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martes, 21 de mayo de 2013

JENNIE




                  


En esto consiste mi vida, y tendré que desahuciar las últimas esperanzas de que cambie, en esquivar a la patrona, recibir una negativa tras otra de los marchantes y oír los vagidos de mi estómago. Y sobre todo, en deambular entre la multitud de Nueva York seguido por el perro de dos cabezas del desánimo y de la tristeza, sin nunca encontrar lo que busco, otro artista incomprendido de los tantos que como huérfanos o borrachos o desertores vagamos por los aledaños del miedo y la locura, y de vez en cuando nos engañamos creyéndonos llamados por alguna voz oscura desde cualquier esquina, y cuando nos dirigimos allí nos encontramos el callejón vacío y sórdido, hasta la noche que allí nos aguarde una mujer esgrimiendo la belleza clemente de una sonrisa y un cuchillo.

Solo soy un pintor cuya modelo y musa es un fantasma, una joven llamada Jennie. Ella es mi única inspiración y ya que ahora, en un rapto de cordura, admito que solo es una criatura de mi imaginación, una fantasía de solitario, acaso una alucinación del hambre, un delirio o una fantasmagoría, tengo que concluir que mi inspiración tampoco existe.

Conocí a Jennie, o me la inventé, este invierno, cuando de la mano del desaliento efectuaba mi via crucis por las galerías de arte. En la última había conocido a Mrs. Pinney, una bondadosa señora que solo por compasión, y porque yo le gustaba, me compró una marina, no sin advertirme que solo abonándola con sentimientos, con amor, florecería mi técnica. Aunque a solas me reí de su cursilería, en el fondo me cuestionaba si no tendría razón. Lo peor no es ser un pintor maldito, sino seguir incomprendido para mí mismo. Al pintar buscaba a tientas en la noche, como un marinero abandonado en el mar oscuro busca desesperadamente un salvavidas, aspiraba a expresar algo inefable que veía y no veía, cierto matiz sombreado o tal vez un brillo, algo que me mantenía cuerdo pero también acabaría por volverme loco, un misterio por el que merecía la pena vivir y por el que no me habría importado morir. De hecho he sacrificado mi vida a la consecución de ese aura hasta entonces invisible para todos menos para mí, al esbozo de esa sombra de una sombra, ese reflejo de un reflejo que seguía eludiendo a mi pincel.

Gracias a la buena de Mrs. Pinney me dirigía a la pensión con un puñado de billetes que me permitirían comer el resto de la semana, cuando me fijé en una niña que moldeaba un muñeco con la nieve de la mañana. Por efecto especular de la calle nevada o del silencio transparente que ahuecaba los sonidos, todos los transeúntes me parecieron irreales menos ella. Me acerqué y nos pusimos a hablar: se llamaba Jennie. Me estuvo contando que sus padres, los Appleton, trabajaban de acróbatas en el Hammerstein Victoria, pero yo sabía que aquello era imposible, la típica fantasía de los niños, una mágica imaginación que ahora se me ocurre relacionar con la de los artistas, pues ignora por igual las coordenadas espacio temporales y solo se trasluce a la escala de la eternidad. Hacía años que el Hammerstein Victoria había sido demolido.

La fantasía irradiaba de los ojos de Jennie, enormes y oscuros como lagos al anochecer, de la melancólica alegría de su rostro, de la tristeza feliz de su sonrisa. Nunca había conocido a nadie tan simpático. Le enseñé mis bocetos y no le gustaron mucho: me aconsejó pintar personas en lugar de paisajes. Después de cantarme una enigmática canción se despidió, no sin pedirme –con el mismo tono- que la esperase hasta que creciera. Se olvidó un pañuelo de listas albiazules envuelto en un periódico y por más que la llamé su infantil silueta se esfumó como un claroscuro en la penumbra radiante del atardecer. Conforme se difuminaba dejando una estela, el mundo parecía reanimarse en torno; las voces ya retumbaban redondas y los viandantes recobraban sus sombras. Ahora era todo el mundo, menos ella, lo que me parecía real. Finalmente acabó por desvanecerse su halo de ensueño.

En cuanto llegué a casa recapacité en que de algún modo a Jennie la rodeaba eso que llevaba toda la vida buscando, algo real e irreal, material pero también espiritual, manifiesto y a la vez latente, aquello por lo que he vivido y me matará, la niebla que aureola la soledad de ciertos muchachos antes de alcanzar la pubertad, el halo empañado de los faroles en el frío, lo que a veces me atraía a las callejuelas algunas noches de primavera, el viento que ululando mi nombre parecía invocarme desde fuera y cuando me asomaba a la ventana o bajaba a la calle no me encontraba a nadie. Hasta la noche que afronte a la mujer de la sonrisa y el cuchillo resplandecientes.

Al día siguiente de conocer a Jennie me desconcertó ver que el periódico que envolvía el pañuelo era de hace veinticuatro años, de 1910, y que en efecto se anunciaba la próxima actuación de los célebres acróbatas Appleton en el Hammerstein.

Mientras cumplía mi palabra de esperar a que creciera, me apliqué intentando matizar aquella etérea sombra o halo en sucesivos retratos de Jenny. Me sentía más centrado y concentrado que nunca, más dentro pero también fuera de mí. Agotaba los días ante el caballete y muchas veces me olvidaba de comer y cuando los ojos me ardían la imagen de Jenny se enfocaba en el escenario de mi insomnio o de mi sueños. Cuando fui a la galería a mostrarle mis progresos a Mrs. Spinney, mi benefactora, una sonrisa le iluminó la cara. Me felicitó por haber al fin encontrado mi estilo.

Gracias a ella entonces descubrí que aunque aún me hallaba lejos, estaba en el camino de lograr algo. En aquellos bocetos del rostro de Jenny había en parte representado el extraño tiempo a través del que ella fluía, hasta entonces invisible para todo el mundo salvo para mí. De mis apuntes nacía un ritmo, el espectro de una especie de música que hacía que mis trazos no solo transcurrieran, como todo dibujo, en el papel, en el espacio, sino en otra dimensión, en alguna desconocida clase de tiempo.

A la salida de la galería volví a ver a Jennie. Su figura se transparentó a través de la risa del sol sobre la pista de hielo del parque. Había crecido mucho; en apenas tres semanas parecía haber cumplido seis años: seguía transitando por un tiempo distinto al de los demás. Grácil y alegre, en su rostro se habían definido las vacilantes líneas de la infancia, sus rasgos se habían afirmado y ya mostraba el nítido perfil de una joven. Se habían cumplido las promesas de su belleza, y no dejé de pensar que pronto quizá también en mi estilo se cristalizaran los avances y trémulos progresos de las semanas previas.

Patinamos, y me hallaba tan confundido que me caí varias veces. Además, detrás de sus risas ella me pareció ausente y de hecho tuve la impresión de que la gente me miraba como si estuviera solo. Ella solo era visible para mí como para el amante lo es la belleza del amado. Tomamos chocolate caliente. En la conversación perseveró en sus ambigüedades de costumbre. No quiso desvelarme dónde vivía y persistió en la historia de que sus padres trabajaban en el Hammerstein, cuando en su lugar ahora se erige un hotel, el Rialto. Prometió volver el sábado para presentarme a su familia y se despidió. Se alejó, transfundiéndose en los rayos declinantes y las sombras del ocaso, como en un bosquejo al carboncillo.

Por supuesto, el sábado no apareció. No se trataba del clásico plantón, pensé; ella me amaba, lo sabía: los solitarios somos quienes más entendemos de eso. Estos días he estado indagando sobre ella. He hablado con un ex portero del Hammerstein y la que fue encargada del guardarropa, y resulta que los Appleton murieron hace más de veinte años en un triple mortal, y nada se sabe de su hija, que de estar viva rondaría los cuarenta.

Por eso es seguro que lo he soñado todo. Jennie existe tan poco como mi inspiración, lo que busco es inalcanzable, algo irreal que está más allá del tiempo y de la razón. Mrs. Spinney sabe que nunca lo conseguiré y con sus falsos ánimos intenta consolarme, y como todo artista yo me autoengaño respecto a mi obra. Jennie es tan imposible como lo que quiero pintar en un lienzo que ya solo es la ventana por la que me arrojaré a la locura.

Pero colgado del caballete la punta de un pañuelo de listas albiazules se agita al viento.               

                                                                                                                                         

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