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domingo, 27 de mayo de 2012

"TAMBIÉN" SE INVENTAN LOS RECUERDOS LITERARIOS


Sigue el clima con más altibajos emocionales que el Schumann del Quinteto con piano o el Schubert del Quinteto sin piano (mis obras predilectas de cámara); este mayo parece esquizofrénico, con una semana digna de agosto y otra de febrero. Ayer tarde tuvimos tormenta, pero también de buenas nuevas: mi hermano aún no me ha mandado el dichoso relato, voy a ser famoso y mi matrimonio se ha quebrado como la copa de una mala borrachera. Empezaré por lo más importante.


Resulta que mi hermana Laura ha desamparado esos grandes almacenes para volver a blandir un micrófono. Se trata de una modesta emisora local con la programación plagada de esas pitonisas que tanto triunfan en estos tiempos de crisis, pero al menos se ha despedido de los DVD sin responsabilidades penales y ha vuelto a lo suyo. Y lo mejor es que a cambio de constituirme en guionista “negro” de su programa –que consiste en la lectura de fragmentos literarios alternados con músicas afines que luego se quedan de fondo–, me hará publicidad del blog, con lo que romperé la barrera de diez visitas por post, sin incluir las mías.

Aunque quizá sería ella la beneficiada si fuera yo quien le anunciara el programa desde esta tribuna –lo cual he estado a punto de hacer, pero me guardaré esa carta en la manga, como Paul Newman en “El Golpe”– porque me temo seré el único oyente de su debut: el capítulo de “Suave es la noche” en que se conocen Dick y Nicole a los sones de la “Rapsody in blue”. Eso es, Scott Fitzgerald y Gershwin. El segundo será “El perseguidor” de Cortázar y lo último de Charlie Parker, original que es uno.


Ni siquiera lo soy en lo de gestionar el enfado de la consorte. Sin intercambiar palabra desde que creyó sorprenderme con la canguro, atendemos por turnos a Alma –es decir, ella se encarga del condumio y yo me paso las noches en blanco y negro–, que ahora sonríe más que nunca, tal vez feliz de no tener que soportarnos al alimón, o porque eléctrica y elektra-freudianamente enamorada de mí ya no tendrá que competir con su madre. Cualquier día espero encontrarme, en lugar de los macarrones viudos –divorciados–, una carta de su abogado que también es el mío. Sí, la verdad es que ella también se ocupa de mi comida, y lo peor es que ya no puedo dársela a probar al gato, que se exilió en cuanto supo que íbamos a tener descendencia. De no ser así, ahora nos lo disputaríamos como hacían por su perro Cary Grant e Irene Dunne en “The awful truth” (nunca adivinaríais el título con que se estrenó en el avanzado país que por entonces éramos y al que ciertos políticos madrileños nos regresan a marchas forzadas: “La pícara puritana”, que por otra parte siempre me ha parecido la definición más perfecta de la política madrileña más famosa).


Y a otra cosa: como ayer no leí ninguna policíaca, sino “Vigilia” (“The Morning Watch”, ahora también les cambian el título a muchos libros), de James Agee –guionista de “La Reina de África”–, también me he desembarazado del tipejo de la gabardina, aunque de un modo harto insatisfactorio. Y es que por la tarde lo vi a través del ventanal del banco, como de costumbre, impasible en la acera de enfrente –sin más implicaciones–, pero lo peor es que se dirigió a un policía local que pasaba por allí y parlamentó con él un rato sin dejar de señalar el banco. El agente cruzó braceando con decisión, le abrí dándole al botoncito y con un ceño de cliente que se rebela contra alguna comisión, me ordenó que dejara de molestar y de seguir por todas partes al caballero de la gabardina.


Al menos desde entonces no lo he vuelto a ver tras de mí y sin distraerme he podido culminar la escueta lectura de “Vigilia”, que por su aire joyceano me servirá de aperitivo para la próxima “entrada”, sobre “Dublineses” de Joyce y la versión fílmica de Huston. La autobiográfica nouvelle de Agee trascurre en un internado de rancio ambiente católico, emparentado con la institución jesuítica que acoge a Stephen, alter ego de Joyce en su “Retrato del Artista Adolescente”, como el Richard de “Vigilia” lo es de Agee. Incienso aparte, las impresiones sensoriales de ambos personajes –los recuerdos de sus autores- son muy parecidas, los monólogos interiores se articulan en torno a imágenes tan impactantes y los dos adolescentes sufren, por suerte en vano, las mismas represiones contra el consciente y el inconsciente, es decir, contra los propios textos que leemos, que –como ocurre con este blog– nunca se habrían escrito de haber tenido éxito los grilletes mentales de sus educadores. Y sin embargo, lucharé con todas mis fuerzas para que la consorte deje que Alma vaya a un colegio católico –y si no, me conformaré con uno protestante o musulmán, ¡o mejor judío: así será artista y de mayor no tendrá como yo que leer a escondidas)!, para que tenga algo contra lo que rebelarse y cuando crezca encuentre en sus traumas tramas para sus novelas.

Por tanto, en ambas obras la religión se nos muestra como enemiga mortal del pensamiento. Richard no deja de sentirse culpable no sólo por los clásicos “malos pensamientos”, sino meramente por distraerse de sus oraciones. Y Joyce habría podido nombrar al catolicismo enemigo de su “corriente de la conciencia” –“conciencia” no en el sentido religioso-, hallazgo que si bien no fue concebido por él (como dijimos de las aportaciones que a veces se atribuyen a Orson Welles), sino por William James –hermano del gran Henry–, y ni siquiera fue el primero en aplicarlo como técnica literaria –lo hizo un autor francés tan injustamente olvidado que no recuerdo su nombre–, sí le dio carta de naturaleza, como esos modelitos que hasta que no se los pone Nati Abascal (ahora tendrá alguna sucesora, pero desde entonces no he visto el Hola) no son aclamados por los palmeros de turno.


A ver si retomo el buen camino. Íbamos por que según la religión aún somos culpables de nuestros pensamientos –de desear a la mujer del prójimo–; y esa técnica del “flujo (qué mal suena, mejor “corriente”) de la conciencia”, reproduciendo el perpetuo parloteo de nuestras profundidades psíquicas, intenta pescar hasta los moluscos más monstruosos, esos peces fosforescentes que fluyen al fondo de la incesante marea de nuestras conciencias, lo cual va más allá no sólo del confesionario, sino del diván psicoanalítico, que la opulenta Molly Bloom hubiera desportillado con aquellas treinta páginas del final de “Ulises”, sin el aliento ni de una coma.

Pero la principal analogía de “Vigilia” con el “Retrato” radica en que la primera también concluye con una “epifanía”, otro presunto hallazgo joyceano que existe desde Homero y que otro día más lúcido intentaré definir. Negativamente, podríamos decir que no fue ninguna epifanía lo que la consorte creyó encontrar a la vuelta de su excursión andariega. En positivo sí podrían serlo aquel pavorreal que despliega la cola en cierto relato de Carver o, mucho más, aquel otro fulgente de plumas arcoíris en la postal nevada del álbum de recuerdos inventados que era Ammarcord. No lo sería el “Aleph” de Borges, pliegue del espacio en sí mismo fantástico, ya que ahora que lo pienso toda epifanía que se precie consiste en eso tan manido –en las contraportadas de libros de relatos– de la irrupción de lo maravilloso en lo cotidiano.

En el caso de “Vigilia” esa especie de intuición poética, visión inefable –menos mal que no iba a definirla– o milagro escenificado ex profeso para un público de ateos, se produce a orillas de un río espejeante de la brillante prosa de Agee, cuando Richard remata a una culebra agonizante por la pedrada de un condiscípulo, y justo entonces la visión de su cabeza sanguinolenta, de los últimos coletazos de su cuerpo seccionado, le revelan la idea de la muerte más que la de su padre, acaecida a sus seis años, y a un tiempo le hacen consciente de la plenitud de la vida, más intensa en cuanto que finita (“más tiempo no es más eternidad”, dijo J.R.).

¿Cómo no asimilar esta epifanía –siempre que mi interpretación sea adecuada, cosa que dudo, como dudoso es que el pasaje tenga ninguna interpretación unívoca– a aquella otra del adolescente Stephen en el “Retrato”, al rapto de alegría que lo arrebata cuando la contemplación, a la luz de un éxtasis que rompe en rayos de sombra, de una joven entre los brazos de arena del Liffey lo hace consciente de su vocación de escritor? ¡Aquello parecía un milagro secular, la aparición de una Virgen apta para agnósticos, la exaltación de un misticismo civil!

¿Y cómo no comparar esta epifanía de la joven –que después de todo no sé si no estaré medio fabulando (de hecho, hojeo el libro y no la encuentro por ninguna parte, aunque tampoco insisto mucho para hacerme la ilusión); sí, lo estoy inventando todo a partir de los restos de naufragio y de ruinas de otras lecturas, críticas u opiniones ajenas: no hay mejor poeta que el olvido- cómo no comparar, me pregunto retóricamente, esta epifanía de la adolescente contemplada por Stephen con aquella otra anti epifanía del final de “La dolce vita”, cuando un ojeroso Mastroianni nos cifra el malestar de su resaca y de su vida entera –el anodino futuro que le espera– en su incomunicación con otra adolescente, a la que ni entiende ni recuerda, y que le hace señas también al otro lado de un brazo de mar? De lo que, a diferencia de Marcelo, sí me acuerdo es de que la chica era una camarera rubia a quien había conocido en una terraza de la playa, a los sones de “Patricia” –de Pérez Prado–, mientras aún intentaba escribir la novela que tras la muerte de Stein ya nunca escribirá porque tendrá que conformarse con ser colega del primer paparazzi de la historia –igual que yo no escribiré la mía sitiado por mis obligaciones–, de modo opuesto a Stephen–Joyce, que con el “Retrato” inicia su carrera literaria.


¿Cómo podía haber olvidado Marcelo a aquella rubita angelical que echaba de menos Peruggia y ya tenía novio, y a la que él mismo, en aquella terraza soleada, comparaba con un ángel del Giorgone? Pero debería solidarizarme con su mala memoria, porque ahora me entra la duda; le preguntaré a mi cuñado si el Giorgone pintaba ángeles. ¿No sería Ucello?

Lo cierto es que el Alzheimer es mejor poeta que William Butler Yeats y sólo se puede comparar a Dylan Thomas después de la penúltima copa, cuando ya no recordaba nada.


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