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sábado, 26 de mayo de 2012

ANDREA CAMILLERI: LAS ACEITUNAS DE SICILIA SIGUEN AMARGANDO


Leyendo que estoy a Camilleri, ese tipo de la gabardina aún se desliza sutil como una anguila por los recovecos de mi vida: ahora que levanto la vista de la pantalla mis ojos se encuentran con los suyos, caballunos, en el rincón de la cafetería. Seguro que si abandono el género policíaco por la novelística de Beckett, me rondarán los mendigos y los locos. ¿Qué querrá de mí? ¿Será un matón del mafioso del Ferrari? ¿Sabrá el muy fisgón sobre mi pecado de ayer?

Y es que incurrí en lo inevitable: ya no podía resistir más y me lo merecía después de largo tiempo de renuncia y abnegación. Y había resultado que en el muro de mi rutina se me abría la hendidura de una oportunidad que no podía sino disfrutar: ayer tarde la consorte salía de senderismo con varias amigas, la conocida –y bella y primaveral– canguro se quedaría en casa con Alma, y me las arreglé para obtener la tarde libre sin que la primera de las tres lo supiera. Todo estaba dispuesto; notaba en la yema de los dedos –en las terminaciones nerviosas de la epidermis– la inminencia de un éxito que ya casi acariciaba: me sentía como Sterling Hayden en “Atraco perfecto”.


Di un quizá sospechoso beso de despedida a la consorte, que salió deseándome una buena tarde de trabajo, y mientras la canguro intentaba dormir a una Alma que no parecía colaborar, dispuse la cama para el festín que me esperaba. ¡Al fin había llegado la hora! ¡Ahora era yo solo el que podía fallar, todo dependía de mí y no iba a decepcionarme a mí mismo! La ansiosa expectación me hizo golpearme el codo con la mesita mientras ahuecaba la almohada preguntándome cómo la emplearía.

Me asomé al salón: Alma gimoteaba, dio un chillido, volvió a gemir y se durmió. ¡Así de sencillo! La canguro me sonrió, le guiñé con la picardía de Marcello Mastroianni a Anita Ekberg y, tal y como yo había esperado y soñado tanto, ella cumplió el rito inequívoco de recluirse en el aseo para acicalarse; como todos los viciosos, ella siempre dice que arreglarse es su único vicio.

Naturalmente, me quité la ropa. Dije algo en voz alta, di un portazo en la puerta de la calle, pero en vez de salir volví de puntillas, como un ladrón en mi propia casa, a encerrarme en el dormitorio y me tumbé a cumplir mi postergado deseo de leer sin interrupciones durante cuatro horas seguidas, la unidad mínima de todo lector afortunado. Refrenando toses, regurgitaciones y estornudos ninguna de ellas advertiría mi furtiva lectura, a ser posible de una tumbada, de “La pista de arena”, de la inagotable serie del comisario Montalbano. Lástima que por las mismas razones no pudiera ambientarla con la escucha de “Las vísperas sicilianas”, ópera ideal para acompañar la lectura de Camilleri, pues nunca distrae su intrascendencia de hilo musical de dentista.


No me decepcionó la novela, cuyo interés creciente fue intensificando mi deleite hasta cierto clímax muy distinto al que, malpensados que sois, esperabais de mi parte. Se supone que Camilleri no debería gustarme por el irrefutable motivo de que mi cuñado lo adora, y justamente fue él quien me persuadió de leerlo con esa convicción que, sobre todo cuando se enfunda su abrigo plagado de pelusas, lo hace pasar por un hombre respetable, y que también habrá engatusado a esos directivos del museo.

Lo cierto es que, acaso por llevarle la contraria, no me convencieron los primeros Montalbanos que leí (“El olor de la noche” –demasiado emparentada con “A rose for Emily”–, “La voz del violín” y alguno más –galopo hacia el Alzheimer–) y mis preferencias se decantaron por aquellas otras –policíacas o no, pero sin Montalbano– más críticas y satíricas con los naturales e instituciones de Vigatà, omnipresente escenario de su obra y microcosmos de Italia. En estas novelas (“Privado de título”, “La ópera de Vigatà”, “Amelia Sacerdote”) este Camilleri, de una madurez tan prolífica como un patriarca bíblico, se nos revela un autor de la estirpe de un Lampedusa, Sciascia o Buffalino, sicilianos todos, que se obliga a fustigar el espíritu atrasado, perezoso y anquilosado de un pueblo que abomina de la “res publica”. En efecto lo poco que allí se remueve es gracias a la familia, lo único capaz de dinamizar el aparato burocrático en favor de algún miembro y abolir las jerarquías o diferencias sociales por mor de la vinculación a ella. Si bien todos se jactan de defraudar a la Hacienda Pública, ningún comerciante deja de pagar el “pizzo”, el impuesto de la mafia.


En estas novelas tampoco faltan la denuncia política y social, o la amarga mirada al pasado fascista, asestadas con un aire que de jocoso pasa a mordaz y de incisivo a ácido, incidiendo el mismo Camilleri en ese carácter destructivo, anarquista e irredento que parece tener todo siciliano que se precie.

Pero he aquí que, como suele hacer el cretino de su Jefe de Policía, le concedí otra oportunidad al comisario Montalbano, y cayó en mis manos ese milagro de composición titulado “La excursión a Tindari”, que me reveló la exacta geometría de su trama de tapiz entrecruzada de simetrías y bifurcada en trayectorias –historias– paralelas que se encuentran en una insospechada intersección, en la esquina doblada de la alfombra, ¡no!, era tapiz. Un inteligente laberinto digno del de “La Huella” de Mankievicz, que he seguido a través de otras de la serie (“Las alas de la esfinge”, “Ardores de Agosto”), de la misma concisión, sentido del humor y jadeante agilidad narrativa. Tratándose de mí, las he leído caóticamente, sin seguir el orden de su publicación, ya que por supuesto se pueden leer independientemente, aunque, en una evolución parecida a la de Philip Marlowe –y a la de todo humano no demasiado inhumano– puede apreciarse el carácter cada vez más desencantado de Montalbano.


Junto al comisario, un maduro solitario y sencillo con el que es fácil identificarse, modesto gourmet (demasiados pulpitos y macarrones), inteligente e introspectivo hasta un cómico desdoblamiento, y en perpetua discordia con la alejada Livia, también se nos vuelven entrañables sus subordinados. Nunca faltan el prolijo Fazio; Gallo, el conductor frenético, Mimi Augello, la mano derecha de Montalbano; el inútil de Cattarella. O Tommasseo, el fiscal amante de los cadáveres exquisitos, o el displicente Pasquano, de la policía científica.

La pista de arena” es otro entretenimiento de altos vuelos (Greene llamaba “entairnment” a parte de su obra), y que los pedantes sigan optando por aburrirse. Y así, desnudo en la cama al resplandor de este verano anticipado, había llegado al capítulo en que Montalbano aparece sentado bajo una pérgola de primavera a la orilla del mar terso de la noche ante la rubia Rachele, deleitándose con una botella de vino blanco muy frío y un surtido de primicias como aperitivo, y cuando estirándome en la cama más me identificaba con el hedonista comisario y aquella rubia imaginaria ya me tensaba los ánimos, otra rubia mucho más real se perfiló en el vano de la puerta, demostrándome que con los nervios había olvidado echar la llave.

La canguro me miró durante un intervalo inmensurable –¿saltaría sobre mí haciendo honor al nombre de su oficio?–, y bajo las arrugas de la frente los ojos se le achicaron acaso decepcionados, al contrario que aquellos otros, desorbitados y de par en par, de la consorte, que justo entonces entraba y ya me miraba por encima del hombro de la canguro, y no fijos ni equinos como ese par del tipo de la gabardina que espera tres mesas más allá, en el rincón del café.

Lo único que me consta es que no será un detective que me haya puesto la consorte: ella ya no necesita más pruebas.       

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