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viernes, 31 de mayo de 2013

LA GARDENIA AZUL




                  

Me he embrollado en esto por casualidad, como todo lo que ocurre en la vida, sobre todo aquí, en Los Ángeles, donde con el movimiento que tenemos nada es previsible, y más tratándose de mí, Casey Mayo, hijo de irlandés e italiana, nacido en un autobús entre dos estados y toda la vida un trotamundos amigo del azar, trabajando aquí y allá para pagarme los estudios, y no digamos ahora, con una columna del Chronicle a mi cargo y siempre al acecho de alguna noticia, de esa rara energía que las antecede, de esa claridad de silencio que como un relámpago de escarcha anuncia en el aire la inminencia de algún suceso.

Ya que por una vez no había ningún tema candente, pensé escribir sobre ese símbolo de la modernidad que es el teléfono. Así que mi compañero Al, el fotógrafo dormilón, y yo nos plantamos de resaca en la Compañía de Teléfonos de la costa Oeste, donde la supervisora nos estuvo mostrando la centralita donde se enhebran todas las llamadas interurbanas de Los Ángeles. Hace años pensé escribir una novela estructurada a partir de las llamadas que pasaba una atribulada telefonista, pero de momento me conformaría con el Pulitzer de periodismo.

Me quedé flirteando con una de las telefonistas entre quienes parecía muy popular un conocido mío, Harry Prebble, que había sido retratista para el periódico en los juzgados y ahora trabajaba para empresas de publicidad. A fin de ofuscarlo la rubia ojerosa con la que yo conversaba me dio su número (he aquí una de las ventajas del teléfono, propiciar las relaciones humanas), y Harry siguió requebrando a las otras chicas. Acreditaba una fama de galán que estaba cerca de desmentir su corpulenta figura. La verdad es que, sin nunca pertenecer a nadie ni a nada que no sea mi columna, me identifico con esa promiscuidad suya, y buena prueba es la agenda en la que apunté el número de la telefonista, repleta de teléfonos junto a otros tantos nombres femeninos subrayados o no (fue el caso), y resaltados o no (también) por uno o más signos de admiración.

Me llamaron del periódico para entrevistar a un petulante director de cine alemán (el autor de la mítica "Metrópolis") que se había prestado por sorpresa y me dejó sin almuerzo. La tarde también fue tan ajetreada que cuando me deshice de todo me encontré a las puertas del Gardenia Azul sin un plan para la noche. Así que entré para diseñar alguno a partir de la libreta, si es que no me sobrevenía otro en su peligrosa barra, eléctrica de guiños e insinuaciones.

Al entrar en este local la gente se deja las preocupaciones en el guardarropa y entre las flotantes islas de las bandejas de cócteles y los arbustos tropicales, con la relajación de la música, fluye un ambiente de frivolidad y disipación. Risas y gorjeos se derraman con el champán. En los reservados parecen celebrarse equívocos ritos. Y al primer conocido que vi fue a Harry Prebble, evolucionando en aquel perverso exotismo de sofisticación y camareros chinos con la confianza de un capo mafioso de Shanghai o Macao. Esperaba a una chica, y aunque el tipo no era lo que se dice un caballero, no me confirmó si se trataba de la telefonista de la mañana.

A mí me costó un par de llamadas encontrar una pareja disponible (¡bendito teléfono!), cierta asistente social que por suerte tenía al marido de viaje de negocios por el Este, así que no tuve que tomarme la segunda en el Gardenia. Además, tenía que conducir porque ella vivía en una ciudad del extrarradio.

A la mañana siguiente Al, el fotógrafo, me recogió en el portal de una urbanización de Bay City, y estaba yo contándole en qué ejercicios agoté la noche (tampoco soy un caballero) cuando captamos en la emisora de la policía que había habido un asesinato cerca de la Avenida Michigan. Ya que pasábamos a su altura, Al insistió en renegar de su fama de dormilón y ser el primero en obtener fotografías del caso. En el vestíbulo nos cruzamos con los camilleros portando un fornido cadáver velado por una manta gris. Entramos un elegante ático atiborrado de cuadros y caballetes –parecía que por el ventanal habían entrado toda una gama de nubes-. En efecto, según mi amigo Sam Haynes, capitán de policía, la víctima era un pintor, que al filo del alba había sido golpeado en la cabeza con un atizador mientras, según la vecina, sonaba un disco; un final digno de un artista. Vi en el tocadiscos que se trataba del Tristán según Fürtwangler. La asesina –pues de una mujer se trataba- había dejado el rastro de tres pistas: un pañuelo con ribetes de encaje, un par de zapatos de ante del treinta y seis y una deshojada gardenia azul, lo cual me hizo dar un respingo. Sobre todo en combinación con el nombre de la víctima: ¡Harry Prebble!

Trabajo me costó disimular mi asombro ante Sam. La policía y los periodistas coincidimos en buscar al culpable de cualquier asesinato, pero ellos se lo entregan al juez y nosotros los capturamos en una foto de primera plana.

Me fui directo al Gardenia Azul, y mientras que de todos los camareros lo único que estrujé fue que la acompañante que Prebble aún esperaba cuando salí del local era rubia, quien más me concretó de ella fue la que menos medios de captarla tenía, la ciega vendedora de gardenias. Entre otras cosas recordaba el sonido grave, metálico, profundo, de la voz de la joven. En principio, eso descartaba a la telefonista, que tenía una voz chillona.

Me puse a escribir en la oficina, por supuesto que con mi amigo el dormilón echado en el diván. Aquella historia tenía todos los ingredientes del éxito comercial: asesinato, enigma y una belleza de por medio (las de esta clase siempre son guapas). Gracias a mi información privilegiada escribí el mejor artículo sobre el caso y también ha hecho fortuna el alias que le he puesto a la misteriosa asesina: “la Gardenia Azul”; sin querer me dio la idea el chico de los recados. Cuando algo me obsesiona, todo cuanto percibo acaba por referirse a eso.

Mi columna debió poner muy nerviosa a la culpable, que veía cómo el cerco policial se estrechaba en torno a ella… uf, veo que estoy contaminado por las frases hechas de la prensa, así nunca escribiré nada serio. Ayer me empeñé en hacerle morder a esa mujer un anzuelo para atraparla antes que la policía. Y fue el Gran Jefe quien, como antes el recadero, me sugirió involuntariamente la idea de escribirle una carta abierta ofreciéndole ayuda y comprensión bajo palabra de no entregarla a la Ley. Se trata de una trampa para ella o un delito por mi parte, no hay equilibrio posible, y ni yo mismo sé a qué atenerme.

Llevo horas soportando el único inconveniente de mi idea, las decenas de llamadas de neuróticas y bromistas que dicen ser la Gardenia Azul. Como credencial cuento con el filtro de las características del par de zapatos, que no se han publicado, para colgarles cuanto antes a esa legión de impostoras. ¡El teléfono! Ya sabía yo que iba a ser crucial en esta historia, ya lo es en cualquier historia y más lo será en el futuro, estoy seguro. Ahora vuelve a sonar, descuelgo y no necesito esperar a que ella me diga el número y el material de los zapatos para que su tono grave, profundo, metálico, me suene con la voz de las sirenas y de algún modo intuya que a partir de ahora mi vida no volverá a ser la misma y ya nunca volveré a mirar la agenda de los teléfonos. Ahora sí sé a qué atenerme: la ayudaré.       

                                    

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