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viernes, 25 de mayo de 2012

EL TRASPLANTE DE UNA BIBLIOTECA (III)

Mucho mejor he dormido hoy –casi cuatro horas– y para colmo, como siempre en blanco y negro, he soñado premonitoriamente que el mafioso del Ferrari nos hacía otro depósito –deposición de sus tejemanejes– y que el director me concedía la tarde libre. La cual he aprovechado para prolongar o prologar –tal es su magnitud– la mudanza de libros, que tomándola como coartada para escaquearme la consorte ya no ve con tan buenos ojos; pero, aunque con el Seat averiado hoy el trasplante era altamente sospechoso, la he convencido diciéndole que me iba a acompañar mi hermano Ramón, a quien ella cree muy responsable.

Y por una vez aquello era tan exacto –y mi excusa tan cierta–, como que lo vi esperándome en la esquina. Con lo que hice valer mi derecho de primogenitura y dejé caer la saca de libros para que fuera él quien la arrastrase como una carga de mis pecados hacia mi biblioteca underground–clandestina. Al veinteañero tardío en nada parecía haberlo afectado el despido: con el logotipo de esa marca no sé si inspirada en la diosa griega Niké inscrito desde las zapatillas hasta la gorra de su clásico desahogo, que casi le hace cuestionarse si cargar con el saco, traía ese aire ausente que, infligiendo la soledad a mi cuñada, lo abisma en algún inefable cálculo infinitesimal y lo deja mirándote a tu través como quien no encuentra la forma de despedirse.

Y dado que tampoco yo soy Demóstenes ni el predicador –Burt Lancaster– de “El fuego y la palabra”, llegamos en silencio al sótano, con los incidentes de comprobar que aún me sigue el de la gabardina (¿sería por leer “Todos muertos” de Chester Himes?) y de esquivar a nuestra madre para que no viera a mi hermano por la calle en horario de trabajo. Me extrañó verla seguida de un rebaño de vecinos pendientes de sus oráculos; en las épocas de crisis triunfan los profetas del Apocalipsis. Tal vez fuera una idea que mi hermana hiciera de ella una rentable líder de masas al estilo del de “Un rostro en la multitud” o “Juan Nadie”.


Iniciado el saqueo del saco, la primera sorpresa que me dio Ramón fue pedirme prestado “Catedral”, de Carver, que le dejé de buen grado, pues aunque bien haría en aprender de su parquedad, he acabado por detestar a ese autor antípoda de mi estilo, a ese enemigo jurado de los adjetivos que para todo era conciso menos para las copas. Y es que, por mucho que ahora tuviera más tiempo libre, gracias a sus atajos cibernéticos yo suponía a Ramón con acceso hasta a la extinta biblioteca de Alejandría.

Ya habíamos atiborrado de libros dos tandas de la tercera estantería –todos de grato recuerdo; esta vez sólo se me cayó de las manos “Al Este del Edén”, cuya lectura propicia a Vargas Llosa “el placer de la mala literatura”, comentario homologable a la enfática adaptación de Kazan. Ya dormían allí, por ejemplo, “Rojo y Negro”, a la que desperté para rescatarla de vuelta a casa (¿os imagináis una versión de Jean Renoir con Jean Marais de Julian Sorel?), “Una familia lejana” (Carlos Fuentes ya no será uno de los pocos autores vivos a los que leo), “Plan de evasión”, de Bioy (¿qué me atraerá tanto de este título?), “Pedro Páramo” (de imposible banda sonora que no fuera un viento felliniano de fin de fiesta), “Misteriosa Buenos Aires” (una treintena de relatos de Mújica Láinez –éste sí afín a mi estilo–, que imaginé adaptados a una inverosímil película de episodios, de esas que nunca salían bien cuando proliferaron, en los sesenta, abonando mi teoría de que el cine murió en el cincuenta y nueve), "Oliver Twist" (menudo díptico dickensiano, y éste sí que existe, junto a “Cadenas rotas”, el de David Lean, el poeta de la metonimia)…



Y me preguntaba yo qué habría sido de mis cientos libros de poesía, que llevaba años sin ojear ni hojear, pues aún no había aparecido ninguno en el trasplante, y ya me planteaba si se habrían exiliado por mi creciente obsesión por la prosa o temían de mí un holocausto, si me los habría escondido la consorte para acrecentar mi pragmatismo o su volatilización sería una metáfora de la pérdida de mi juventud o del rebajamiento de mi romanticismo con alguna dosis de escepticismo, me cuestionaba, os digo, todo esto cuando Ramón dio el golpe de gracia a mi solipsismo. Como si nada, en vez de volver a aconsejarme que desertara de este blog para escribir una novela, me dijo que él había escrito un relato.

Sí, eso es, un relato de ficción, al estilo de los de Chejov o Maupassant (“La Diligencia” procede de la idea de “Bola de sebo”), aunque quizá no tan bueno, supongo. Me hice el sordo colocando el Quijote, aboliendo su declaración con un simulacro de estornudo y preguntándole si conocía aquellos esbozos de Welles sobre el caballero andante; pero él se quedó un instante pensativo y me lo repitió, que sí, que como ahora le sobraba el tiempo había escrito un cuento, de modo que, después de hacérselo repetir una tercera vez, no tuve más remedio de pedirle que me lo mandara algún día. Se fundió la bombilla, y no es ningún truco narrativo. Mientras él la cambiaba a la luz de mi móvil, noté que muy adentro de mí me rechinaba la puerta del castillo de mi orgullo: habían entrado a robar. Y resulta que habían encontrado algo cuando yo creía que ya no quedaba nada. ¿Dónde se había visto que fuera el primogénito el amilanado y desposeído y vampirizado por el segundón? ¡Si toda la vida los segundos o terceros hermanos habían tenido que refugiarse en las filas del ejército o de la Iglesia! Me sentía como Bette Davis ante Eva al desnudo.


Y a propósito de cine (¡ardua transición!), anoche cayó sobre el salón el crepúsculo de otro western: “The Deadly Companions”, de Sam Peckinpah. En la banda sonora levita un espectro de la melodía “Johnny cogió su fusil” para representar la demencia militarista del antagonista: un canalla que en toda su vida sólo había encontrado acogida en el Ejército.


El decadente protagonista es un cincuentón convaleciente de toda clase de traumas que jamás se quita el sombrero –como aquel párroco de Hawthorne que nunca se despojaba del velo–, que mata por accidente al hijo de una Maureen O’Hara cuarentona avanzada; total, el anti star–system. Con aliento faulkneriano (“As I lay dying”) ambos conducen el ataúd a través de tres días de distancia y de ríos torrenciales y paisajes en descomposición y peligros sin cuento, para enterrarlo junto a su padre. Aunque la relación entre ellos ha sido tirante, al llegar al cementerio, los deslumbra un relámpago de amor que, cuando ya desesperaban de encontrar la tumba del padre, también acaba por alumbrar la lápida y la honestidad –¿se habrá eliminado tal término en las nuevas directivas de la R.A.E.?– de una Maureeen de la que ya empezábamos a dudar.

Al film le falta lo que que tanto abundaba en la novela de Faulkner: la bandada de buitres rastreando el ataúd. Y el modo grotesco en que, al término del infernal trayecto, enterrada Mrs. Burden, Anse Burden presenta a su nueva madre a su prole, es el reverso de lo que al final sienten los personajes de la película; estamos ante las dos caras del amor, la real –la ridícula, la de Anse– y la otra, y sí, mi castigo por pensar así, agobiado por las obligaciones de un paterfamilias, y mirar la mala cara de la luna ha sido extraviar los libros de poemas.

Pero los espectadores de “The Deadly Companion” nos quitamos el sombrero cuando a su vez el protagonista al fin se descubre del suyo, muestra la cicatriz que le ciñe la frente –el trauma que lo paralizaba– y aprende lo que a nosotros ya nos había enseñado el cine Peckinpah: que aunque para deplorar el horror y la violencia él siempre se haya valido de las imágenes de la violencia y el horror, ni siquiera el odio merece el odio como respuesta.


De modo que, conmovido, le pido a mi hermano que sin falta me mande cuanto antes su relato –espero que un achuchón a la consorte me valga recuperar mis poemarios–, y entonces derribo de un codazo esa actualización de la historia de Cain y Abel que creo recordar era “Al Este del Edén” y Ramón me dice que solo era una broma, una forma de espolearme a que de una vez acometa la novela que todo el que me conoce peor que yo a mí mismo espera que algún día escriba. Pero al oírme lamentar que entonces ya no podría imitar a Lampedusa, que emprendió la composición de “El Gatopardo” al comprobar que hasta el imbécil de su cuñado era capaz de publicar –aunque el sólo acabaría por hacerlo póstumamente-, mi hermano volvió a cambiar su versión y me dijo que si ése era el problema me mandaría el relato en cuanto lo puliese un poco, y que ya que me lo había tomado tan bien, para que yo le diera mi opinión del cuento, un día de estos me invitaría a comer.

Seguro que me ofrecería un plato de lentejas.

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