domingo, 30 de diciembre de 2018

EL ASEDIO: Despedido.


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La insidiosa mañana de nuestro paradójico aniversario la puerta automática del estanco se me abrió como la de la desgracia, de sensores tan sensibles que con facilidad traicionera, silenciosa, artera, respondiera al menor atisbo de mi presencia. Tras ser despedido del simbólico hotel de la prosperidad a través de la puerta giratoria de la crueldad expeditiva de una mujer, quise compensarme ingresando por primera vez en un año a tan aromático y hechicero negocio cantado por Pound. Sin embargo, me encontré con que mi marca favorita, cultivada en una isla tropical que parecía ubicarse en remotas coordenadas temporales, había dejado de comercializarse y hube de conformarme con el tabaco negro que más se le parecía.
Camino de la oficina mi vida acabó de invertirse en un espejo atroz, un espejo borgeano. Mientras aguardaba el ascensor del parking, no tuve ánimos de anunciar en Twitter mi última novela, Vuelo en Picado, la historia con ecos faulknerianos de un acróbata aéreo tan arrojado como desafortunado, ya condenada al fracaso comercial y crítico. Me disponía a hacerlo pero desistí, desalentado. Sentía el cambio de fortuna en la juntura de los huesos, en la base de la nuca, en el bajo vientre. Ya se sabe que la suerte es una diva voluble, díscola, variable como el viento. Basta con muy poco para que se revierta, un motor averiado (el caso del héroe de mi novela), una copa de menos, una rubia de más. Ahora, por ejemplo, la tardanza del ascensor hizo que se me uniera en la espera una morena despampanante con una sonrisa propicia y puñales en los ojos. Lo cierto era que había desaprovechado mi visibilidad social para imponer mi narrativa.
Antes de salir de Twitter comprobé extrañado que Victoria había dejado de seguirme. Seguía sin responder a mi WhatsApp, pero no porque estuviera dormida o sin mirar el teléfono; debía estar en la consulta, era un día laborable.
Recordé que la víspera –un siglo antes- había concertado una entrevista en mi despacho con el director de un festival de música y llamé a mi secretaria para que le avisara que iba de camino. Pero en vez de Pepa respondió Samuel, un trepa de la redacción, que sin explicarme qué hacía en mi mesa me pasó con el redactor jefe, un ex sacerdote, teólogo neoescolástico, que hace de la hipocresía profesión de fe.
-Mala cosa, Felipe, pero quién sabe, lo mismo es para bien. Recuerda los renglones torcidos de San Agustín. La Providencia es inescrutable.
La comunicación no se cortó pese a que a través de los dígitos decrecientes del ascensor parecíamos descender a los reinos inferiores. Intenté tomármelo a broma:
-Está bien, si te pones así te haré caso y abriremos el próximo número con un reportaje sobre la Summa Teológica.
-Oye, estás despedido. Lo siento –como si leyera el fracaso en mis ojos la morena desvió la mirada y neutralizó su sonrisa.
-Si anoche mismo estuvimos celebrando…
-Órdenes de arriba. Directamente emanadas de lo que Aquino llamaba el motor inmóvil que origina todo movimiento.
Aterrizamos en el centro de la tierra y empavorecida la morena desapareció en las tinieblas. Volatilizados los efectos del Bloody Mary, de mi cerebro se retiraba la sangre en bajamar dejando esparcidas como inconcebibles restos de un naufragio las palabras de la cháchara del jefe. Todo lo entendía con el retardo vía satélite de las resacas, dos segundos tarde. Prosiguió:
-Hoy día es un shock quedarse sin trabajo en el gremio del periodismo. Yo que tú iría al psiquiatra, lo cubre el seguro por convenio.
Colgando sin despedirme, no pude sino recordar que Ángela es propietaria de un voluminoso paquete accionarial de la editora del periódico, de ahí mi contratación exprés del año pasado.
Ya no era necesario coger el auto. Más que en la resaca de la marea, me sentía clavado en el fondo marino, con los pies incrustados en un bloque de cemento, recordé el pasaje de Billy Bathgate. El último recurso del intelectual desheredado por la fortuna radica en referirse una y otra vez a sus semejantes, los desmesurados personajes de la narrativa de los judíos norteamericanos. Pulsé el botón del ascensor con la esperanza de orientarme en la superficie, recobrar a ras de suelo el sentido de la realidad y trazar un plan de acción.
A la salida, la compuerta de la cabina se me cerró en las narices. Seguía reaccionando con dos segundos de retraso.
                                  
                                                                                                                                                                                                                                                    

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