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miércoles, 2 de mayo de 2012

SOBRE “EL GATOPARDO” DE LAMPEDUSA Y EL DE VISCONTI (V)

Aunque hoy también llueva, camino del banco bailo ensopado –el paraguas remolineando como bastón de Charlot, chapoteo de alegría y me abrazo a las farolas como Gene Kelly en “Cantado bajo la lluvia”. Y es que ayer las dos damas de mi vida atenuaron sus quejas, exigencias y requerimientos al punto de permitirme ver casi veinte minutos seguidos del Gatopardo, pues gracias a sus continuas interrupciones me estoy imbuyendo de la estética fragmentaria del posmodernismo.



Y para colmo, desde esta mañana me hallo con ánimos de darle a mi madre la mala nueva que ayer me endilgó mi hermano y hasta a vosotros he tenido que ocultar (internet no es una red, sino un pañuelo –y tendido en el patio de vecinos de la Humanidad–), porque si a la pobre no se le versionan –mejora– las noticias, ve confirmado su inveterado pesimismo y durante semanas se entrega a predicar por el barrio el fin de los tiempos al estilo de cualquier milenarista ebrio.

La desgracia en cuestión estriba en el enmudecimiento de la voz de mi hermana a través de las ondas hertzianas (después de la Reforma Laboral no debió programar el “Iván el Terrible” de Prokofiev durante cerca de minuto y medio); pero desde hace un rato podré endulzarle a mamá semejante amargura con la exaltación de mi cuñado, de gacetillero, a Conservador, Comisionado, Comisario de exposición –o no sé qué otro desagradable nombre– de un famoso museo. Cumplida su vocación, se volverá más insoportable su manía pictórica que ya nos embadurna las cenas familiares con las manchas ocres de Poussin o nos sume en las nieblas de Turner.



Pero volvamos a lo nuestro. Revisando ayer esa secuencia del Gatopardo que me dejaron ver y donde nos quedamos el último día, volví a sentir lo que me ocurre a partir de la quincuagésimo quinta visión de cualquiera de mis obras predilectas, y que finca en que a esas alturas me parece conocer tan minuciosamente el propósito de todos los planos o el ínfimo detalle de cada puesta en escena, que cedo a la delirante sensación de ser el director del film y que en esos instantes estoy viendo, con una mezcla de orgullo y escepticismo, una de mis viejas películas. Me parece detectar la elevación de vuestras cejas.

Supongo que semejante impresión se deberá a la irreversibilidad, a la necesidad que se destila de toda repetición desmesurada, y que hace imposible creer que las cosas puedan ser de otra manera a como hemos visto mil veces, y hasta llegamos a venerar lo que en su día se debió a la censura o a la manipulación de los productores –en “El Gatopardo” la Fox abrillantó los melancólicos tonos de la fotografía original–; y de la misma forma que una mentira muchas veces repetida acaba pareciendo verdad (léase cualquiera de Rajoy), creemos y queremos inmutable ese objeto artístico al punto de sentirnos personalmente responsables de que así se mantenga y nada cambie porque nos representa e identifica tan por entero que podríamos haberlo creado nosotros mismos. Y además hechizando el tiempo a base de repeticiones –ritos– acaso podamos engañarlo y aspirar ese sucedáneo de estupefaciente perfume de inmortalidad que es el arte.

Y eso es lo que les pasa a los sicilianos, según el Príncipe de Salina en la secuencia que vi anoche, que odian los cambios y, creyéndose perfectos –perfectamente desgraciados y miserables– se sitúan más allá del tiempo.

A lo largo de este triste episodio de la visita de Chevalley a Donnafugata, cuando Don Fabrizio declina la oferta de éste de integrar el Senado, se produce en el film esa literalidad textual respecto a la novela con que ciertas películas (“Julio César” o “El Sueño Eterno”), lejos de renunciar a los medios expresivos que les son propios por mor de la fidelidad a la palabra escrita, nos muestran una imagen de lo textual, una visualización literal de los conceptos, que roza la sinestesia de un Messiaen o un Rimbaud cuando distinguían colores en las notas musicales o en las vocales.



Al ingenuo Chevalley, asustado desde su llegada por historias auténticas sobre la crueldad de los sicilianos, acaba de horrorizarlo el monólogo del Príncipe en que Lampedusa parece justificar su propia inacción de noble decadente –que al menos rompió al final de su vida para escribir la novela-, poniendo en boca de Don Fabrizio su visión fatalista sobre el carácter y la historia de los sicilianos, de siempre habituados a ser sojuzgados por múltiples invasores. Un tercer noble, Visconti, discrepaba de esta actitud pasiva de sus dos colegas.

Según asegura el Príncipe al parpadeo tenue de un fuego que parece iluminar su resignación, las ideas progresistas tampoco despertarán de su inmemorial sueño a unos sicilianos que, apáticos por el calor y ufanos de la belleza de su tierra, denegarán la ayuda del nuevo Estado porque, además de no creer en ella –los liberales son el enésimo invasor–, no quieren ayudarse a sí mismos. Y seguirán tan petrificados como él mismo, negando el paso de un tiempo que para ellos será por siempre atraso ancestral, prolongación de su pobreza e infección de una herida que en vez de curarse se lamen con delectación.

Con ellos, Don Fabrizio piensa que si todo acaba en la muerte, ¿para qué hacer nada que no sea mirar el bello panorama o las estrellas? De hecho, su inmovilismo político (expresado en la novela, gracias al monólogo interior, con más desprecio hacia Chevalley) acaba siendo psicológico, vital: afectado por ese impulso de muerte que Lampedusa leyó en Freud, ya se encamina hacia su último vals.

Y de la harapienta y lóbrega alba siciliana parte la diligencia del futuro para no volver en medio siglo, llevándose a Chevalley, que sigue sin entender nada, y dejando en tierra a un Príncipe casi tan pesimista como mi madre.





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