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sábado, 5 de mayo de 2012

UN PLAN DE VIAJE


Sobre “El Gatopardo” de Lampedusa y el de Visconti (VI?)


Condenado que estoy estas mini vacaciones a regalarle a la consorte el viaje que aún le debo como tardía luna de miel, con la consecuente consunción de mis ya anémicas lecturas, después de que ella excusara su deserción del stand de teléfonos con los inverosímiles acercamientos eróticos de un sinfín de clientes, he tramado un viaje sentimental a Viena tras los pasos de Harry Lime, y a la vuelta inaugurar una serie de posts consagrados a “El Tercer Hombre”, novela y película.

Pero he de andarme con cuidado de no prolongarla como ésta del Gatopardo, pues mi hermano me insiste en que cambiando más de tema ampliaría mi número de visitas, dándome a entender que considera la mayor parte de las que le digo obtener autocomplacencias de un pedante que una y otra vez entra en su blog para releerlo a los hipotéticos ojos de un extraño.

De modo que para convencer a la consorte, y como hemos acordado que cinco días –y poco dinero– sólo dan para Europa, y hay que aprovechar para verla antes de que se extinga cual Atlántida sumergida bajo esos tiburones de la Bolsa, como sé que me va a llevar la contraria y para hacer gala de mis rarezas, le he sugerido en el desayuno –también por la aliteración– Bucarest y Budapest. Rechazó la primera, como no fuera para vengarse del portátil que le afanó una rumana hurtándoselo a alguna compatriota, y aunque también declinó la segunda, lo hizo con menos saña y confiaba yo en que el curso del Danubio la llevara, azuleándose, adonde yo quería. Y en efecto, se aclaró la garganta y, ¡eureka!, propuso Viena. ¡Sabía yo que que se decantaría por el glamour prehistórico –valses crepitantes de sedas y perlas al resplandor de las arañas– y la pretenciosidad de esa ciudad que odio desde que leo a Berhnard, pero que tan necesaria se me ha antojado por mor de mi proyecto. Fue entonces que interrumpí el trayecto de la taza y entrecerré los ojos, haciendo que me lo pensaba. De las orejas parecía resbalárseme un regocijo interno. Ella se rebullía como cuando Alma le mordisquea un pezón. Superpuesto el labio inferior sobre el de arriba, he asentido con la indiferencia del que piensa que aquél será un lugar tan bueno como cualquier otro para arrastrar su aburrimiento.



Así que en el banco, esta tarde me abstengo de amenazar a los morosos y aprovecho para reservar los billetes y sellar la serie del Gatopardo; pero recuerdo el poema de Baudelaire (“Invitación al viaje”) y cuanto en Proust suscitaba la resonancia del nombre “Venecia” cuando se disponía a visitarla por vez primera (o eso creía), y me desconcentra la expectación del viaje –sin duda mejor que el desarrollo del mismo, igual que todo preludio (sobre todo el de “Tristán e Isolda”) es superior a la consumación del acto, operístico o no.



Retomemos el camino. Nos habíamos quedado en cómo Visconti enlaza significativamente la renuncia del Príncipe a la vida pública con la secuencia del baile, donde su nombre es anotado en el carnet de baile de la Muerte para su próxima contradanza con doncella tan pálida y escuálida. Y además entre sendas secuencias se ahorra el episodio en el que el Padre Pirrone solventa en su aldea natal una riña familiar amañando una boda de conveniencia, capítulo que en la novela contrapuntea –como shakespeareano correlato plebeyo– el arreglo matrimonial entre Angelica y Tancredi. Asimilada al sórdido acuerdo de la aldea, denigrada en tan esperpéntico espejo, la inminente boda patrocinada por Don Fabrizio ya no parece tan romántica ni enaltecida por la belleza y la juventud de los contrayentes, sino que se nos revela como lo que es, una alianza entre el dinero y la nobleza. Sin embargo, el cine no puede permitirse rebajar el rentable proceso de identificación de los espectadores con los personajes. Y así nada se nos muestra del esnobismo de Angelica y se manifiesta menos la hipocresía oportunista de Tancredi.

Pero es en sus finales donde más divergen el esteticismo de la película y la más descarnada novela. Mientras la primera apuesta por un final intimista y melancólico en que, siguiendo el punto de vista del Príncipe, asistimos a su asunción plena de la muerte, la segunda se decanta por un desenlace desmitificador y anti climático, presentándonos no sólo la decadencia senil y hasta la agonía del Príncipe en una habitación de hotel, sino también los desvaríos y la amargura –muchos años después de la muerte de Tancredi–, de sus descendientes.

Visconti reproduce la morbosa fascinación de Don Fabrizio contemplando “La Muerte del Justo”, de Greuze (se me ha escapado: en cuanto me vea, mi cuñado empezará a parlotear de éste), en la biblioteca del anfitrión del baile. Pero si bien en la novela apenas se describe el solitario regreso a pie del Príncipe a casa, en la película este paseo bajo las frías y pálidas estrellas de su muerte –aquéllas que no ha dejado de observar desde su telescopio–, se constituye en el final de la obra. A paso meditativo, se tropieza con un sacerdote, la casulla espectral, que con un monaguillo lleva el viático a otro agonizante; y, al estallido de un lejano cañonazo y al repicar de una campana que parece doblar por él, el Príncipe de Salina arrodilla su orgullo de raza ante la dignidad de la muerte propia. Que sabemos que él sabe inminente. Y lo vemos levantarse y avanzar vacilante, como si en esa noche hubiera envejecido diez años, a través del alba desmoronada de un final de fiesta, para internarse en un callejón umbrío.



Por el contrario, Lampedusa nos describe la muerte del personaje acaecida pocos años después, y nos hace asistir a una agonía en la que predomina una sensación de desencanto o desaliento por las defraudadas idealizaciones del pasado. Y aún más patéticas son las últimas veinte páginas, un desolador epílogo en que el novelista se complace en describirnos la cruel decrepitud, treinta y cinco años más tarde, de las hijas del Príncipe. Las ancianas asisten a la descatalogación por parte de la Curia de las presuntas reliquias que han ido acopiando, como si lo que se les impugnara fuera la autenticidad de sus apolillados recuerdos y fueran sus propias vidas las relegadas a la categoría de fraude para sí mismas. Incluso por lo que me parece el lapsus de un conocido, Concetta queda condenada a la duda –irrazonable– de si no perdió a Tancredi por su propia culpa y se deshace del último vestigio del pasado, el maltrecho perro embalsamado que en su tiempo había sido el ser más vivo de toda Villa Salina.

Y recordando a Flush, el perro perdido de Virginia Woolf; a aquel otro del “Señor y Perro” de Thomas Mann o a los Terranova de Jack London; a Ariel, el galgo de Mújica Láinez; al heroico “Lion” de Faulkner, cuyo fantasma perseguirá por siempre al oso en el claro del bosque; al perro que nunca olvida del todo a su perdido amo en aquel relato de Clarín; a tantos perros reales y de ficción, por algún motivo recapacito en que los primeros dejaban a sus dueños bastante más de diez minutos seguidos para leer o escribir.

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