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martes, 15 de mayo de 2012

SOBRE "EL TERCER HOMBRE", LA NOVELA Y LA PELÍCULA (I)

O cómo toda buena historia empieza con una llegada o una partida


Aunque mi visita no haya causado más muerte que la de mis ilusiones, y no la de dos hombres, como la de HollyRollo Martins, ¡ojalá tampoco yo hubiera ido a Viena a buscar al fantasma en todos los sentidos de Harry Lime! Me fue tan pésimo que esta mañana casi me he alegrado de volver al banco; mejor me hubiera quedado en casa releyendo la novela y revisando la película, que fue lo primero que intenté al llegar a casa.


Ya fue nuestra llegada a Viena tan catastrófica como la del sub-novelista inglés (americano en la película) Rollo (Holly en el film, esto es, Joseph Cotten) Martins, cuando apenas llega a tiempo de enterrar a su mejor amigo, Harry Lime, que le había mandado llamar a la vieja capital medio borrada del arrugado mapa de una Europa tan devastada como la de hoy bajo los ataques de unos "mercados" con depósitos de valores tan peligrosos como los de armas.

En nuestro caso el desengaño estribó en la supersticiosa negativa de la consorte a ocupar el cuarto que en una pensión había yo reservado sabiendo que tenía vistas al Zentralfriendhof, el Cementerio central de Simmering, donde mismo se inicia y concluye la acción de la historia: inolvidable principio que como en el verso de Eliot que no es de Eliot sino de la Bilbia empieza por un final (el entierro) e igualmente memorable final que empieza por el principio, y en el caso de la novela con un principio: el amor entre Anna Schmidt y Rollo Martins, imposible entre Anna Schmidt y Holly Martins. 

El mayor Calloway, el narrador de la novela, nos advierte que incluso la tierra helada del cementerio se negaba a aceptar al miserable de Lime (significativo apellido), y en la última escena vemos que ha empezado el deshielo: magistral tratamiento del paso del tiempo y quizás metáfora del enternecimiento de Anna.

A la novela y a la película les pasa como a la consorte y a mí, que tenemos distintos puntos de vista. Porque haciendo abstracción de la voz en off que nos sirve de maestro de ceremonias tan raudo que casi no tenemos tiempo de leer los subtítulos, y no vuelve a hablar, la película nos ofrece el punto de vista de Martins. En el relato, Calloway es un narrador tan forzado que al principio nos explica que parte en verdad casi todo de lo que nos va a contar lo supo por Martins; y para patentizarlo varias veces nos muestra Greene a ambos departiendo sobre la cuestion.

No obstante, narrados los hechos por un testigo y a un año de distancia, la historia adopta el tono reflexivo e irónico tan caro a Green; y, conociendo el final, Calloway va bifurcando el camino de nuestra lectura con las encrucijadas de la intriga, sembrándolo de las semillas del misterio, de modo que, como hacía yo antes de casarme, nos obliga a leer de una sentada las ciento treinta páginas. 



Pero no he sabido arrancar tan bien como Graham (ya es de la casa): a excepción de mi matrimonio siempre es más difícil empezar una historia que acabarla. Ya debería haber dicho que en nuestro recorrido comparativo entre cine y literatura estamos ante un caso único. No es solo que el autor de la novela y el guionista sean el mismo, sino que antes el guionista decidió escribir una novela para disponer de abundante materia prima, de suficiente información donde seleccionar más tarde, a la hora de elaborar el guión. Supongo que, como novelista que era, no estaría habituado a crear una historia directamente en imágenes y prefirió trabajar como de costumbre.

Surgió así una excelente novela no un mero borrador del guión, no obstante superada o consumada por éste, gracias a las aportaciones de Orson Welles (Harry Lime), Alexander Korda y sobre todo Carol Reed, el director y corrector del guión. De modo que veremos cómo hay entre ambas versiones pequeñas o grandes diferencias en el tratamiento de la historia, casi siempre a favor del film.

Sobre la insoluble polémica respecto a la intervención de Welles en el guión y la dirección, en estos años he virado de parecer incinerado mi fuego juvenil y ahora me inclino por su parquedad. Parece que sus aportaciones se limitaron a las frasecitas que dice al bajar de la noria y quizás, por estilo, a los barrocos planos de la conversación a través de la escalera entre Martins y el conserje (en la novela es un vecino), y a un mayor desarrollo de la secuencia de las metafóricas cloacas (lo vemos tan agobiado por los encuadres como bajo los oprimentes techos del burdel de "Campanadas a Medianoche"); pero emito mi opinión con la misma mesura que uso en las conversaciones con la consorte.

Y así, hube de renunciar a las vistas al cementario y el pobre taxista volvió a acogernos, mirando a Alma como si fuera a secuestrarle el taxi he aquí una idea para terroristas con miedo a volar–. Por contra, nos confiamos a su criterio; y a través de las calles de una noche de primavera ancha y limpia y clara como el cristal, que nada tenía que ver con los harapientos callejones ni con las plazas densas de ruina y miseria y de mendigos entre casas tullidas o mutiladas, ni con los laberintos expresionistas de la Viena de posguerra, nos llevó a un hotelito recoleto y moderno que por desgracia no mostraba desperfectos y hasta estaría bien provisto de vinos y viandas, porque tenía el defecto de no haber sido bombardeado en una Segunda Guerra Mundial que en cualquier caso ya en los años cincuenta todos habían olvidado al punto de que los vencidos prosperaban más que los vencedores. Porque llegué a la vileza de anhelar que Viena fuera la ciudad arrasada que había sido mientras se rodaba "El Tercer Hombre", tal es mi impulso hacia la irrealidad, mi tendencia a cartografiar mi imaginación a la escala de la eternidad, a aislar lo fabulado en el paisaje de ensueño de un óleo donde reina el puro espacio, en el tiempo disecado e incorrupto de un fotograma.



Pero al bajar del taxi no solo me despabilaron las exhorataciones de la consorte a que me ocupara de las maletas, sino la visión de un anciano bien vestido desentrañando un contenedor de basura, escena que no podría defraudarme porque parecía recién salida de la película de Reed, lo cual me avergonzó de mi deseo previo. ¿Cuándo me liberaré del complejo de culpa que me imbuyeron los curas, y que ya me había torturado en el vuelo, pensado que el cegato oficinista cuyo plan de pensiones, entre otros, me había permitido pagar los billetes, por mi causa ya nunca conocería Viena? Lo cual sería una suerte, después de todo, si también a él le gusta "El Tercer Hombre". En parte me había pasado igual que a Reed, cuando llegado a rodar se sorprendió desagradablemente de lo despejada y medio reconstruida que ya estaba la ciudad, mientras Graham le perjuraba que solo tres meses atrás todo estaba tal y como él lo había descrito.

Mientras nos instalábamos seguí yo ensimismado en otro esfuerzo mental, olvidarme de "El Mundo de Ayer", y no me refería a mis vicisitudes en el banco, sino a la obra en la que Stefan Zweig se lamenta de cómo la intolerancia cercenó el florecimiento cultural de la gran Viena. A partir de la mañana siguiente, la Viena de "El Tercer Hombre" no solo debería, a mis ojos, superponerse a la actual, sino también enterrar bajo sus cascotes a la Kakania de Musil, la capital de la Cultura de todos los tiempos, aquélla en que el coche de Schöenberg podía atropellar a Johann Strauss junior, que albergó a Witgenstein y a Kraus, a Joseph Roth y a Mahler, con Freud y Schitzler a punto de toparse en cualquier esquina.



Mentalizándome que seguía, no entendí lo que me estuviera diciendo la consorte, que como  de costumbre estaría quejándose de que no le respondiera o no le hiciera caso, o no me enteré muy bien qué otra injusta acusación. Ojalá fuera ella tan comprensiva como Anna con Harry, al que ama pese o precisamente porque es un delincuente y un canalla para quien ella apenas es una buena chica con la que divertirse.

La luz apagada, mis dos damas seguían enfurruñadas la consorte como una niña pequeña y la niña pequeña como una consorte. Así que, como hago con ciertos argumentos para intentar conciliar el sueño me proyecté mentalmente "El Tercer Hombre" sobre la pantalla en blanco de mi vigilia. Lo mejor es cuando no hay película de la novela y yo mismo tengo que diseñar cada plano. ¿Os parece una buena excusa para contar ahora mismo el argumento a quienes no conozcan la novela ni la película?

No temáis, me dormí mucho antes de terminarla. Como quien redobla las letanías de sus rezos esperando el sueño, estuve pensando en cómo se indignaba Martins contra el mayor Calloway porque éste hubiera acusado al por entonces aún difunto Harry. Luego se entrevista con los conocidos de su viejo amigo, el disminuido roble Kurtz, el pulcro doctor Winkle (¡Winkler!), el norteamericano Coooler (rebulléndome en la cama advertí que me había pasado a la novela), y la abatida Anna, la chica de Harry. Un vecino, testigo presencial del acidente en que su propio chófer atropelló a Lime, que había cruzado repentinamente, contradice a los anteriores también presentes en el suceso, sosteniendo que Harry murió en el acto y añade que fueron tres y no dos los hombres que transportaron el cadáver.



Con el apoyo económico de Mr. Crabin, el representante de British Council que lo toma por un autor de prestigio y no el autor barato de novelas del Oeste que es, Martins desoye el consejo general de abandonar Viena, se queda a descubrir al asesino de su amigo, que acaba de eliminar al conserje (ya he vuelto a la película) para acallar su versión de los hechos, y aún tiene tiempo para enamorarse de Anna la triste mientras rememora con ella el carácter de Harry y se acerca a consolarla, le mira la pena en los ojos y ella inclina la frente en el hueco de mi hombro mientras le hablo muy bajito y su cabeza se estremece y siento en el cuello la lluvia de su pelo... ZZZ

2 comentarios:

  1. La verdad es que ardo en deseos de ver Viena, pero también me ocurrirá, presiento, que el primer sentimiento será de decepción al no encontrarme con las ruinas y las sombras que nos brinda la fotografía de la película.

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  2. Es muy posible. Al menos así lo imagina el protagonista del post, que cuenta con la ventaja, respecto a mí, de conocer Viena. También yo ardo en deseos de ir!

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