jueves, 13 de diciembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 13 de Diciembre: Escribo El Asedio.



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Cada mañana escribo El Asedio a la exaltante luz del ventanal, encorvado sobre el portátil y con la hoja de notas a la vista, en pijama y pantuflas, exultante, sintiendo cómo las ideas se transmiten a la yema de los dedos y experimentando una sensación de triunfo sobre la depresión. La escritura es la mejor medicación, la más eficaz arma contra mis fantasmas.
Mis mañanas transcurren pletóricas con la redacción de la novela, pero por la falta de novedades estoy descuidando este diario. Espero que los lectores distingan una obra de la otra. Una cosa son las aventuras cotidianas de Juanjo Ávila consignadas en este diario y otra muy distinta los avatares de Felipe Leal en la ficción de El Asedio. En la novela he mantenido el nombre de Ángela y la he convertido en actriz, además de escritora, oficio que ejerce en la realidad compatibilizándolo con el de periodista. En la ficción yo mismo me he transformado en director de un suplemento cultural y en escritor publicado, tal y como espero una vez que trabe relación con Ángela en la realidad.
De momento sigo recibiendo sus señales a través del ordenador, pero lo cierto es que sigue sin aparecer en mi vida. Ayer hice el intento de seguir su cuenta de Twitter para remitirle un mensaje directo presentándome en el caso de que me devolviera el seguimiento, pero esperé en vano que lo hiciera. Sigue sin dar la cara. Tengo que seguir tranquilo y concienciado de que tiene derecho a aparecer cuando quiera; al menos sus señales en el portátil implican que sigue pendiente de mí. Seguiré esperándola sin trabar relación con ninguna otra mujer. Me pregunto cuándo hará acto de presencia, en qué momento quedará saldada su terrible venganza por mi desliz. ¿Me dará tiempo de concluir antes la escritura de El Asedio?
Por lo demás todo sigue igual en mi vida. La rutina se impone con el giro de una rueda de tareas cotidianas: por las mañanas escritura y yoga; por las tardes el paseo por el centro con mi retornada madre y lectura –la última ha sido la convincente Los Dioses Carnívoros, de Rafael Balanzá-, y por las noches una película antes de la temprana retirada a la cama. Anoche vi El Hombre de Laramie, otra estupenda colaboración entre Anthony Mann y James Stewart. Ningún amigo me llama para salir por las noches porque todos se han convertido en aliados de Ángela. Ella se ha posesionado de toda mi realidad.
                                         
                                                              
                                                                                            

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