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viernes, 4 de mayo de 2012

EL TRASPLANTE DE UNA BIBLIOTECA (II)

Gracias a que he logrado que un conspicuo defraudador –en la puerta del banco un Ferrari al que sólo le faltaba volar (en la burbuja inmobiliaria)– nos ingrese su dinero de bolsillo que para nosotros será óbolo de Caronte que nos empuje por esta laguna infernal hasta la próxima ayuda gubernamental (en cuanto a la amnistía fiscal nadie va a ser tan torpe como su ideólogo y señalarse como factible delincuente futuro), y también gracias a que le he encasquetado un improbable plan de pensiones a un oficinista y la vajilla agrietada que nos quedaba a una ancianita clavada a la del “Quinteto de la Muerte” a cambio de que nos traiga su pensión, no sólo me ha dejado de bascular peligrosísimamente la butaca en las posaderas (ni mi madre ni los vecinos del barrio habrían soportado otro despido en la familia ni más prédicas sobre el fin de los tiempos), sino que, después de tres años sin vacaciones, el jefe ha atendido a mi vetusta solicitud de concederme una semana libre, cuando aún disfrutaba quedándome en casa.



También me dio la tarde libre, lo que he aprovechado para erradicar de casa el segundo cargamento de libros prohibidos. Y ahora resulta, según achica los ojos, que tampoco le convence a la consorte que dilapide tantas horas encerrado en ese sótano, y mientras arrastraba el bolsón ha declarado que el demonio sabrá a qué perversos ritos me entregaré allá, sin que yo haya tenido el valor de espetarle que a ningún otro que no sea el de la nostalgia de recordar una época en la que podía leer más de cinco páginas seguidas sin tener que cambiar un pañal o calentar un biberón.

En la puerta del garaje mi madre le hablaba al conserje de Nostradamus y del Apocalipsis, y mientras yo aprovechaba para sacar a relucir “El Séptimo Sello” de Bergman, me miraron boquiabiertos la saca, y al alejarme la oí decirle que tanto libro sería del antiguo inquilino. Un grado más y esta ciudad alcanzará los 451 Farenheit (escenografía futurista algo casposa de Truffaut), la temperatura de combustión del papel.
Por fin clausurado yo en aquél que empezaba a ser ámbito de la memoria, jalonado por desparejos lomos de unos libros que en un relato de Borges o un grabado de Escher diseñarían mi retrato, donde junto a un rastro de monóxido de carbono flotaba la instantánea estela de tantos versos, descripciones y tramas casi olvidados pero aún entrevistos en su esplendor tan perdido como la juventud en que los leí, lamenté lo difícil que en comparación con la revisión de películas resulta la relectura de novelas, porque sólo a partir de la tercera visita empiezo a atisbar la estructura de unas y otras.



Coronaba la cima del bolsón una de las pocas releídas, “Lolita”, y por una vez eché de menos el reclinatorio de la capilla de mi colegio marista. Esa novela ha sido la luz y la sombra de mi vida, dejándome al abismo de la pedofilia por puro afán imitatorio de su antihéroe (como esos que se visten de superhéroes), por el arrebato que sentí ante las metáforas del genio, de modo que tengo que volver a releerla antes de que pasen doce o trece años y Alma empiece a traer a sus amiguitas a casa (curiosamente, mi admiración por “Muerte en Venecia” no tuvo el mismo efecto). La película de Kubrick, con Peter Sellers tan camaleónico como su maestro Alec Guiness en “Ocho Sentencias de Muerte”, es una magnífica trasposición visual de las hechicerías del lenguaje nabokoviano, salvo en reflejar la debilidad del ruso por la estética más cutre de la modernidad norteamericana, parafraseando los chillones gustos de las quinceañeras. Además, creo recordar que en la película Lolita tenía quince y no trece años, y en vez de extenderse a todo un determinado subgénero de adolescentes (las “nínfulas”) la predilección de Humbert Humbert se reduce a un individuo –individua de entre ellas, lo que en la novela sólo parece ocurrir al final, cuando el amor desesperado del romántico protagonista parece redimirlo  y destruirlo de sus pretéritos gustos. El cine, siempre tan pusilánime.





De todas formas el guión firmado por Nabokov no es de Nabokov, ya que a éste, poco avezado en la escritura cinematográfica, casi todo se lo susurró Kubrick al oído. Pero, extasiado ante la portada que reproduce un soleado fotograma de la película –ella tendida en bikini como una Maja dorada sobre un césped suburbano y con sombrero de plumas y gafas de sol enfocándome al estallido de una música cutre que oigo en la inscripción–, me di cuenta que el tema bien merece una serie al estilo de la gatopardina y reconocí que quizá la consorte tuviera parte de razón en sospechar de la castidad de mis encierros.

A continuación vinieron una novela con posibilidades de buena película histórica (contradicción en los términos), “Bomarzo”, y un fresco psicológico, “El Cuarteto de Alejandría”, apenas esbozado por Cukor con dos actores ideales: Anouk Aimeè y Dick Bogarde. Siguió “El Siglo de las Luces”, prodigio verbal –real y maravilloso- inadaptable al cine por el horror de Carpentier a los diálogos, y que pese a su volumen no pude menos de embutirme en el bolsillo opuesto al que ya atiborraba “Lolita”.

Los siguientes, “La Montaña Mágica” y el primer tomo de “En busca del tiempo perdido”, eran tan memorables –e inmemoriales-, que tentado estuve de rellenar el saco y volver con él de vuelta a casa, donde no sería recibido como un Santa Claus cargado de regalos. Ninguna de la pareja de obras tan fáusticas ha sido llevada al cine, y ni siquiera lo logró Visconti después de haberse empecinado en ello a lo largo toda su carrera.

Sobre una tubería a ras de suelo, un ratón frunció los bigotes como desaprobando a Henry Miller y Fernández Santos, ambos en mis manos, y aunque estuvieron a punto de caérseme de ellas, no seré yo de la calaña de quienes hoy en día reniegan de obras que en su día alabaron y desconocieron. Apenas recordaba nada de “Las Lanzas Coloradas” ni de “Las Hermanas Coloradas” (no es broma, son obras de Uslar Pietri y García Pavón); si ninguna gota de plata se me filtraba por el encalado muro del olvido, quizá no merecieran la relectura.

Luego de colocar varios más, tuve que pararme a respirar hondo. Me sentía agotado bajo el peso de tantas imágenes como me impartían todos aquellos libros, y no sólo de su contenido, sino –lo más inadecuado- de mi intrahistoria mientras los leía; y, mirando entonces en torno, de los desconchones de las paredes, de las grietas del techo, de la áspera desolación del cemento del suelo y del regurgitar de las cañerías, se me insinuó lo vacua que se me ha quedado la vida desde que no leo mis trescientas páginas diarias. 

Vivir sin leer es como ver sin voz una película de Billy Wilder.                                                             

4 comentarios:

  1. Estás cargado de buen cine y buena literatura (¿Miller...? me pasa lo que a ti, se me cae, pero la nostalgia impide que llegue al suelo).

    ¿Crees que podrás releer En busca del tiempo perdido o El hombre sin atributos? Me da vértigo intentarlo a pesar de que lo disfrutaría seguro. Por cierto que hay una adaptación (parece que bastante floja)al cine de La prisionera.

    Sigue siendo un placer leerte. Deseo que sigas teniendo tanta suerte como la que has tenido al conocer a una viejita como la de El quinteto de la muerte.

    "Vivir sin leer es como ver sin voz una película de Billy Wilder". Genial despedida.

    Saludos
    Victoria

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  2. Capto la indirecta de El hombre sin atributos. Pero en castellano hay una traducción insufrible e intuyo que tú puedes leer el original.

    ¡Saludos y gracias por tu lectura!

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  3. No hubo ninguna indirecta. El relacionar los dos libros fue simplemente por lo que creo que me costaría releerlos. No sé alemán, leí El hombre sin atributos en una edición completa con una buena traducción, sé que hay varias.
    Saludos

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  4. Voy a releer la huida de Ulrich con su medio hermana al sur. Saludos, pronto desde Viena.

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