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jueves, 31 de mayo de 2012

DOS MANERAS DE NO PERDER NUNCA

Esta mañana salía de casa hacia el banco cuando de pronto la voz tonante que me dio vida acalló el ruido del mundo y a través del aire me maniató con una red de advertencias, una cadena de prohibiciones que desde el nacimiento me ha estrangulado como un cordón umbilical, salvo que esta vez no era a mí a quien mi castradora madre precavía contra las asechanzas de vampiresas como la consorte, sino a un desconocido; y en lugar de augurar, histérica, el aterrizaje de Luzbel en la azotea de casa, hablaba con un tono persuasivo. Volví al salón, de donde procedían sus palabras, preguntándome si no habría sido mi madre quien aterrizara en la azotea, porque no la había visto entrar, y solo me encontré a la consorte bajándole el volumen a la radio.

Los cinco minutos de una llamada me bastaron para saber que, descartado el culto programa de culto que mi hermana y yo habíamos tramado para su debut, al final había reclutado a mi madre, ya que no de pitonisa, al menos de consejera espiritual para los oyentes, y justo entonces orientaba a algún desnortado. Una radiante idea, benéfica para todas las partes, mientras no me despidieran del banco y la vena catastrofista la hiciera regar las ondas con un pánico semejante al que Orsoncito promovió en E.E.U.U. con “La Guerra de los Mundos” de su tocayo H.G. Wells. Puede que se convirtiera en una telepredicadora del calibre de “Un rostro en la multitud”, según el impar guión de Bud Schulberg.


Y otra sorpresa me esperaba en el banco, bajo la forma sinuosa del mafioso del Ferrari, que ya repiqueteaba la manicura sobre mi mesa vacía, el pelo recién relamido por un gato y fulgurantes los gemelos y el reloj. Al parecer hoy sólo había venido a ingresar diez mil euros como excusa para verme. Y ya que creía haberse ganado mi confianza en vez del desdén –esto es, la indiferencia que a Rick le impedía pensar en Peter Lorre–, me guiñó el ojo derecho, que tenía más protuberante que el otro, y dijo que nosotros dos estábamos condenados a entendernos. Quería decir que lejos de hacerlo en las respectivas cuentas corrientes, nuestro parecido radica en el código de valores que informa nuestros respectivos negocios. ¿Acaso no trabajaba yo en un banco?, le faltó por preguntar, aludiendo a mi condición de sicario del capital. Luego siguió una pregunta que no esperaba respuesta, que si me interesaba incrementar en quinientos euros mi estipendio mensual, y como no iba a objetarle que lo que a mí me desvela es cómo exprimir tiempo para releer “Rojo y Negro” y para eso quinientos pavos de nada me servían, porque en ese caso creería que lo que yo quería era jugármelos a la ruleta, dejé sin respuesta su pregunta retórica.

Al parecer lo que a cambio se espera de mí es que tramite una pléyade de préstamos a favor de otras tantas empresas de su propiedad a nombre de testaferros, sin tener que abogar por su concesión –lo cual está más allá de mis atribuciones y, con las arañas que tendremos en las reservas, hasta de las del Todopoderoso–, sino, ya que no consta en la documentación, deslizando su nombre ante mis superiores.

A estas alturas Lorenzo, el compi de al lado, convertido en una oreja de elefante, se hallaba en su mesa al borde del desequilibrio. Y cuando iba a explicarle al ferrarista que bastaría que se presentase como avalista, seguí su mirada a la cristalera, donde un gordo con traje cruzado se tocó la nariz como los conjurados de “El Golpe” y mi benefactor salió disparado y cogiéndolo del brazo se alejó con él para más no volver en lo restaba de jornada. Que tardó en consumirse más que los puros de E.G. Robinson, pues el director no dejaba de asomarse por el prurito de sorprenderme leyendo a escondidas y, como ya todo el mundo desiste hasta de solicitar los préstamos para ahorrar en fotocopias, no tenía en qué ocuparme y nada hay que canse tanto como no hacer nada.


Con todo, el día iba más emocionante que la madrugada cinéfila, durante la que había visto uno de los pocos fiascos de Fritz Lang, “Más allá de la duda”. Porque al final de la partida el tuerto genial nos cree ciegos al sacarse de la manga la carta de la culpabilidad de un Dana Andrews inocente a carta cabal. Es uno de esos escritores tan inconcebibles –faltos de imaginación– como útiles para el cine, aficionados a experimentar en sus carnes los argumentos que les interesan. Os lo explico.



En connivencia con su futuro suegro y para demostrar la endeblez de las pruebas con que a veces se electrocuta a los acusados, Dana se hace pasar con éxito por asesino –inconfeso– de cierta cabaretera. Pero cuando el suegro se dirigía a descubrir la impostura para impedir la ejecución de la condena, sufre un accidente mortal y, el coche en llamas, con él se extinguen las irrefutables pruebas de la inocencia de Dana, unas fotos que se había hecho disponiendo las pruebas falsas. Así que Joan Fontaine, su prometida, ha de conmover a un honesto policía para que, tras muchas averiguaciones y poco antes de la ejecución, demuestre la inocencia de Dana. Y cuando el Gobernador está a punto de firmar la conmutación de la pena, después de tanto defenderlo, ella acusa públicamente a su prometido, que acaba de confesarle que en verdad asesinó a la cabaretera –una vieja amiga que iba a dificultarle la boda–, y creyéndola religiosamente el Gobernador se guarda la pluma para siempre.

Inadmisible vuelta de tuerca final esta de que fuera el asesino, sin que el guionista siquiera se molestara –cuando se le ocurrió la idea, indubitablemente al final– en cambiar que al menos hubiera sido Dana, y no el suegro, quien al principio le propusiera hacerse pasar por culpable, premeditando que el complot le sirviera a posteriori como prueba de inocencia. Maniobra tan torpe que, por ejemplo, está en las antípodas de la sorpresa final de “Testigo de cargo” –bien cocinada a lo largo de la obra–, aquélla que se recomendaba a los espectadores no desvelar a quienes aún no hubieran visto la película.


Desde luego que tal deshonestidad infecta al “mensaje” de un film que había empezado siendo un alegato contra la pena de muerte y acaba por degenerar en una miserable justificación de la misma. Total, lo opuesto a aquella valiente requisitoria contra los linchamientos que había sido “Furia”, del propio Lang. Aún no he podido descubrir cómo puede influir tan directamente en la forma la perversión del fondo y viceversa; es como si también artísticamente los buenos siempre tuvieran que ganar.

En esa película fallida al narrador le pasa como a los banqueros, que son los crupieres de una ruleta trucada. Y hablando de ruletas ahora mismo voy a abrir “Rojo y Negro”: leyendo a Stendhal tampoco se pierde nunca.

martes, 29 de mayo de 2012

SOBRE “DUBLINESES” DE JOYCE Y HUSTON

La epifanía de un Día de Epifanía

“El próximo canguro se parecerá a Michael Fury”, bromeó la consorte algo después de que concluyera la película, sellando el pacto de que a partir de ahora sólo contrataremos canguros macho, y habiendo cedido a aquello, inocente que soy, me sentí tan torpe y tímido y ridículo y hasta celoso de un fantasma como Gabriel Conroy cuando al final de “Dublineses” su esposa Anjelica Huston le cuenta entre sollozos la historia de Michael Fury, su primer enamorado, el joven que veinte años atrás muriera por ella, calado de neumonía aquella lluviosa noche que agotó lanzando piedrecitas contra la ventana oscura de su dormitorio.

Y eso porque nos habíamos reconciliado viendo “Dublineses” (“The Dead”, el último cuento de la serie de Joyce, pero por estos lares semejante título habría sido veneno para la taquilla); y tácitamente ella había reconocido mi inocencia sorprendiendo a su proverbial impaciencia con una sentada de ochenta minutos que, al compartir conmigo lo que más me gusta (en esos casos me siento como si yo fuese el director, o como Jean Arthur enseñándole el Capitolio a James Stewart en “Caballero sin espada” –simbólico título–), la congraciara conmigo.


Era de vernos a los tres en el sofá, como una familia super estructurada, con Alma en mi regazo y demudada, cual afortunado que ve tal película por vez primera, y mi diestra atenazada por la consorte, que distraía su hastío clavándome las uñas en las falanges, el resplandor de las imágenes acariciando en la oscuridad nuestras tres caras más cercanas que nunca, dos de ellas hechizadas y la tercera socavada de bostezos.

Y en parte no le faltaba razón, reconocía yo cuando al minuto cincuenta la consorte ya no pudo más y, dejando de rebullirse, se dirigió al aseo encomendándome que no le diera a un stop que sin embargo quité mucho después, al oírla de vuelta. Y es que, igual que en el cuento –nos hallamos en uno de esos casos de traslación casi literal de un medio a otro–, hasta entonces, bajo un determinado punto de vista, lo único que habíamos presenciado era el relato costumbrista (a veces Proust también lo es) de una burguesa celebración navideña de principios del siglo XX. Dos ancianas y su sobrina, las tres solteronas consumadas –y bastante consumidas– y profesoras de música, reciben entrañablemente a una heterogénea cohorte de invitados (amigos, familiares y alumnos), entre quienes sobresalen un borrachín, su parlanchina madre, un viejo verde, un tenor malo y presuntuoso, una recalcitrante activista…, los cuales se dedican a beber, bailar, cantar, propinarse cumplidos, anécdotas, chismorreos o bromitas, y sobre todo a atiborrarse de ganso asado y pudding, en pago de lo cual habrán de digerir el discursito anual del sobrino de las anfitrionas, Gabriel Conroy, un modesto profesor a cuyos opacos ojos (en el cuento tiene gafitas redondas) lo vemos todo.


¿A qué tanta fascinación por semejante bodrio?, me habría inquirido la consorte en otra coyuntura menos amistosa. ¿Pretendían novelista y director –ahora era yo el que me cuestionaba– reflejar el aburrimiento de una clase social aburriéndonos? ¿Eran los primeros sesenta minutos una preparación –plataforma de despegue o colchón elástico– para los fuegos de artificio –cóctel de epifanías (véase el penúltimo post)– de los últimos veinte?

Lo cierto es que si no llego a darle al stop la consorte se habría perdido lo que a mí me interesaba que, como culminación a nuestra paz, viera; para empezar, el redescubrimiento que tras bastantes años de convivencia Gabriel hace de Anjelica, cuando ya parecían incinerados los rescoldos de su pasión (perdón por la imagen). ¿Captaría la consorte la indirecta de que, sin volver embrollarnos en esas prolijas negociaciones de paz que, como en Versalles, a veces contienen el germen de la siguiente disputa, quería yo desertar del sofá anoche mismo y volver a mi cama con todo lo que eso lleva aparejado?

Y era una suerte que no hubiera ella optado por congraciarse leyendo el relato a dos voces en lugar de ver la película a seis ojos, porque para Gabriel esta “revisión” de su esposa –como esas películas que en su día nos deslumbran (hubiera reflexionado Proust cambiando el objeto de su preferencia) y vueltas a ver nos siguen sorprendiendo con renovados matices–, ese redescubrimiento de ella es, sobre todo, de orden lujurioso; y hasta la consorte habría descifrado la gruesa metáfora del cabo de vela chorreando cera que Gabriel y Anjelica se encuentran al llegar a la habitación de hotel procedentes del ágape. Por suerte, en la película no se pasa de un romanticismo a ultranza que, ablandándola, yo esperaba me facilitase las cosas en vista a los propósitos del Gabriel de Joyce –el calentorro de las gafitas–, los mismos que yo albergaba.

Me hallaba tan en ascuas como él, al punto de no deleitarme mucho con aquel indiscreto travelling que mientras Julia Morkan –una de las ancianitas– interpreta a Bellini nos conduce, escaleras arriba y decreciente la música, hacia la intimidad de su dormitorio –sin duda oloroso a espliego y rosas marchitas-, o más bien hacia su pasado, puesto que, mientras oímos los acordes de la música procedentes de la planta de abajo, la cámara hurga en sus recuerdos, en los objetos que mejor la caracterizan: sus bordados, bibelots, rosarios o retratos de familia, de modo que con unos cuantos planos –como ocurre en otros de Ford o en ciertos párrafos de Faulkner– queda condensada toda una vida.



Planos paralelos a aquellos tres que, anteponiendo las también tres ardientes velas (estas castas, anti fálicas) de un candelabro al busto de la sobrina interpretando una sonata para piano que creo de Domenico Scarlatti, acaso denotan cómo el flamígero fervor de Mary Jane por la música anima el vacío de su vida.


Sí, de las veintisiete veces que he visto la película, el de anoche fue el pase más extraño. Como Gabriel y Anjelica al fin subían a su habitación y desviando de lado las pupilas vi que la consorte estaba al borde del primer ronquido, dije a voces, como desde una eminente y pedante cátedra de Historia del Cine –y dio un respingo– que en las zancadas que da el tiempo por el camino de los hombres finca el verdadero tema de la película, lo cual no es mucho decir –seguí voceando–, puesto que el tiempo es el protagonista secreto de toda novela o película escritas o rodadas en cualquier coordenada de nuestro mundo temporal.

De ahí que no dejara de nevar en todo el metraje; aquellas eran las nieves de antaño que decía François Villon comparándolas con la fugaz belleza de las guapas del medievo –y que luego parafraseara Álvaro Cunqueiro en su milenarista (¡cuidado, Arrabal, que se vence la mesa!) “Flores del año mil y pico de ave”–, porque en esa suma de los tiempos que los optimistas y los petulantes llaman Historia, nuestras vidas perduran lo que tarda en disolverse un copo de nieve, luego había que aprovechar el tiempo, estuve a punto de decirle a la consorte guiñándole un ojo y levantándole el borde ribeteado de encaje del camisón Doris Day en “Confidencias de Medianoche”, pero todavía no me atreví y, a pesar de mis vocerío de alemanes entrando en París, ella todavía no se había despabilado ni parecía saber en qué película estaba.


De modo que, estentóreo, seguí demostrándole cómo late el tema del tiempo en cada escena de la obra. Así, subyace en la discusión sobre los tenores antiguos y modernos (¡qué vértigo –diría Sebald–, cuando alguien defiende a Caruso como un intérprete de la nueva ola); en el discurso que Gabriel tanto teme pifiar –para rehuirlo desea escapar al aire puro de la noche, bajo la música de la nieve y la nieve de la música (la cual transcurre en el tiempo) escandida por Alex North–, al referirse al tópico de los “ausentes” –bonito eufemismo–, aquellos que tantas veces nos acompañaron en tales festejos y hoy faltan –como si hubiera la esperanza de que esos traviesos no volvieran a escaquearse y acudieran al año siguiente–; incluso en la reflexión que hace Gabriel de que la cara de Anjelica (Greta en la película) ya no era la cara por la que Michael Fury había muerto ni aquélla de la que él mismo se había enamorado; o, sobre todo, en la visión anticipadora del cadáver de una Julia –con diferencia la mayor de las dos hermanas– amortajada y de sí mismo intentando consolar a su hermana y sobrina con las inútiles palabras del caso.

Pero ya vale de discursitos porque lo único que queréis saber es si tuve más suerte que Gabriel en lo de ligarme –religarme, de donde significativamente viene “religión”– a la consorte después de que de ella me desligara del equívoco de la canguro. Pues resulta que, tan conmovida como la última vez que vimos una película (“¡Qué bello es vivir!” hace siete Nochebuenas), líquidos los ojos, me abrazó en cuanto hube dejado a Alma dormida en la cuna, y me hundió la frente en el hombro. ¡Hecho! Aquellos últimos veinte minutos, de una tristeza laminadora, le había afectado lo bastante.

Con el primer suspiro que emitió al escarabajeo de mis manos espalda abajo, afloró la lujuria que repta al fondo de cualquier melancolía que se precie. Y ya sabéis que yo no estaba tan impactado como las otras veintiséis veces también por mor de la distancia analítica que exigía la posterior exégesis de este post y quizá porque era la primera vez que la veía desde que soy padre, y cuando el monólogo interior de Gabriel alude a que con el tiempo todos acabáremos siendo sombras y sombra será el último recuerdo que como el reflejo de un añico alguien conserve de nosotros en el espejo de la memoria (ya estoy inventando) –la anécdota burlesca y de segunda mano que sobre nosotros un irreverente bisnieto nuestro le inflija a un desconocido– hasta que con la instantaneidad de otro copo nos disolvamos en la nada, sentí que ahora soy yo más padre que hijo y que seguramente mi sombra ya no sería la última en caer.

Y como la desaparición propia siempre aflige menos que la ajena –por ejemplo, el que se queda es el que paga la funeraria- me sentía en plena forma para lo otro. Ronroneaba la consorte y ya estábamos tendidos, dispuestos a cualquier cosa, cuando al lado se puso a llorar alguien que no estaba feliz de tener que soportarnos a los dos al mismo tiempo.


domingo, 27 de mayo de 2012

"TAMBIÉN" SE INVENTAN LOS RECUERDOS LITERARIOS


Sigue el clima con más altibajos emocionales que el Schumann del Quinteto con piano o el Schubert del Quinteto sin piano (mis obras predilectas de cámara); este mayo parece esquizofrénico, con una semana digna de agosto y otra de febrero. Ayer tarde tuvimos tormenta, pero también de buenas nuevas: mi hermano aún no me ha mandado el dichoso relato, voy a ser famoso y mi matrimonio se ha quebrado como la copa de una mala borrachera. Empezaré por lo más importante.


Resulta que mi hermana Laura ha desamparado esos grandes almacenes para volver a blandir un micrófono. Se trata de una modesta emisora local con la programación plagada de esas pitonisas que tanto triunfan en estos tiempos de crisis, pero al menos se ha despedido de los DVD sin responsabilidades penales y ha vuelto a lo suyo. Y lo mejor es que a cambio de constituirme en guionista “negro” de su programa –que consiste en la lectura de fragmentos literarios alternados con músicas afines que luego se quedan de fondo–, me hará publicidad del blog, con lo que romperé la barrera de diez visitas por post, sin incluir las mías.

Aunque quizá sería ella la beneficiada si fuera yo quien le anunciara el programa desde esta tribuna –lo cual he estado a punto de hacer, pero me guardaré esa carta en la manga, como Paul Newman en “El Golpe”– porque me temo seré el único oyente de su debut: el capítulo de “Suave es la noche” en que se conocen Dick y Nicole a los sones de la “Rapsody in blue”. Eso es, Scott Fitzgerald y Gershwin. El segundo será “El perseguidor” de Cortázar y lo último de Charlie Parker, original que es uno.


Ni siquiera lo soy en lo de gestionar el enfado de la consorte. Sin intercambiar palabra desde que creyó sorprenderme con la canguro, atendemos por turnos a Alma –es decir, ella se encarga del condumio y yo me paso las noches en blanco y negro–, que ahora sonríe más que nunca, tal vez feliz de no tener que soportarnos al alimón, o porque eléctrica y elektra-freudianamente enamorada de mí ya no tendrá que competir con su madre. Cualquier día espero encontrarme, en lugar de los macarrones viudos –divorciados–, una carta de su abogado que también es el mío. Sí, la verdad es que ella también se ocupa de mi comida, y lo peor es que ya no puedo dársela a probar al gato, que se exilió en cuanto supo que íbamos a tener descendencia. De no ser así, ahora nos lo disputaríamos como hacían por su perro Cary Grant e Irene Dunne en “The awful truth” (nunca adivinaríais el título con que se estrenó en el avanzado país que por entonces éramos y al que ciertos políticos madrileños nos regresan a marchas forzadas: “La pícara puritana”, que por otra parte siempre me ha parecido la definición más perfecta de la política madrileña más famosa).


Y a otra cosa: como ayer no leí ninguna policíaca, sino “Vigilia” (“The Morning Watch”, ahora también les cambian el título a muchos libros), de James Agee –guionista de “La Reina de África”–, también me he desembarazado del tipejo de la gabardina, aunque de un modo harto insatisfactorio. Y es que por la tarde lo vi a través del ventanal del banco, como de costumbre, impasible en la acera de enfrente –sin más implicaciones–, pero lo peor es que se dirigió a un policía local que pasaba por allí y parlamentó con él un rato sin dejar de señalar el banco. El agente cruzó braceando con decisión, le abrí dándole al botoncito y con un ceño de cliente que se rebela contra alguna comisión, me ordenó que dejara de molestar y de seguir por todas partes al caballero de la gabardina.


Al menos desde entonces no lo he vuelto a ver tras de mí y sin distraerme he podido culminar la escueta lectura de “Vigilia”, que por su aire joyceano me servirá de aperitivo para la próxima “entrada”, sobre “Dublineses” de Joyce y la versión fílmica de Huston. La autobiográfica nouvelle de Agee trascurre en un internado de rancio ambiente católico, emparentado con la institución jesuítica que acoge a Stephen, alter ego de Joyce en su “Retrato del Artista Adolescente”, como el Richard de “Vigilia” lo es de Agee. Incienso aparte, las impresiones sensoriales de ambos personajes –los recuerdos de sus autores- son muy parecidas, los monólogos interiores se articulan en torno a imágenes tan impactantes y los dos adolescentes sufren, por suerte en vano, las mismas represiones contra el consciente y el inconsciente, es decir, contra los propios textos que leemos, que –como ocurre con este blog– nunca se habrían escrito de haber tenido éxito los grilletes mentales de sus educadores. Y sin embargo, lucharé con todas mis fuerzas para que la consorte deje que Alma vaya a un colegio católico –y si no, me conformaré con uno protestante o musulmán, ¡o mejor judío: así será artista y de mayor no tendrá como yo que leer a escondidas)!, para que tenga algo contra lo que rebelarse y cuando crezca encuentre en sus traumas tramas para sus novelas.

Por tanto, en ambas obras la religión se nos muestra como enemiga mortal del pensamiento. Richard no deja de sentirse culpable no sólo por los clásicos “malos pensamientos”, sino meramente por distraerse de sus oraciones. Y Joyce habría podido nombrar al catolicismo enemigo de su “corriente de la conciencia” –“conciencia” no en el sentido religioso-, hallazgo que si bien no fue concebido por él (como dijimos de las aportaciones que a veces se atribuyen a Orson Welles), sino por William James –hermano del gran Henry–, y ni siquiera fue el primero en aplicarlo como técnica literaria –lo hizo un autor francés tan injustamente olvidado que no recuerdo su nombre–, sí le dio carta de naturaleza, como esos modelitos que hasta que no se los pone Nati Abascal (ahora tendrá alguna sucesora, pero desde entonces no he visto el Hola) no son aclamados por los palmeros de turno.


A ver si retomo el buen camino. Íbamos por que según la religión aún somos culpables de nuestros pensamientos –de desear a la mujer del prójimo–; y esa técnica del “flujo (qué mal suena, mejor “corriente”) de la conciencia”, reproduciendo el perpetuo parloteo de nuestras profundidades psíquicas, intenta pescar hasta los moluscos más monstruosos, esos peces fosforescentes que fluyen al fondo de la incesante marea de nuestras conciencias, lo cual va más allá no sólo del confesionario, sino del diván psicoanalítico, que la opulenta Molly Bloom hubiera desportillado con aquellas treinta páginas del final de “Ulises”, sin el aliento ni de una coma.

Pero la principal analogía de “Vigilia” con el “Retrato” radica en que la primera también concluye con una “epifanía”, otro presunto hallazgo joyceano que existe desde Homero y que otro día más lúcido intentaré definir. Negativamente, podríamos decir que no fue ninguna epifanía lo que la consorte creyó encontrar a la vuelta de su excursión andariega. En positivo sí podrían serlo aquel pavorreal que despliega la cola en cierto relato de Carver o, mucho más, aquel otro fulgente de plumas arcoíris en la postal nevada del álbum de recuerdos inventados que era Ammarcord. No lo sería el “Aleph” de Borges, pliegue del espacio en sí mismo fantástico, ya que ahora que lo pienso toda epifanía que se precie consiste en eso tan manido –en las contraportadas de libros de relatos– de la irrupción de lo maravilloso en lo cotidiano.

En el caso de “Vigilia” esa especie de intuición poética, visión inefable –menos mal que no iba a definirla– o milagro escenificado ex profeso para un público de ateos, se produce a orillas de un río espejeante de la brillante prosa de Agee, cuando Richard remata a una culebra agonizante por la pedrada de un condiscípulo, y justo entonces la visión de su cabeza sanguinolenta, de los últimos coletazos de su cuerpo seccionado, le revelan la idea de la muerte más que la de su padre, acaecida a sus seis años, y a un tiempo le hacen consciente de la plenitud de la vida, más intensa en cuanto que finita (“más tiempo no es más eternidad”, dijo J.R.).

¿Cómo no asimilar esta epifanía –siempre que mi interpretación sea adecuada, cosa que dudo, como dudoso es que el pasaje tenga ninguna interpretación unívoca– a aquella otra del adolescente Stephen en el “Retrato”, al rapto de alegría que lo arrebata cuando la contemplación, a la luz de un éxtasis que rompe en rayos de sombra, de una joven entre los brazos de arena del Liffey lo hace consciente de su vocación de escritor? ¡Aquello parecía un milagro secular, la aparición de una Virgen apta para agnósticos, la exaltación de un misticismo civil!

¿Y cómo no comparar esta epifanía de la joven –que después de todo no sé si no estaré medio fabulando (de hecho, hojeo el libro y no la encuentro por ninguna parte, aunque tampoco insisto mucho para hacerme la ilusión); sí, lo estoy inventando todo a partir de los restos de naufragio y de ruinas de otras lecturas, críticas u opiniones ajenas: no hay mejor poeta que el olvido- cómo no comparar, me pregunto retóricamente, esta epifanía de la adolescente contemplada por Stephen con aquella otra anti epifanía del final de “La dolce vita”, cuando un ojeroso Mastroianni nos cifra el malestar de su resaca y de su vida entera –el anodino futuro que le espera– en su incomunicación con otra adolescente, a la que ni entiende ni recuerda, y que le hace señas también al otro lado de un brazo de mar? De lo que, a diferencia de Marcelo, sí me acuerdo es de que la chica era una camarera rubia a quien había conocido en una terraza de la playa, a los sones de “Patricia” –de Pérez Prado–, mientras aún intentaba escribir la novela que tras la muerte de Stein ya nunca escribirá porque tendrá que conformarse con ser colega del primer paparazzi de la historia –igual que yo no escribiré la mía sitiado por mis obligaciones–, de modo opuesto a Stephen–Joyce, que con el “Retrato” inicia su carrera literaria.


¿Cómo podía haber olvidado Marcelo a aquella rubita angelical que echaba de menos Peruggia y ya tenía novio, y a la que él mismo, en aquella terraza soleada, comparaba con un ángel del Giorgone? Pero debería solidarizarme con su mala memoria, porque ahora me entra la duda; le preguntaré a mi cuñado si el Giorgone pintaba ángeles. ¿No sería Ucello?

Lo cierto es que el Alzheimer es mejor poeta que William Butler Yeats y sólo se puede comparar a Dylan Thomas después de la penúltima copa, cuando ya no recordaba nada.


sábado, 26 de mayo de 2012

ANDREA CAMILLERI: LAS ACEITUNAS DE SICILIA SIGUEN AMARGANDO


Leyendo que estoy a Camilleri, ese tipo de la gabardina aún se desliza sutil como una anguila por los recovecos de mi vida: ahora que levanto la vista de la pantalla mis ojos se encuentran con los suyos, caballunos, en el rincón de la cafetería. Seguro que si abandono el género policíaco por la novelística de Beckett, me rondarán los mendigos y los locos. ¿Qué querrá de mí? ¿Será un matón del mafioso del Ferrari? ¿Sabrá el muy fisgón sobre mi pecado de ayer?

Y es que incurrí en lo inevitable: ya no podía resistir más y me lo merecía después de largo tiempo de renuncia y abnegación. Y había resultado que en el muro de mi rutina se me abría la hendidura de una oportunidad que no podía sino disfrutar: ayer tarde la consorte salía de senderismo con varias amigas, la conocida –y bella y primaveral– canguro se quedaría en casa con Alma, y me las arreglé para obtener la tarde libre sin que la primera de las tres lo supiera. Todo estaba dispuesto; notaba en la yema de los dedos –en las terminaciones nerviosas de la epidermis– la inminencia de un éxito que ya casi acariciaba: me sentía como Sterling Hayden en “Atraco perfecto”.


Di un quizá sospechoso beso de despedida a la consorte, que salió deseándome una buena tarde de trabajo, y mientras la canguro intentaba dormir a una Alma que no parecía colaborar, dispuse la cama para el festín que me esperaba. ¡Al fin había llegado la hora! ¡Ahora era yo solo el que podía fallar, todo dependía de mí y no iba a decepcionarme a mí mismo! La ansiosa expectación me hizo golpearme el codo con la mesita mientras ahuecaba la almohada preguntándome cómo la emplearía.

Me asomé al salón: Alma gimoteaba, dio un chillido, volvió a gemir y se durmió. ¡Así de sencillo! La canguro me sonrió, le guiñé con la picardía de Marcello Mastroianni a Anita Ekberg y, tal y como yo había esperado y soñado tanto, ella cumplió el rito inequívoco de recluirse en el aseo para acicalarse; como todos los viciosos, ella siempre dice que arreglarse es su único vicio.

Naturalmente, me quité la ropa. Dije algo en voz alta, di un portazo en la puerta de la calle, pero en vez de salir volví de puntillas, como un ladrón en mi propia casa, a encerrarme en el dormitorio y me tumbé a cumplir mi postergado deseo de leer sin interrupciones durante cuatro horas seguidas, la unidad mínima de todo lector afortunado. Refrenando toses, regurgitaciones y estornudos ninguna de ellas advertiría mi furtiva lectura, a ser posible de una tumbada, de “La pista de arena”, de la inagotable serie del comisario Montalbano. Lástima que por las mismas razones no pudiera ambientarla con la escucha de “Las vísperas sicilianas”, ópera ideal para acompañar la lectura de Camilleri, pues nunca distrae su intrascendencia de hilo musical de dentista.


No me decepcionó la novela, cuyo interés creciente fue intensificando mi deleite hasta cierto clímax muy distinto al que, malpensados que sois, esperabais de mi parte. Se supone que Camilleri no debería gustarme por el irrefutable motivo de que mi cuñado lo adora, y justamente fue él quien me persuadió de leerlo con esa convicción que, sobre todo cuando se enfunda su abrigo plagado de pelusas, lo hace pasar por un hombre respetable, y que también habrá engatusado a esos directivos del museo.

Lo cierto es que, acaso por llevarle la contraria, no me convencieron los primeros Montalbanos que leí (“El olor de la noche” –demasiado emparentada con “A rose for Emily”–, “La voz del violín” y alguno más –galopo hacia el Alzheimer–) y mis preferencias se decantaron por aquellas otras –policíacas o no, pero sin Montalbano– más críticas y satíricas con los naturales e instituciones de Vigatà, omnipresente escenario de su obra y microcosmos de Italia. En estas novelas (“Privado de título”, “La ópera de Vigatà”, “Amelia Sacerdote”) este Camilleri, de una madurez tan prolífica como un patriarca bíblico, se nos revela un autor de la estirpe de un Lampedusa, Sciascia o Buffalino, sicilianos todos, que se obliga a fustigar el espíritu atrasado, perezoso y anquilosado de un pueblo que abomina de la “res publica”. En efecto lo poco que allí se remueve es gracias a la familia, lo único capaz de dinamizar el aparato burocrático en favor de algún miembro y abolir las jerarquías o diferencias sociales por mor de la vinculación a ella. Si bien todos se jactan de defraudar a la Hacienda Pública, ningún comerciante deja de pagar el “pizzo”, el impuesto de la mafia.


En estas novelas tampoco faltan la denuncia política y social, o la amarga mirada al pasado fascista, asestadas con un aire que de jocoso pasa a mordaz y de incisivo a ácido, incidiendo el mismo Camilleri en ese carácter destructivo, anarquista e irredento que parece tener todo siciliano que se precie.

Pero he aquí que, como suele hacer el cretino de su Jefe de Policía, le concedí otra oportunidad al comisario Montalbano, y cayó en mis manos ese milagro de composición titulado “La excursión a Tindari”, que me reveló la exacta geometría de su trama de tapiz entrecruzada de simetrías y bifurcada en trayectorias –historias– paralelas que se encuentran en una insospechada intersección, en la esquina doblada de la alfombra, ¡no!, era tapiz. Un inteligente laberinto digno del de “La Huella” de Mankievicz, que he seguido a través de otras de la serie (“Las alas de la esfinge”, “Ardores de Agosto”), de la misma concisión, sentido del humor y jadeante agilidad narrativa. Tratándose de mí, las he leído caóticamente, sin seguir el orden de su publicación, ya que por supuesto se pueden leer independientemente, aunque, en una evolución parecida a la de Philip Marlowe –y a la de todo humano no demasiado inhumano– puede apreciarse el carácter cada vez más desencantado de Montalbano.


Junto al comisario, un maduro solitario y sencillo con el que es fácil identificarse, modesto gourmet (demasiados pulpitos y macarrones), inteligente e introspectivo hasta un cómico desdoblamiento, y en perpetua discordia con la alejada Livia, también se nos vuelven entrañables sus subordinados. Nunca faltan el prolijo Fazio; Gallo, el conductor frenético, Mimi Augello, la mano derecha de Montalbano; el inútil de Cattarella. O Tommasseo, el fiscal amante de los cadáveres exquisitos, o el displicente Pasquano, de la policía científica.

La pista de arena” es otro entretenimiento de altos vuelos (Greene llamaba “entairnment” a parte de su obra), y que los pedantes sigan optando por aburrirse. Y así, desnudo en la cama al resplandor de este verano anticipado, había llegado al capítulo en que Montalbano aparece sentado bajo una pérgola de primavera a la orilla del mar terso de la noche ante la rubia Rachele, deleitándose con una botella de vino blanco muy frío y un surtido de primicias como aperitivo, y cuando estirándome en la cama más me identificaba con el hedonista comisario y aquella rubia imaginaria ya me tensaba los ánimos, otra rubia mucho más real se perfiló en el vano de la puerta, demostrándome que con los nervios había olvidado echar la llave.

La canguro me miró durante un intervalo inmensurable –¿saltaría sobre mí haciendo honor al nombre de su oficio?–, y bajo las arrugas de la frente los ojos se le achicaron acaso decepcionados, al contrario que aquellos otros, desorbitados y de par en par, de la consorte, que justo entonces entraba y ya me miraba por encima del hombro de la canguro, y no fijos ni equinos como ese par del tipo de la gabardina que espera tres mesas más allá, en el rincón del café.

Lo único que me consta es que no será un detective que me haya puesto la consorte: ella ya no necesita más pruebas.       

viernes, 25 de mayo de 2012

EL TRASPLANTE DE UNA BIBLIOTECA (III)

Mucho mejor he dormido hoy –casi cuatro horas– y para colmo, como siempre en blanco y negro, he soñado premonitoriamente que el mafioso del Ferrari nos hacía otro depósito –deposición de sus tejemanejes– y que el director me concedía la tarde libre. La cual he aprovechado para prolongar o prologar –tal es su magnitud– la mudanza de libros, que tomándola como coartada para escaquearme la consorte ya no ve con tan buenos ojos; pero, aunque con el Seat averiado hoy el trasplante era altamente sospechoso, la he convencido diciéndole que me iba a acompañar mi hermano Ramón, a quien ella cree muy responsable.

Y por una vez aquello era tan exacto –y mi excusa tan cierta–, como que lo vi esperándome en la esquina. Con lo que hice valer mi derecho de primogenitura y dejé caer la saca de libros para que fuera él quien la arrastrase como una carga de mis pecados hacia mi biblioteca underground–clandestina. Al veinteañero tardío en nada parecía haberlo afectado el despido: con el logotipo de esa marca no sé si inspirada en la diosa griega Niké inscrito desde las zapatillas hasta la gorra de su clásico desahogo, que casi le hace cuestionarse si cargar con el saco, traía ese aire ausente que, infligiendo la soledad a mi cuñada, lo abisma en algún inefable cálculo infinitesimal y lo deja mirándote a tu través como quien no encuentra la forma de despedirse.

Y dado que tampoco yo soy Demóstenes ni el predicador –Burt Lancaster– de “El fuego y la palabra”, llegamos en silencio al sótano, con los incidentes de comprobar que aún me sigue el de la gabardina (¿sería por leer “Todos muertos” de Chester Himes?) y de esquivar a nuestra madre para que no viera a mi hermano por la calle en horario de trabajo. Me extrañó verla seguida de un rebaño de vecinos pendientes de sus oráculos; en las épocas de crisis triunfan los profetas del Apocalipsis. Tal vez fuera una idea que mi hermana hiciera de ella una rentable líder de masas al estilo del de “Un rostro en la multitud” o “Juan Nadie”.


Iniciado el saqueo del saco, la primera sorpresa que me dio Ramón fue pedirme prestado “Catedral”, de Carver, que le dejé de buen grado, pues aunque bien haría en aprender de su parquedad, he acabado por detestar a ese autor antípoda de mi estilo, a ese enemigo jurado de los adjetivos que para todo era conciso menos para las copas. Y es que, por mucho que ahora tuviera más tiempo libre, gracias a sus atajos cibernéticos yo suponía a Ramón con acceso hasta a la extinta biblioteca de Alejandría.

Ya habíamos atiborrado de libros dos tandas de la tercera estantería –todos de grato recuerdo; esta vez sólo se me cayó de las manos “Al Este del Edén”, cuya lectura propicia a Vargas Llosa “el placer de la mala literatura”, comentario homologable a la enfática adaptación de Kazan. Ya dormían allí, por ejemplo, “Rojo y Negro”, a la que desperté para rescatarla de vuelta a casa (¿os imagináis una versión de Jean Renoir con Jean Marais de Julian Sorel?), “Una familia lejana” (Carlos Fuentes ya no será uno de los pocos autores vivos a los que leo), “Plan de evasión”, de Bioy (¿qué me atraerá tanto de este título?), “Pedro Páramo” (de imposible banda sonora que no fuera un viento felliniano de fin de fiesta), “Misteriosa Buenos Aires” (una treintena de relatos de Mújica Láinez –éste sí afín a mi estilo–, que imaginé adaptados a una inverosímil película de episodios, de esas que nunca salían bien cuando proliferaron, en los sesenta, abonando mi teoría de que el cine murió en el cincuenta y nueve), "Oliver Twist" (menudo díptico dickensiano, y éste sí que existe, junto a “Cadenas rotas”, el de David Lean, el poeta de la metonimia)…



Y me preguntaba yo qué habría sido de mis cientos libros de poesía, que llevaba años sin ojear ni hojear, pues aún no había aparecido ninguno en el trasplante, y ya me planteaba si se habrían exiliado por mi creciente obsesión por la prosa o temían de mí un holocausto, si me los habría escondido la consorte para acrecentar mi pragmatismo o su volatilización sería una metáfora de la pérdida de mi juventud o del rebajamiento de mi romanticismo con alguna dosis de escepticismo, me cuestionaba, os digo, todo esto cuando Ramón dio el golpe de gracia a mi solipsismo. Como si nada, en vez de volver a aconsejarme que desertara de este blog para escribir una novela, me dijo que él había escrito un relato.

Sí, eso es, un relato de ficción, al estilo de los de Chejov o Maupassant (“La Diligencia” procede de la idea de “Bola de sebo”), aunque quizá no tan bueno, supongo. Me hice el sordo colocando el Quijote, aboliendo su declaración con un simulacro de estornudo y preguntándole si conocía aquellos esbozos de Welles sobre el caballero andante; pero él se quedó un instante pensativo y me lo repitió, que sí, que como ahora le sobraba el tiempo había escrito un cuento, de modo que, después de hacérselo repetir una tercera vez, no tuve más remedio de pedirle que me lo mandara algún día. Se fundió la bombilla, y no es ningún truco narrativo. Mientras él la cambiaba a la luz de mi móvil, noté que muy adentro de mí me rechinaba la puerta del castillo de mi orgullo: habían entrado a robar. Y resulta que habían encontrado algo cuando yo creía que ya no quedaba nada. ¿Dónde se había visto que fuera el primogénito el amilanado y desposeído y vampirizado por el segundón? ¡Si toda la vida los segundos o terceros hermanos habían tenido que refugiarse en las filas del ejército o de la Iglesia! Me sentía como Bette Davis ante Eva al desnudo.


Y a propósito de cine (¡ardua transición!), anoche cayó sobre el salón el crepúsculo de otro western: “The Deadly Companions”, de Sam Peckinpah. En la banda sonora levita un espectro de la melodía “Johnny cogió su fusil” para representar la demencia militarista del antagonista: un canalla que en toda su vida sólo había encontrado acogida en el Ejército.


El decadente protagonista es un cincuentón convaleciente de toda clase de traumas que jamás se quita el sombrero –como aquel párroco de Hawthorne que nunca se despojaba del velo–, que mata por accidente al hijo de una Maureen O’Hara cuarentona avanzada; total, el anti star–system. Con aliento faulkneriano (“As I lay dying”) ambos conducen el ataúd a través de tres días de distancia y de ríos torrenciales y paisajes en descomposición y peligros sin cuento, para enterrarlo junto a su padre. Aunque la relación entre ellos ha sido tirante, al llegar al cementerio, los deslumbra un relámpago de amor que, cuando ya desesperaban de encontrar la tumba del padre, también acaba por alumbrar la lápida y la honestidad –¿se habrá eliminado tal término en las nuevas directivas de la R.A.E.?– de una Maureeen de la que ya empezábamos a dudar.

Al film le falta lo que que tanto abundaba en la novela de Faulkner: la bandada de buitres rastreando el ataúd. Y el modo grotesco en que, al término del infernal trayecto, enterrada Mrs. Burden, Anse Burden presenta a su nueva madre a su prole, es el reverso de lo que al final sienten los personajes de la película; estamos ante las dos caras del amor, la real –la ridícula, la de Anse– y la otra, y sí, mi castigo por pensar así, agobiado por las obligaciones de un paterfamilias, y mirar la mala cara de la luna ha sido extraviar los libros de poemas.

Pero los espectadores de “The Deadly Companion” nos quitamos el sombrero cuando a su vez el protagonista al fin se descubre del suyo, muestra la cicatriz que le ciñe la frente –el trauma que lo paralizaba– y aprende lo que a nosotros ya nos había enseñado el cine Peckinpah: que aunque para deplorar el horror y la violencia él siempre se haya valido de las imágenes de la violencia y el horror, ni siquiera el odio merece el odio como respuesta.


De modo que, conmovido, le pido a mi hermano que sin falta me mande cuanto antes su relato –espero que un achuchón a la consorte me valga recuperar mis poemarios–, y entonces derribo de un codazo esa actualización de la historia de Cain y Abel que creo recordar era “Al Este del Edén” y Ramón me dice que solo era una broma, una forma de espolearme a que de una vez acometa la novela que todo el que me conoce peor que yo a mí mismo espera que algún día escriba. Pero al oírme lamentar que entonces ya no podría imitar a Lampedusa, que emprendió la composición de “El Gatopardo” al comprobar que hasta el imbécil de su cuñado era capaz de publicar –aunque el sólo acabaría por hacerlo póstumamente-, mi hermano volvió a cambiar su versión y me dijo que si ése era el problema me mandaría el relato en cuanto lo puliese un poco, y que ya que me lo había tomado tan bien, para que yo le diera mi opinión del cuento, un día de estos me invitaría a comer.

Seguro que me ofrecería un plato de lentejas.

jueves, 24 de mayo de 2012

EL CASO DE BENJAMIN BLACK

El estilista que dejó de ser estilita y elitista.


Lejana la plaga de entrevistas de promoción en que ya era el sosias quien siempre respondía lo mismo a diferentes preguntas, estos días leo en el autobús a ese, por desgracia, más que impostor de John Banville (el autor de “Imposturas”), doble autorizado por él, que se llama Benjamin Black. Pero no descartéis que la virulencia de mi requisitoria se deba a la abstinencia de nicotina, una vez abandonados mis maratones de tabaco rubio del trabajo a casa, a lo largo del palpitante circuito de mi asfixia.

Más que por dejar de pagar la cuota de alquiler que mensualmente me suponía el tabaco, posponer el trato de esa casera descarnada con sendas tibias cruzadas bajo la calavera, o purificarme las vías respiratorias –en el bus abarrotadas de agrios sudores o nostálgicos, estupefacientes perfumes de veinteañeras–, lo he hecho para disponer de más tiempo de lectura y ahorrarme transitar cuatro veces al día por mis grisáceos pensamientos, los harapos de mi espíritu, pues me resulta impracticable la lectura peripatética, a más de ser muy peligrosa para el mobiliario urbano, incapaz de apartarse en el último instante de ese vándalo involuntario que soy yo caminando con un libro ante las narices.

Y así, con el único riesgo de trasponer hasta la terminal de autobuses –ese acantilado del fin del mundo, según lo poco que descontando lo de Viena me aventuro fuera del barrio–, avanzo a través de “El otro nombre de Laura” (“The Silver Swan”, mucho mejor) –me doy cuenta que ahora sólo leo policiacas, quizá de más fácil aprehensión entre tantas voces y codazos–, atenazado a la barra de acero con la otra mano, hipnotizado por los pases mágicos de la prosa del estilista que logró bajarse de aquella columna donde Simón el estilita predicaba en el desierto. Entretanto los viajeros hablarán sobre la prima de riesgo y por las ventanillas se alejará el caleidoscopio de lo cotidiano-instantáneo hacia un pasado que si como de costumbre olvido el libro en la oficina será presente en el trayecto de vuelta camino de la horca, digo de casa, que me ha traicionado el título del western de Raoul Walsh que vi anoche, otra vez con el ineludible Kirk Douglas (¡decidme un mal título, siquiera mediocre, en su filmografía!).


También puede que mi devoción por la novela policial, que dirían B. B. (no Brigitte Bardot ni Benjamin Black, sino Bioy y Borges) se deba al deseo de aligerar mi oneroso estilo con la gimnasia propia del género, de modo que deje de ser ese mejunje de mediocre traductor de Mann que para ponerse a tono se distrae al paso de cualquier efebo, de Cabrera Infante impaciente por encontrar una llama para su habano y de Benet parodiándose a sí mismo bebiendo castillaza en alguna posada a orillas del Torce. Pero si es ese raudo ritmo tan típico de un Hammet o un Chandler lo que pretendía que me contagiara Benjamin Black, su realidad me ha propinado un suntuoso revés digno de Federer (muy superior a ese monocorde menorquín fatigador de la arcilla).


Porque si bien este trasunto (Black) exhibe todas las facultades del original (Banville) –la magistral integración de los ambientes en la acción, la caracterización de los personajes a través de unos gestos que acaban por desnudarles la psiqué, la miniada maravilla del último detalle descriptivo, una tempestad de metáforas sin igual–, las propias del primogénito de Nabokov que es Banville, la aportación de Black a la novela negra finca en su morosidad.

Lentitud inédita en una raza de novelas –y películas– vertiginosas por naturaleza, con tal precipitación de acontecimientos que a la centésima página de una novela de Chandler nos sorprendemos descubriendo que apenas haya transcurrido un día desde que el cliente irrumpiera en la oficina de Marlowe. Y tramas lineales las de Black, planas como una etapa ciclista sin abanicos, demasiado simples y con un culpable –ganador– previsible –el sprinter de siempre (¿seré un poquitín injusto con tal de mantener una imagen tan buena?).

Lo cierto es que proliferan los episodios demasiado estirados, los diálogos en exceso alargados, por mucho que el astuto Benjamin pretenda dinamizarlos obligando a los personajes a salir a trasegar una anacrónica cerveza en algún pub (la ambientación de los cuales es la especialidad de la casa) o a dar un desganado paseo que le permita ostentar aquello que Black el usurpador ha heredado de Banville, su impar capacidad descriptiva. Bien es verdad que hasta ahora me he limitado a la lectura de “El lémur” y de la susodicha Laura. En cuyo final Black hace pasar por tonto a su pseudo detective con tal de lograr –sin éxito– el típico vuelco final a la historia. Total, “un triste caso” como aquel cuento de su compatriota el apátrida Joyce.


Solo cabe esperar que ese tal Quirke, el protagonista de una serie que promete eternizarse, reincida en el precipicio del whisky como Holmes cayó en aquella catarata, pero que igual que éste reapareció de entre las aguas, no lo haga aquél entre los vapores etílicos. ¡Desautorice a ese impostor de Benjamin, Mr. Banville, retírele sus poderes y vuelva a ser el de siempre! ¡Ya que también usted se habrá valido de tan buen testaferro como él para multiplicar sus ingresos, recupere su nombre, resígnese a vender menos y vuelva a ser igual a sí mismo! ¡Vuelva a encaramarse a su torre como Simón el estilita (curiosa película de Buñuel)! ¡Que se destile sobre una novela no policiaca su estilo luminoso y mágico como aquella nieve del final de “Los muertos”, que incluso en la traducción de Cabrera Infante cubría el universo cayendo sobre la tumba del mejor escritor muerto (Joyce) y sobre el mejor escritor vivo (usted)!


Hum… intentemos rebajar el tono. Lo más inquietante es que he descubierto que desde que me ha dado por leer policíacas, me sigue a todas partes un tipo con cara de hurón (¿lémur?), encorvado como un buitre y de extemporánea gabardina de exhibicionista. Dilapida las horas atisbándome a través del ventanal de la oficina, salta al autobús justo antes del quejido de la puerta y cada vez que me asomo al velador su sombra se alinea en la esquina.

También abuso del western, pero en este caso la realidad precede a la ficción: será de ver tantas películas sirviendo de montura a mi hija. El de anoche, una maravilla: “Camino de la horca” (“Along the Great Divide”), otra celebración walshiana de la aventura por la aventura, rodada, al contrario de Black, con un estilo invisible que concatena las escenas a ritmo de purasangre. Con la novedad de tres precoces zooms acortando los horizontes abiertos –lejanos o de grandeza, no perdidos– del género.


Es la historia de Kirk el justiciero, que después de librar a Walter Brennan de un linchamiento, lo lleva a juicio a través del desierto (¿Arizona?). Por el lugarteniente de Kirk el huérfano, Walter sabe que cierta tonadilla le recuerda a su guardián el linchamiento de su padre y a partir de entonces no deja de canturrearla para desestabilizarlo y poder escapar, ya que Kirk el traumatizado se siente culpable de aquello. Sublimadora, catártica, freudiana, la escena en que el agonizante lugarteniente le pide delirando a Kirk que sea él quien justo entonces la cante y, en efecto, el hijo mismo entona el himno de la culpa por la muerte de su padre y así logra desencadenarse del recuerdo.



¿A que os han entrado ganas de verla? ¡Pues quizá esté a la venta en la sección de DVD de esos grandes almacenes que me da corte criticar! No tenéis más que acercaros a buscarla y, si no la han despedido ya, quizá veáis en la caja a cierta treintañera de aura infantil y delicada y falsa timidez, seria y retorciéndose un botón de la blusa, que con desorbitados ojos verdes mira cómo se le acerca tambaleándose un cuarentón cargado cual Sansón –Victor Mature rapado– de columnas y obeliscos de películas, con una cara que parece una caricatura de la suya y en la lengua la ansiedad del perro de Pavlov.