viernes, 28 de diciembre de 2018

EL ASEDIO: En la plaza del pueblo.


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Desemboco en la plaza donde agonizan el minimercado y el cibercafé, herederos del colmado y la taberna de antaño. Remoloneo en la esquina rumiando mis pensamientos. Por suerte hoy mi mente no ha conectado con las ondas de la eterna discusión con Ángela. Damas y caballeros, puedo imaginar cómo al leer el pasaje correspondiente al desventurado ayer se torcerán vuestras bocas en malévolas sonrisas, cómo se arquearán irónicas las cejas, os guiñaréis o propinaréis codazos cómplices, alusivos a mi neurosis. Pero antes de precipitar ningún juicio, esperad a conocer los hechos que me han reducido aquí. Porque si ella os ha dado noticias de ellos, los habrá tergiversado y embrollado, a no ser que para obtener vuestro crédito y favor le hayan bastado su belleza y predicamento, su desparpajo y fama de buen juicio y talento. Por ahora me conformaré con asentar mi mejoría y levantar defensas que me protejan el ánimo en el próximo asedio, aunque no hay enemigo más insidioso que sus fuerzas de zapadores que con túneles y excavaciones socaban la ciudadela de mi mente. Quizá logre hacerme el fuerte en el pueblo al menos mientras me dure el dinero.
Aunque carece de ayuntamiento propio, en la plaza se filtra la escasa animación, el fluido vital que por destilar queda a los vecinos. Antes de romper la inercia de silencio y soledad de mi reclusión, callejeo en torno a la plaza. Enclavado el pueblo en medio de ninguna parte, en el ubérrimo valle o más propiamente circo cercado por las gradas de la serranía –antigua sede de bandoleros y rebeldes-, constituye su cordón umbilical con el presente una abrupta comarcal escasamente transitada, que serpentea por las estribaciones hasta desembocar en una carretera como una cremallera abierta en los sembrados, flanqueada por moteles y bares cerrados.
El último local sobreviviente es una estación de servicio donde a mi llegada me atendió el único amigo que hice en los veranos de mis vacaciones estivales, un tal Alfonso. Lo reconocí a través de la distensión de su máscara de apatía y resentido tedio porque al pitar el claxon lo vi en su garita cerrar un libro. Nos había unido la afición a la literatura. No me di a conocer, no solo por venir de incógnito. Mientras cambiaba el aceite pensé que si a sus veinte mi madre no se hubiera mudado a la ciudad me habría convertido en alguien muy parecido a él.
Pasa a mi lado una anciana de luto balanceando una redecilla de compras. Le impide devolverme el saludo su demudado interés, el asombro de hallar un forastero petrifica su rostro, de facciones evocadoras de hortalizas. Ejerzo una acuciante curiosidad sobre los lugareños. Tantos años después, los desconozco tanto como ellos a mí. Me he dejado una hirsuta barba que me enmascare y que en combinación con las raídas camisas del abuelo, llevadas con el descuido de un literato rural, Faulkner redivivo, me atribuyen un aspecto bohemio.
En el minimercado y el cibercafé he dejado caer que me dedico a pintar y que subyugado por estos paisajes he alquilado como vivienda uno de los antiguos secaderos de tabaco. Para confirmarlo, cada vez que dejo la plaza salgo del pueblo y me alejo por la cañada real aparentando dirigirme al camino del molino, de modo que aprovecho para desentumecerme con el paseo, y al arribar a la vega, más allá de las alamedas, dejo a un lado los secaderos, me aparto de la cinta brillante del riachuelo, giro por las peñas y subrepticiamente vuelvo al pueblo. Me adentro por la parte trasera, a la altura de la clausurada vaquería, y a largas zancadas por la calle fantasma vuelvo a encerrarme sin ser visto.
Por suerte la sofisticada Ángela, nato animal ciudadano, cosmopolita y urbanita de pro, como hasta ahora yo, nunca ha manifestado el menor interés por conocer ni tan siquiera la ubicación de las propiedades rurales de mis ancestros, así que sus matones tardarán en dar conmigo. Desde luego, su desprecio por la naturaleza convive con sus convicciones ecologistas, su aversión por los animales –excepto por su gata Lía- no desmiente su preocupación por la extinción de las especies, su manía de tener todas las luces y la televisión prendidas no cuestiona su obsesión por el ahorro de energía, su afición a encabezar manifestaciones a favor de la extensión de zonas verdes  no la llevan a disfrutar de más parques que los raquíticos parterres de flores o que los arbustos enraizados en el cemento que alberga parkings subterráneos, pero ya basta de todo esto porque si vuelvo a deslizarme por la fácil pendiente de críticas y denuestos me precipitaré, como ayer, en la vorágine de otra discusión con un fantasma. Así que me desvío de la peligrosa callejuela cuesta abajo y accedo a la laguna de sol de la plaza.
Me aturde la explosión del aroma a rosas y el hedor a boñiga de cabra, celebrados por los clarines de cacareos. Aunque no se vean rebaños por ninguna parte, el inmemorial olor excrementicio de las cabras se halla incrustado en las hendiduras del empedrado, emana e impregna el ambiente de la plaza. También hiede la vaquería, pese a que lleva tiempo cancelada, y a veces el viento trae mugidos procedentes del antiguo matadero, o un rastro de leña quemada, a pesar de que dudo que ningún lugareño carezca de calefactores. Son los últimos latidos del pasado, reflejos de una realidad demasiado densa e intensa para que se diluyan aunque no quede nada que los sustente.
Del campanario despega un estornino que trina un tritono, sobrevuela el abrevadero estancado de musgo y líquenes, el corro de ancianos amojamados, momificados, sordos al presente, un galgo pardo que deja de sorber el aire y parece disecado, el inmortal tonto del pueblo que babeante y balbuciente de un cordón arrastra una lata estruendosa, y silbando otro tritono aterriza en la espuma de los cerezos. Enfilo a la derecha y al dejar atrás el cibercafé sobre mí se cierne una oronda sombra:
-Buenos días. ¿Cómo estamos? ¿Nos acostumbramos?
Se trata de Salus, debe ser el nieto de Sebastián, antiguo propietario de la taberna. En el probable caso de que llegue algún forastero preguntando por mí puede resultar un peligroso informador. Si Ángela valiéndose de sus inagotables recursos técnicos –la localización geofísica- conoce mi localización aquí, sin duda que conectará con él. Pelirrojo y rozagante, la tarta de su cara muestra guindas de pecas y está ribeteada por cabellos de fresa y barba de frambuesa. Su timbre de castrado contradice el rollizo corpachón de tenor, que ni sus prédicas a favor de la vida sana logran adelgazar, y habrá de lucir, blando y adiposo, en sus prácticas naturistas.
-Me voy adaptando. Busco clima seco, pero noto humedad en el ambiente –como de costumbre, a mi paso atrás responde con otro adelante, por lo que fuerzo una cavernosa tos que, temeroso del contagio de algún virus, lo hace retroceder ese mismo paso. Su camiseta lila, tirante sobre el opulento vientre, exhala un olor agrio, avinagrado, de coliflor rancia.
-Eso quisieran las viejas del pueblo, notar humedad… Ahora en serio, la humedad es por el viento.
-Tenía entendido que aquí no soplaba tanto.
-A la hora de soplar aquí sopla todo el mundo… Tenemos que probar el tinto del país… Ahora en serio, es verdad que con las montañas el valle está a resguardo del viento. Hace un tiempo raro desde que llegamos.
Con su plural confianzudo o cuáquero, si es que no propio de alguna secta naturista, me está acusando de traer trastornos al pueblo. Lo que más me preocupa es que tenga en cuenta la fecha de mi llegada. Los inquisitivos ojuelos de cerdo con pupilas color pepitoria del regente del cibercafé escarban en mis pensamientos, se frunce su nariz, husmeadora y redonda como la bola de billar postiza de los payasos.
-Hemos tenido una buena idea cogiendo un secadero. Pero mucho cuidado, no vayamos a quedarnos secos… En serio a mí sí que me vendría bien perder algo de peso, orearme un poquito, quedarme más seco. Allí tendremos buenas vistas. ¿Cuál exactamente hemos cogido?
-Uno de los de la derecha, o de la izquierda, según se mire, los de la ciudad no sabemos orientarnos –al no sonsacarme más, la tarta de la cara se le divide en porciones.
-¿Y qué, nos aburrimos allí? ¿Hemos hecho amigos?
-He venido a estar solo –y para demostrarlo lo dejo atrás, frotándose las manos como si amasara los escasos datos acopiados o intentara calmar tanta curiosidad insatisfecha. Para desahogar las ganas de propinarle un sopapo, me aplasto en el cogote el imaginario mosquito de su mirada viscosa. Sin volverme, me burlo de su manera de hablar:
-Si podemos, luego nos pasaremos.
-Ojalá, te espero.
En el minimercado me recibe con un saludo cantarino, casi un balido, una cajera nueva, sustituta de cierta matrona hombruna, una rubia pajiza de ojos gris nube subrayados por eróticas ojeras e inscritos en una cara ovejuna, la cual, en contraste con un cuerpo de vertiginosas curvas, ceñidas por un uniforme verticalmente rayado de verde con albo delantal, le da un aspecto de personaje mitológico, una diosa de la concupiscencia con cabeza de oveja. Acariciado por su lánguida mirada a lo largo del único corredor alojo en el carrito una caja de cereales, dos paquetes de jamón y uno de queso envasados al vacío, un racimo de plátanos, dos latas de espinacas y otras tantas de espárragos, un bote de aceitunas, dos barras de pan y un tarro de mermelada de ciruela.
Al tenderle uno de mis últimos billetes de cincuenta, enfoco el dadivoso escote, impropio del oficio, y al imaginar que celebro con ella otro tipo de transacción un ardor me punza la yema de los dedos. Ella parece leerme el pensamiento y las mejillas se le tiñen de remolacha.
-Muchísimas gracias. ¿Sabes? Eres mi primer cliente.
-No lo hubiera creído.
-Dímelo a mí. Esto es un aburrimiento, el pueblo está muerto.
-Vendré más veces. Puedes contar conmigo.
-Eso espero.
En la plaza, al confirmar que me queda tabaco hasta la próxima salida, aprecio la contundencia de mi erección, casi dolorosa después de más de dos semanas con la libido pisoteada por el estrés y las carreras de la persecución sufrida en la ciudad.
Desde el umbral del cibercafé Salus me escruta. No hace falta que tal personaje regente el negocio para que me conste que Internet es mi principal enemigo a la hora de seguir desaparecido. Y aun así no puedo sino seguir utilizándolo. Para desahogarme y desfogarme escribiré un mail a alguien muy querido, y por otra parte famoso, un mito, si bien en su día incomprendido, sin duda ahora conocido y reconocido por todos ustedes. ¿No se dedicaba Walter Herzog a escribir cartas a celebridades desde el retiro de su granja abandonada?
                                  
                       
                                                                                                                

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