rechinar
de tibias cruzadas delante del susurro de seda de las serpientes danzando,
y por siempre arderemos  en la misma llama sin ceniza de este fuego ciego.

      

sábado, 29 de marzo de 2014

EL ÁNGEL AZUL


                  

Como pájaros de bronce las campanadas me anuncian la primera clase
y por la plaza jadeo hacia el liceo con el mismo ímpetu que anoche
en el lecho a la deriva de Lola-Lola, donde perdí el control de mi remo
y como una barca la cama acabó succionada por el vórtice del torbellino.
Hasta conocer a Lola mi vida se conducía a través de un tubo fosforescente,
pasadizo o túnel transparente por donde pasaban miles de dobles míos,
tantos como veces habré ido de la pensión al liceo, del liceo a la pensión,
una legión de profesores Raths en fila de hormigas, o tal vez un solo Rath,
un topo gigante multiplicado por los espejos paralelos de un tedio infinito,
que con ciegos pasos enfermos trasponía el sucio umbral del aburrimiento,
a cuestas con su –mi- rutina del cigarro en ayunas y café con tres terrones,
huevo cocido sin sal, correcciones con tinta desvaída, volúmenes in folio,
emboscado tras mi barbita de erudito y tras las redondas lentes del saber,
abrigo respetable, reloj puntual de cortas manecillas, pañuelo impoluto,
y rayas en el pelo y en las perneras de los pantalones de paño remendado
que reproducían mi rectitud y la uniformidad de una vida inane:
mi aburrimiento era todo un acorazado, el Potenkim, o más bien el Maine,
ya que cuando en él aterrizó Lola estalló en un millón de esquirlas.


Si la primera noche aún me decía yo que solo iba a El Ángel Azul
como pedagogo, para sorprender en las butacas la lascivia de mis alumnos,
si creía que por afán lectivo me arriesgaba a través de las sirenas del puerto
a practicar como el cabo de Hornos las peligrosas esquinas de la vergüenza,
atisbando en la niebla en busca del halo empañado de un farolillo rojo,
si aún reprimía a la jauría de deseos que me ladraban por dentro
y solo de través mis ojos lanzaban los obscenos dardos de la lujuria,
era porque aún no había arañado mi piel de rinoceronte mi hombre interior,
Herr Unrath, un tarambana que colma de champán la copa de mi sombrero
y estrangula con un lazo de seda mi último graznido de placer
y me encapucha con una media la decencia y la eminencia de mi ciencia
y marca la piel de mi inocencia con viles tatuajes y cicatrices de infamia,
una caricatura de mí mismo que disfruta degradando mi cultura,
prostituyendo mi orgullo y humillándome la voluntad a los tacones
de la rubia belleza que me fustiga con un eléctrico haz de sus venas azules.
La segunda noche regresé aturdido a El Ángel Azul, el muro de la honradez
se había derrumbado sobre mí enterrándome bajo los cascotes de mi honor,
y aún esgrimí la excusa de que volvía para intercambiar mi sombrero
por las bragas que invisibles gusanos de seda me habían tejido en el bolsillo,
y cuando embarqué en el bote del lecho y hendí con mi remo el ojo del torbellino,
creí que lo hacía por aumentar mis conocimientos de anatomía femenina.
Al despertar y ver que en vez de la patrona era Lola quien me servía el café,
sin saber dónde estaba, me vi en el laberinto de una memoria que no era mía
y me creí en el recuerdo de algún donjuán o en el ensueño de un eunuco,
pero ahora que avanzo por el pasillo sombrío hacia las risas y cuchufletas
de los alumnos y por última vez opondré a sus risas mi anémica autoridad
porque en El Ángel Azul yo buscaba lo mismo que ellos, sé que cambiaré
aulas, pupitres y mi elevada cátedra por sótanos, trampillas, falsos altillos;
y bedeles, rectores y profesores por magos, payasos y borrachos
que en el pentagrama de las arrugas de mi frente solo hallarán notas falsas, 
y me consta que no estoy en ninguna pesadilla ni fantasía masoquista,
sino en las garras de ese tirano interno que gusta de arrodillarme el orgullo
y tanto disfruta travistiendo de payaso mi reflejo en el espejo del futuro.

    

sábado, 22 de marzo de 2014

VACACIONES EN ROMA


                  Resultado de imagen de roma holiday              ´

“Conrad Schröder, Berliner Zeitung, Berlín.” –“Encantada”.
“Philip Adams, Morning Star, Melbourne.” –“Encantada”.
“John Lowry, Daily Telegraph, Londres.” Londres, la escala de mi gira
previa a la áurea, eterna, aérea, espléndida Roma, capital del Tiempo
donde para siempre Joe y yo arderemos en la luz perenne de su aire
y de mi memoria, porque el tiempo, como las princesas, tiene sus privilegios
y así como el mío será dejar impresas como fotogramas mis sucesivas imágenes
cruzando por la edad el umbral invisible de la tristeza y de la madurez,
el del tiempo es ensancharse, de modo que una vida, el amor, pueden caber
en el paso que ahora doy, en los reflejos iridiscentes de un instante de vidrio,
durante esta recepción que he improvisado a los caballeros de la prensa.
“Luca Gentile”, Il Messaggero, Roma”. Roma, ciudad de palomas y columnas,
capital de mi corazón, pero donde anteanoche me sentí presa de la Historia,
esclava de rasos y brocados, sitiada de horarios e itinerarios, 
de besamanos y discursos sobre el Progreso y la Amistad de las Naciones,
disecada de honores como una laureada artista al margen de la realidad,
y me descolgué al jardín del deseo para ver cómo se divertía la gente,
y me mareé en el tiovivo de la noche redonda, al giro de sus fuentes y plazas
me sentí ebria de euforia y somníferos, pero también sonámbula de sorpresa
porque nadie se inclinaba ni me cedía el paso ni la policía cortaba el tránsito,
ingrávida de emoción, curiosa como un fantasma entre sus descendientes,
libre y levitatoria, sin arrastrar las cadenas de mi dignidad y mi majestad.


“Ioannis Nikis, Radio Grecia, Atenas.” Atenas, donde debería estar ahora,
de no despertarme aquel joven alto y moreno que no era ningún mayordomo
sino que resultó el príncipe que me rescataría del hechizo de ser princesa
y por veinticuatro horas me encantó con la ilusión de ser una joven normal.
Amanecí en su cuarto, sin frisos ni frescos, un desastre de papeles y botellas
que me hizo desear vivir en aquella fantasía del desorden: estaba trémula
y excitada porque al fin la realidad me rozaba como un animal salvaje,
como si él me hubiera tocado en la cama a la deriva por aquel desbarajuste.
“Giovanni Aleppo, La Stampa, Roma”. Roma a mediodía me acogió riendo
como una madre: cantaban el sol, las flores, los pinos, iba yo anónima y ligera,
leve y fresca, sin sombra, casi volando en mi blusa blanca como otra paloma
entre risas y campanadas, expectante, sin la losa de cortesías y pleitesías,
notando la pura vida fluir con las fuentes, correr con las bicis y las Vespas.
Invisible y real –pero sin corona- me corté el pelo y me regalé con un helado
que se me derretía de la propia emoción de sentirme exultantemente viva.
Me di cuenta de que me estaba adjudicando un día libre: justo a aquella hora
tenía prevista una entrevista con el reportero que aún no sabía que era Joe.
Se hizo el encontradizo y el resto de la jornada agotamos Roma en terrazas
y visitas: el Coliseo, el Quirinal, Caracalla, el día de mi primer cigarrillo,
de mi primer beso, de mi primera moto, que casi me endosó una ficha policial.


“Irving Radovic, Servicio Fotográfico”. Sonrío a su amigo el fotógrafo,
el que por culpa de Joe siempre acogía más manchas que un leopardo
y me inmortalizó tocando el paladar de piedra de la Boca de la Verdad,
bailando en una barcaza del Tíber a la radiante luna de Roma, 
estallando una guitarra en la testa de un hombre vestido de negro:
Irving nos siguió a todas partes, cómplice de mi compañero de vacaciones, Joe,
el más generoso de los príncipes, quien me hizo sentirme cómoda y natural,
y con un beso me despertó del hechizo de mi rango y pétreo abolengo.
“Joe Bradley", American New Service, New York”, y doy el último paso
antes de despedirme de él para siempre, porque nuestras vidas son paralelas,
nos veremos en las recepciones pero no volveremos a tocarnos,
la realidad nunca volverá a rozarme como un animal salvaje,
y era verdad que toda la vida, el amor, pueden caber en un solo paso,
en un paso puedo como ahora caer al abismo pero él no caerá en mi olvido,
ese es el privilegio del tiempo, ensancharse tanto como el aire de Roma,
y mi privilegio de mujer será recordar, y el de princesa dejar grabadas
en la memoria de la ciudad las imágenes sucesivas de mi presencia,
pero en un paso no solo cabe el amor, sino también la soledad del amor,
el paso que ahora doy, el que di anoche al salir del coche tras rogarle
que no me siguiera más allá de la vieja esquina de la resignación,
condenando al más leal de los hombres a abrazar mi fantasma,
a cualquiera de mis sucesivas imágenes que como fotogramas
para siempre se quedarán latiendo en Roma, Roma, Roma.
    

lunes, 17 de marzo de 2014

EL VIENTRE DEL ARQUITECTO


                                  

Peter Greenaway es uno de esos cineastas en los que encaja a la perfección la etiqueta de autor. Sus películas son singulares, extrañas y un tanto estrafalarias, alejadas por tanto de modas y de cualquier recurso que busque la comercialidad, aparte de que contienen un buen puñado de las obsesiones que apasionan y perturban al artista británico. Conocida es la fascinación de Greenaway por la belleza en su más amplio concepto (tanto la corporal masculina y femenina que se encarga de mostrar sin reparo ni censuras en casi todas sus obras, como la fotográfica puesto que famoso es el carácter esteta con cierto halo operístico de los films de Greenaway). Igualmente Greenaway es un apasionado de la música, la arquitectura, el componente más grotesco perteneciente al alma humana y la comida, siendo esto último uno de los leitmotiv que se repiten constantemente como pequeñas subtramas que adornan la trama principal en las historias emanadas de la mente del cineasta británico.

He de decir que mi relación cinéfila con el británico se podría definir como un vínculo de amor y odio: o aborrezco sus films (como puede ser el caso de Zoo o The pillow book) o me apasionan. Este es el caso de la película de la que me dispongo a hablar, quizás la mejor y más magistral obra de este peculiar cineasta, esta es El vientre del arquitecto. ¿Cuál es el motivo del hechizo que siento por la película? Creo que uno de los puntos que me cautivan del film es el hecho de que se trata de una obra con un tono y estilo que se asemeja mucho al cine de uno de mis directores predilectos de la historia del cine, que no es otro que el italiano Luchino Visconti. Y es que El vientre del arquitecto es para mí la Muerte en Venecia de los años ochenta tanto por su belleza fotográfica que retrata con una mirada curiosa y decadente la Roma de finales de la década del despilfarro y la libertad sin freno, como por ser fundamentalmente una fotografía de una obsesión destructora de la aquiescencia y la cordura moral que mantiene al hombre en un inestable equilibrio consigo mismo. 

Greenaway sustituye a ese compositor situado en el ocaso de su vida que viaja a Venecia a descansar por un arquitecto estadounidense llamado Stourley Kracklite, un hombre cincuentón de carácter inestable casado con una mujer de ascendencia italiana mucho más joven que él que viaja a Roma para dar forma a uno de sus sueños, el de organizar y dirigir una exposición homenaje a su arquitecto favorito: el artista francés de la época neoclásica Étienne-Louise Boullée. Así mientras que el personaje de la película de Visconti se obsesionaba al aterrizar en Venecia con la belleza de un joven mancebo, en la de Greenaway, Kracklite se obsesionará con Boullée construyendo una paranoia de tintes pesadillescos en la que un intenso dolor de estómago aparecerá súbitamente flagelando los resortes de consciencia de Kracklite a medida que el arquitecto percibe que su mujer se siente atraída hacia un joven arquitecto de gran atractivo físico inmerso también en el proyecto de organización de la exposición de Boullée, instaurándose en la mente de Kracklite igualmente la creencia de que extrañas fuerzas que escapan a su control tratan de apartarle de la dirección de la exposición y por tanto demoler así su último gran sueño vital.

                                     

A medida que el sueño arquitectónico de Kracklite se va desvaneciendo en paralelo va creciendo la dolencia estomacal del mismo, siendo esto una especie de metáfora que conecta al estómago humano con la arquitectura, ya que ¿no es el aparato digestivo el principal cimiento que modela y da forma a todo nuestro ser provocando que crezcamos de una forma u otra en función del cemento y el hierro con el que le alimentamos? 

Greenaway igualmente perfila de manera portentosa a la galería de personajes que aparecen en pantalla, siendo especialmente plausible el retrato maníaco-obsesivo que dibuja del arquitecto Kracklite (interpretado magistralmente por el habitual actor secundario del cine americano de los ochenta Brian Dennehy en el que es su papel más memorable). Ya en la primera escena del film veremos al arquitecto y su esposa en plena faena sexual en el vagón cama del tren que les llevará a Roma. De la conversación entre ambos se deduce que Kracklite es un hombre entrado en años con problemas de impotencia sexual preocupado por no poder satisfacer a su joven esposa y obsesionado con el reto de la organización del evento homenaje a su artista icono Boullée. Tras el arribo de la pareja a Roma (ciudad que es fotografiada por Greenaway con un gusto pictórico y arquitectónico ciertamente embaucador) todas las ilusiones de Kracklite se vendrán abajo desde el principio. Los socios del arquitecto se mostrarán más interesados por la diversión y el dinero que por el propio arte objeto de reverencia del viejo americano, su mujer (que para más INRI está embarazada de su primer hijo) le pondrá los cuernos con un vacío y joven arquitecto de esa nueva generación irresponsable y despreocupada que otorga mayor importancia al corto plazo que a la posteridad anhelada por Kracklite y para rematar el desastre el desarrollo de la exposición encontrará una serie de obstáculos que pondrán en riesgo la propia puesta en marcha del evento, hecho éste que atormentará a Kracklite al adivinar que de nuevo otro de sus proyectos puede culminar en fracaso. 

El encuentro de todas estas fatalidades provocará la aparición de un molesto dolor estomacal en el arquitecto en el que fácilmente se puede atisbar un símil con la decadencia interior experimentada por un Kracklite que siente que su tiempo se acaba sin haber podido culminar sus sueños vitales: ser padre, tener éxito, pasar a la posteridad gracias a su arte, satisfacer a su mujer la cual le ha engañado con un trepa sin talento pero con la fuerza, mezquindad y vigor necesaria para alcanzar el éxito en una sociedad superficial. En definitiva nuestro héroe siente que la derrota es una pared demasiado empinada para poder ser escalada por su cansado y enfermo cuerpo, el cual ya no posee las fuerzas suficientes para pelear contra las inclemencias y obstáculos vitales que el día a día nos pone en el camino. 

Toda esta pesadilla padecida por el protagonista es adornada por Greenaway con una fotografía en la que se resalta la belleza pictórica y arquitectónica de una Roma decadente y corrupta que para nada tiene que envidiar a los fotogramas del reciente éxito de Sorrentino La gran belleza, de modo que el Monumento a Víctor Manuel II aparecerá como una especie de gigantesco mausoleo que espera asfixiar en sus inertes y frías paredes a un protagonista derrotado por la crisis existencial en la que se halla inmerso. Así Roma toma la forma de un cementerio de cemento y losa que devora las almas de los perdedores ajenos a los vicios imperantes en una sociedad podrida por el dinero, la frivolidad y el éxito a cualquier precio. Sin duda la ciudad eterna es fotografiada como una especie de laberinto enrevesado que atrapa a Kracklite del mismo modo que los canales de Venecia apresaban al compositor surgido del imaginario de Thoman Mann. Para poner la guinda al pastel Greenaway tuvo la suerte de contar con la inspirada banda sonora compuesta por Wim Mertens, quizás una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine, de una musicalidad hipnótica y subyugante que sirve para acrecentar el hechizo que siente el espectador por las peripecias vividas por el arquitecto protagonista. 

No me cabe duda de que El vientre del arquitecto es una de las mejores películas de los años ochenta gracias al dibujo poético trazado por Greenaway en el que se describen los límites que separan al éxito del fracaso, así como los miedos internos que aferran nuestros sueños y las trampas sociales que ocultan a aquellos personajes que ostentan en la bondad y el anonimato las fuerzas motrices que dirigen sus vidas. Pasen y vean, que seguro disfrutarán con el espectáculo cinematográfico montado por Peter Greenaway.

Autor: Rubén Redondo.