sábado, 22 de diciembre de 2018

EL ASEDIO: Tarde o temprano me encontrarán.


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Sobre la mesa de cerezo tallada por el abuelo, percibiendo bajo el papel los nudos de la madera, apunto la fecha de aquel encuentro, febrero de 2012. Luego anoto otra, en este caso sí que recuerdo el día exacto: lunes, 30 de Enero de 2012, cuando en los estantes de algunas librerías apareció Esperando en el Excelsior, y aun otra: martes, 13 de Noviembre de 2012, día en que la perspectiva de la vidriera de la cafetería del hotel, digna de Hooper, pudo verse en los escaparates de novedades de las principales librerías del país. Esta vez el representante del célebre editor Luis Rey obtuvo del gerente del hotel una cantidad en concepto de publicidad. Hizo mal negocio, pues la novela apenas se vendió.
A lo largo del vibrante tintineo del despegue de una alondra, vuelvo a preguntarme a qué se debió la decepción de las expectativas del departamento editorial de Atlántida Ediciones. El sonsonete de este aleteo reverberante se burla de mis aspiraciones. Íntimo de Ángela y su constante asesor en la redacción de su primera novela, el bueno de Luis había propulsado Esperando en el Excelsior desde todas sus plataformas literarias y por amistad invertido en la promoción más de lo razonable. Había pagado a mi primer editor, Juan Blanco, de Blanco Ediciones, una cifra exorbitada por los derechos de la novela. Al principio, aunque la crítica se mostró tan escéptica como el público, pude creer que Luis se consolaba con el prestigio de haber publicado una obra cuyos méritos serían con el tiempo reconocidos. Pero a estas alturas, inmunizado contra todo engaño, alérgico a las mentiras después de haber estado atrapado en un entramado de ellas, recién desenredado momentáneamente y por milagro de la telaraña de embustes urdida por esa araña venenosa, esa mantis –ella se reconocería abeja reina con tal de apostrofarme como zángano-, no puedo sino reconocerme como un escritor mediocre. Lo cual es una contradicción en los términos, un escritor no puede ser mediocre. O es genial, o al menos excepcional, o más vale que no lo sea; o a partir de de su obra reinventa la literatura, o mejor que no escriba. Si no es experimental, o ni siquiera comercial, es inútil que erija la escritura en justificación de su vida. Como mucho será un pasatiempo o una defensa contra la neurosis. Pero no una enfermedad en sí misma, excrecencia, tumor o pus, como en el caso de un escritor genuino.
Miro sin ver, con las pupilas dilatadas, los renacientes arreboles y tornasoles del aire, translúcidas pinceladas que se disuelven en la retina; la acuarela del ambiente aclarado por la reciente lluvia; el brillo difuso de los geranios a la luz lacada, recién lavada; la irradiación húmeda de la hierba y las flores, de la madreselva y los aligustres; el resplandor espectral, blanco opaco, de la tapia del fondo que parece limitar mi tiempo, cercar el futuro. Y no solo porque en estos pueblos no haya futuro, solo pasado.
Quizá por eso, en un receso de la escritura me he entregado a un ejercicio de la memoria, a una de mis típicas fiestas de nostalgia, uno de los precarios paraísos que con nadie he compartido salvo ahora con ustedes en el striptease de este escrito, y adonde después de mi convivencia con Ángela y de que el horario ajustado me hayan cerrado el paso, he vuelto para matar el tiempo. Aquí resulta tan arduo gastarlo como para un multimillonario enfermo dilapidar todo su dinero.
Ni siquiera recién escapado del laberinto donde me perseguían varios minotauros soy capaz de valorar la paz familiar de este recinto seguro, de este refugio enclaustrado, casi uterino, el paraíso perdido de los veranos de mi infancia, el jardín asilvestrado del pasado. Tras el ajetreo ciudadano me cuesta adaptarme al nuevo ritmo. Tendré que salir más a menudo por los aledaños del pueblo, encerrado en esta casa es difícil soportar la concentración de tanto tiempo en tan reducido espacio, varios siglos desbordan un solar de trescientos metros cuadrados, de más de tres siglos cúbicos; me desoriento como un viajero estático a través del desierto del tiempo. Y ahora el presente de este tiempo lento permanece quieto en las soleadas horas de la primavera. Parece haberse abierto el día, hasta el aire se ha ensanchado, y aunque aburrido estoy más tranquilo. Supongo que paulatinamente el tiempo me irá hipnotizando, como antaño, y la arena del desierto desgranándose en la clepsidra. Pero me temo que en el mundo de Internet no hay secretos ni escondites recónditos.
Miro una de las entradas anotadas esta mañana en el amarillento papel de cartas: “Verano 88, sobremesa, porche, Baudelaire, abuelo, tabaco”. Una fecha y varias palabras que como hitos del pasado o nostálgicos versos crípticos, claves que cifran toda una época, evocan una de tantas tardes de julio o agosto de aquel año, una tarde en la que se concentran todas, una tarde quintaesenciada que es todas aquellas tardes y tal vez ninguna, transcurrida justo aquí, en este porche, desde la hora del café hasta la anochecida, en compañía del abuelo, que con la vista fija en algún periódico retrasado se balancea en esta apolillada mecedora al ritmo de los acontecimientos, pausado a lo largo de la lectura sobre algún trámite parlamentario o del proceso de algún juicio mediático, y acelerado por la invasión de algún territorio rebelde o la crónica de algún disputado partido, mientras que yo alterno Los Paraísos Artificiales de Baudelaire con las Confesiones de De Quincey, él y yo sumidos en el más confortable de los silencios, en el silencio radiante de las cuatro o las cinco de la tarde, un silencio jalonado por el zumbido de alguna abeja entre las prímulas o las azaleas, el pasar de las páginas, el gorjeo de algún gorrión feliz en el manzano o algún comentario de él alusivo a cualquier noticia, apenas una expresión, una frase como mucho, sincopado por el mío, con el aromático humo de su pipa y el más denso de mis primeros cigarrillos fluyen entre nosotros ondas de armonía, las volutas se entrelazan bajo la techumbre de la madera vieja, esporádicas ráfagas de un suave céfiro traen una caricia de la abuela, el tiempo no se detiene sino que se retrotrae varios años, y entonces se embalsa o embalsama como un aroma, satura el patio el perfume de los jazmines de la abuela, ella no ha muerto, el abuelo no morirá, nadie morirá nunca, este instante de gloria permanecerá en la novela que escribiré algún día, no seré expulsado del paraíso de aquella tarde cuyo recuerdo conjuro con el sortilegio de ese puñado de palabras escritas en el papel ajado, palabras que a nadie más convocarían tales imágenes, el recuerdo de un recuerdo, y con ellas la inocencia y la desesperación de la adolescencia, la rebeldía y el ensimismamiento de la adolescencia, su fatalismo y tristeza congénitos, mi desprecio por el convencionalismo y la moral establecida, por las obligaciones y por el futuro, representados por mis padres, y mi inclinación al desorden y a lo extravagante, a lo grotesco y a lo sublime, al pasado, personificado por los abuelos, mi espíritu de contradicción, mi irrenunciable amor por la libertad, mi tendencia a lo oscuro, mi vocación por lo misterioso y lo ambiguo, lo peligroso y enfermizo, aún solo entrevisto, la literatura.
Miro la mecedora vacía, se ha desvanecido el septuagenario calvo y cenceño de perfil patricio. La estela de jazmín se ha desvanecido.
Recobro la libreta de anillas, procedente de aquellos años –ingenuos y entusiastas versos enardecen las primeras páginas-, en la que he emprendido la nueva novela, escrito autobiográfico, ensayo vital, o lo que sea. Leo la última frase, sobre la suite exitosamente alquilada en el Excelsior –me gasté todos mis ahorros pero fue la mejor inversión de mi vida-, y a un chasquido levanto la vista. Me pregunto cómo continuar, olvidado de nuevo de escribir sin plan, según los recuerdos me vayan sobreviniendo; no hay mejor filtradora de datos que la memoria. No hay mejor material narrativo que la memoria. No hay más poesía que la memoria.
Un diminuto gorrión se desplaza a saltitos sobre la hierba, toma impulso y tras un corto vuelo rasante esquiva el tronco de un peral y vuelve a corretear con nerviosa ligereza. Me recorre el espinazo el calambre de un escalofrío. Estoy cierto de que vuelve a vigilarme un espía armado de arma blanca y de sangre fría. La sombra de mi miedo se proyecta sobre las superficies rectilíneas: los pilares del porche, los roncos del ciruelo y de los perales, el brocal del pozo, las cornisas y canales de la cuadra, el borde de las tapias. En el norte, de entre las hojas de parra vuelve a emerger el gato negro, tal vez el espía y sus uñas una suerte de arma blanca. Pero ahora las ágatas de sus ojos enfocan golosamente al pajarillo, que sin poder despegar prosigue su convulso, impotente correteo al bies. Por supuesto que el gato solo se trata de un congénere de Lía, solo mi paranoia me hizo creer que se trataba de ella, resurgida a través de cuatrocientos kilómetros y de una relación truncada.
Me decido a escribir algo sobre mi estancia en el pueblo, llegué anteayer y más allá de mis temores compulsivos hasta ahora nada ha sucedido. Aquí todo movimiento tiende a ser del espíritu, toda aventura interior, todo conflicto interno. Pero tarde o temprano me encontrarán. Una agitación entre las matas de geranios señala el refugio del gorrión alicorto o desalado. El gato se le acerca, equilibrado sobre la tapia. Como la contemplación  del sufrimiento ajeno me resulta intolerable, me levanto a expulsar al gorrión de los geranios y arrojarlo a la calle. Si tiene que agonizar o ser devorado, que ocurra fuera de mi vista. Ya en la infancia lo que ocurría en el exterior de este patio me parecía ilusorio, tan lejano como lo que contaban los libros de Historia.
Sin embargo, he de salir a proveerme de lo necesario. Tengo que salir o me volveré loco.
                       
                                         
                                                                                                                                  

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