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martes, 29 de mayo de 2012

SOBRE “DUBLINESES” DE JOYCE Y HUSTON

La epifanía de un Día de Epifanía

“El próximo canguro se parecerá a Michael Fury”, bromeó la consorte algo después de que concluyera la película, sellando el pacto de que a partir de ahora sólo contrataremos canguros macho, y habiendo cedido a aquello, inocente que soy, me sentí tan torpe y tímido y ridículo y hasta celoso de un fantasma como Gabriel Conroy cuando al final de “Dublineses” su esposa Anjelica Huston le cuenta entre sollozos la historia de Michael Fury, su primer enamorado, el joven que veinte años atrás muriera por ella, calado de neumonía aquella lluviosa noche que agotó lanzando piedrecitas contra la ventana oscura de su dormitorio.

Y eso porque nos habíamos reconciliado viendo “Dublineses” (“The Dead”, el último cuento de la serie de Joyce, pero por estos lares semejante título habría sido veneno para la taquilla); y tácitamente ella había reconocido mi inocencia sorprendiendo a su proverbial impaciencia con una sentada de ochenta minutos que, al compartir conmigo lo que más me gusta (en esos casos me siento como si yo fuese el director, o como Jean Arthur enseñándole el Capitolio a James Stewart en “Caballero sin espada” –simbólico título–), la congraciara conmigo.


Era de vernos a los tres en el sofá, como una familia super estructurada, con Alma en mi regazo y demudada, cual afortunado que ve tal película por vez primera, y mi diestra atenazada por la consorte, que distraía su hastío clavándome las uñas en las falanges, el resplandor de las imágenes acariciando en la oscuridad nuestras tres caras más cercanas que nunca, dos de ellas hechizadas y la tercera socavada de bostezos.

Y en parte no le faltaba razón, reconocía yo cuando al minuto cincuenta la consorte ya no pudo más y, dejando de rebullirse, se dirigió al aseo encomendándome que no le diera a un stop que sin embargo quité mucho después, al oírla de vuelta. Y es que, igual que en el cuento –nos hallamos en uno de esos casos de traslación casi literal de un medio a otro–, hasta entonces, bajo un determinado punto de vista, lo único que habíamos presenciado era el relato costumbrista (a veces Proust también lo es) de una burguesa celebración navideña de principios del siglo XX. Dos ancianas y su sobrina, las tres solteronas consumadas –y bastante consumidas– y profesoras de música, reciben entrañablemente a una heterogénea cohorte de invitados (amigos, familiares y alumnos), entre quienes sobresalen un borrachín, su parlanchina madre, un viejo verde, un tenor malo y presuntuoso, una recalcitrante activista…, los cuales se dedican a beber, bailar, cantar, propinarse cumplidos, anécdotas, chismorreos o bromitas, y sobre todo a atiborrarse de ganso asado y pudding, en pago de lo cual habrán de digerir el discursito anual del sobrino de las anfitrionas, Gabriel Conroy, un modesto profesor a cuyos opacos ojos (en el cuento tiene gafitas redondas) lo vemos todo.


¿A qué tanta fascinación por semejante bodrio?, me habría inquirido la consorte en otra coyuntura menos amistosa. ¿Pretendían novelista y director –ahora era yo el que me cuestionaba– reflejar el aburrimiento de una clase social aburriéndonos? ¿Eran los primeros sesenta minutos una preparación –plataforma de despegue o colchón elástico– para los fuegos de artificio –cóctel de epifanías (véase el penúltimo post)– de los últimos veinte?

Lo cierto es que si no llego a darle al stop la consorte se habría perdido lo que a mí me interesaba que, como culminación a nuestra paz, viera; para empezar, el redescubrimiento que tras bastantes años de convivencia Gabriel hace de Anjelica, cuando ya parecían incinerados los rescoldos de su pasión (perdón por la imagen). ¿Captaría la consorte la indirecta de que, sin volver embrollarnos en esas prolijas negociaciones de paz que, como en Versalles, a veces contienen el germen de la siguiente disputa, quería yo desertar del sofá anoche mismo y volver a mi cama con todo lo que eso lleva aparejado?

Y era una suerte que no hubiera ella optado por congraciarse leyendo el relato a dos voces en lugar de ver la película a seis ojos, porque para Gabriel esta “revisión” de su esposa –como esas películas que en su día nos deslumbran (hubiera reflexionado Proust cambiando el objeto de su preferencia) y vueltas a ver nos siguen sorprendiendo con renovados matices–, ese redescubrimiento de ella es, sobre todo, de orden lujurioso; y hasta la consorte habría descifrado la gruesa metáfora del cabo de vela chorreando cera que Gabriel y Anjelica se encuentran al llegar a la habitación de hotel procedentes del ágape. Por suerte, en la película no se pasa de un romanticismo a ultranza que, ablandándola, yo esperaba me facilitase las cosas en vista a los propósitos del Gabriel de Joyce –el calentorro de las gafitas–, los mismos que yo albergaba.

Me hallaba tan en ascuas como él, al punto de no deleitarme mucho con aquel indiscreto travelling que mientras Julia Morkan –una de las ancianitas– interpreta a Bellini nos conduce, escaleras arriba y decreciente la música, hacia la intimidad de su dormitorio –sin duda oloroso a espliego y rosas marchitas-, o más bien hacia su pasado, puesto que, mientras oímos los acordes de la música procedentes de la planta de abajo, la cámara hurga en sus recuerdos, en los objetos que mejor la caracterizan: sus bordados, bibelots, rosarios o retratos de familia, de modo que con unos cuantos planos –como ocurre en otros de Ford o en ciertos párrafos de Faulkner– queda condensada toda una vida.



Planos paralelos a aquellos tres que, anteponiendo las también tres ardientes velas (estas castas, anti fálicas) de un candelabro al busto de la sobrina interpretando una sonata para piano que creo de Domenico Scarlatti, acaso denotan cómo el flamígero fervor de Mary Jane por la música anima el vacío de su vida.


Sí, de las veintisiete veces que he visto la película, el de anoche fue el pase más extraño. Como Gabriel y Anjelica al fin subían a su habitación y desviando de lado las pupilas vi que la consorte estaba al borde del primer ronquido, dije a voces, como desde una eminente y pedante cátedra de Historia del Cine –y dio un respingo– que en las zancadas que da el tiempo por el camino de los hombres finca el verdadero tema de la película, lo cual no es mucho decir –seguí voceando–, puesto que el tiempo es el protagonista secreto de toda novela o película escritas o rodadas en cualquier coordenada de nuestro mundo temporal.

De ahí que no dejara de nevar en todo el metraje; aquellas eran las nieves de antaño que decía François Villon comparándolas con la fugaz belleza de las guapas del medievo –y que luego parafraseara Álvaro Cunqueiro en su milenarista (¡cuidado, Arrabal, que se vence la mesa!) “Flores del año mil y pico de ave”–, porque en esa suma de los tiempos que los optimistas y los petulantes llaman Historia, nuestras vidas perduran lo que tarda en disolverse un copo de nieve, luego había que aprovechar el tiempo, estuve a punto de decirle a la consorte guiñándole un ojo y levantándole el borde ribeteado de encaje del camisón Doris Day en “Confidencias de Medianoche”, pero todavía no me atreví y, a pesar de mis vocerío de alemanes entrando en París, ella todavía no se había despabilado ni parecía saber en qué película estaba.


De modo que, estentóreo, seguí demostrándole cómo late el tema del tiempo en cada escena de la obra. Así, subyace en la discusión sobre los tenores antiguos y modernos (¡qué vértigo –diría Sebald–, cuando alguien defiende a Caruso como un intérprete de la nueva ola); en el discurso que Gabriel tanto teme pifiar –para rehuirlo desea escapar al aire puro de la noche, bajo la música de la nieve y la nieve de la música (la cual transcurre en el tiempo) escandida por Alex North–, al referirse al tópico de los “ausentes” –bonito eufemismo–, aquellos que tantas veces nos acompañaron en tales festejos y hoy faltan –como si hubiera la esperanza de que esos traviesos no volvieran a escaquearse y acudieran al año siguiente–; incluso en la reflexión que hace Gabriel de que la cara de Anjelica (Greta en la película) ya no era la cara por la que Michael Fury había muerto ni aquélla de la que él mismo se había enamorado; o, sobre todo, en la visión anticipadora del cadáver de una Julia –con diferencia la mayor de las dos hermanas– amortajada y de sí mismo intentando consolar a su hermana y sobrina con las inútiles palabras del caso.

Pero ya vale de discursitos porque lo único que queréis saber es si tuve más suerte que Gabriel en lo de ligarme –religarme, de donde significativamente viene “religión”– a la consorte después de que de ella me desligara del equívoco de la canguro. Pues resulta que, tan conmovida como la última vez que vimos una película (“¡Qué bello es vivir!” hace siete Nochebuenas), líquidos los ojos, me abrazó en cuanto hube dejado a Alma dormida en la cuna, y me hundió la frente en el hombro. ¡Hecho! Aquellos últimos veinte minutos, de una tristeza laminadora, le había afectado lo bastante.

Con el primer suspiro que emitió al escarabajeo de mis manos espalda abajo, afloró la lujuria que repta al fondo de cualquier melancolía que se precie. Y ya sabéis que yo no estaba tan impactado como las otras veintiséis veces también por mor de la distancia analítica que exigía la posterior exégesis de este post y quizá porque era la primera vez que la veía desde que soy padre, y cuando el monólogo interior de Gabriel alude a que con el tiempo todos acabáremos siendo sombras y sombra será el último recuerdo que como el reflejo de un añico alguien conserve de nosotros en el espejo de la memoria (ya estoy inventando) –la anécdota burlesca y de segunda mano que sobre nosotros un irreverente bisnieto nuestro le inflija a un desconocido– hasta que con la instantaneidad de otro copo nos disolvamos en la nada, sentí que ahora soy yo más padre que hijo y que seguramente mi sombra ya no sería la última en caer.

Y como la desaparición propia siempre aflige menos que la ajena –por ejemplo, el que se queda es el que paga la funeraria- me sentía en plena forma para lo otro. Ronroneaba la consorte y ya estábamos tendidos, dispuestos a cualquier cosa, cuando al lado se puso a llorar alguien que no estaba feliz de tener que soportarnos a los dos al mismo tiempo.


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