sábado, 15 de diciembre de 2018

EL ASEDIO: Un Bloody Mary amargo.



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-Parece que has visto un fantasma o que te han echado de casa. No eres el único. El año que viene procuraré no estar aquí el 17 de Abril. Está claro que es una fecha nefasta para la ciudad… Creo que necesitas uno doble de vodka.
Tal fue el diagnóstico de Jaime, el probo camarero del Jim, cuya chaqueta blanca, palabra florida y redondas lentes lo confirmaban como facultativo o farmacéutico que elaboraba sus fórmulas a la vista de los pacientes, náufragos depositados por el oleaje nocturno en la resaca de la mañana. Los cuales, hurtándonos la mirada en el local aséptico y luminoso, mal encarados y miserables como los bebedores de las penumbrosas cantinas de Lowry, nos alineábamos en la barra cromada con la lúgubre resignación de paracaidistas que aguardaran la apertura de la compuerta para arrojarse a la liberación del abismo. Llegó el turno de mi vecino: la copa aterrizó ante sus fauces.
Entre tanta ofensa, señoras y señores, pasé por alto la alusión de Jaime. Por entonces ni siquiera podía plantearme que camino del plató se hubiera Ángela ocupado de encomendar al camarero clavarme tal puya, por eso ahora me dirijo a ustedes, para darles mi versión de los hechos y que no se dejen manipular por ella, la favorita del público. En todo caso, me sobraban motivos para enfurecerme.
Incrédulo de rabia, estupefacto de indignación, no sabía por qué sentirme más ofendido por Ángela. Por un lado me enervaba su escarnecedora delicadeza a la hora de expulsarme sin palabras de casa –tuve la primera intuición de que ella utilizaba contra mí sus habilidades de guionista- y dar por cancelada la relación el día de nuestro aniversario (al menos me ahorré la molestia de comprarle un regalo o de recibir a sus absurdos amigos en otra abstrusa velada). Por otro lado me dolía que creyéndome capaz de tomar represalias contra Lía la hubiera alejado de casa, como si la gata no fuera capaz de cuidarse por sí sola con sus uñas letales y maldad eléctrica.
Pero lo más intolerable era que su patológica desconfianza de celosa compulsiva la hubiera llevado no solo a hackearme –ponerme en jaque- la cuenta de Twitter y de correo electrónico, sino también que para arrojarme a la cara la superioridad de sus habilidades en el manejo de las nuevas tecnologías y la impunidad que le valía el cargo de Jefe de Policía de su padre, se permitía hacérmelo saber con un furor vindicatorio más digno de un Otelo con faldas que de su versátil inteligencia.
No conocía realmente a Ángela, hasta entonces no advertí hasta qué punto podía su sofisticada inteligencia dar cabida a los rasgos más arcaicos y telúricos, cómo podía su postmodernidad alternar con el primitivismo de la venganza. Después de una sola infidelidad en todo un año, tanta suspicacia por su parte estaba injustificada.
El primer trago de Bloody Mary, demasiado ácido –ahora me pregunto si también a instancias de Ángela-, me inspiró una idea. Dado que no me gustaba que mi inteligencia quedara por debajo de la suya, le escribí por mail que hacía tiempo que sospechaba que me espiaba, que no había amor sin confianza y que por tanto haríamos bien en separarnos. Le expliqué que con mi aparente infidelidad solo había querido confirmar su fisgoneo y demostrarle que su espionaje había sido contraproducente al provocar justo lo que quería evitar. Me impidió enviare el mail (olvidé que de todos modos era posible que lo leyera) la idea de que tal vez ella desde el principio había pretendido que yo sospechara que me espiaba con el propósito de que me abstuviera de engañarla. En tal caso su inteligencia volvería a imperar sobre la mía. Salvo, pensé al mediar con desagrado la copa, que le hiciese saber que yo sospechaba que ella sabía que yo sabía que me espiaba, y que si había subido con la rubia había sido para burlarme de ella y que no habíamos pasado del salón, y que con su mensaje directo pretendíamos mantener ante ella la ficción de la infidelidad, y la intensidad de mi pensamiento en mi estado me estrujó el cerebro y hube de asirme a la barra. Intenté recobrarme con un trago: el Bloody Mary cada vez sabía peor.
En todo caso se habría abstenido de contestar el mail, tal y como hacía con la llamada y el WhatsApp. Había querido despedirme sin explicaciones, demostrándome indirectamente su hostilidad y encono. Ángela todo lo hace con sutileza atravesada, con sobreentendidos oblicuos, con la torcida maldad de una Lucrecia Borgia que entre sonrisas te invita a una copa. Miré la mía con los ojos entrecerrados.
No ocultaré mi ridícula reacción al saberme espiado. Antes de exaltarme por el hecho de que probablemente desde el inicio de nuestra relación hubiera ella profanado mi intimidad –y pese a lo que ella les haya predicado, damas y caballeros, no puedo sino defender tal derecho incluso en la vida de pareja-, antes de indignarme por su espionaje, me avergoncé de que ella hubiera supervisado mis visitas a páginas de contenido erótico. A ello me condenaba su cicatería sexual, su inapetencia insultante, la frigidez que yo le instaba a sorprender en inesperados rincones y lechos fuera de contexto.
Recordé que antes de bajar la maleta al coche extraje mi americana de alpaca –regalo de Ángela- y como si fuera un fantasma de mí mismo la dejé tendida en el sofá. Quería estar a la altura de su escenografía y devolverle alguno de sus más significativos regalos. Cerré tras de mí la puerta como quien pasa la última página de una novela mediocre. Clausuraba una época de mi vida. A la espera del ascensor el fresco del rellano me transparentaba los pezones a través de la camisa. Volví a casa –no acababa de irme- y me impuse la americana de alpaca. No hacía día de ir en mangas de camisa.
Con la momentánea lucidez de algún desahuciado personaje de Carver recordé dejar la llave en el velador con incrustaciones de lapislázuli del vestíbulo, supe que nunca volvería y, dado que un artista maldito por sus medios nunca podría retozar en un piso tan lujoso, intenté lamentar que así fuera. Pero me dije que con Ángela siempre hubo más pena aunque con ella había esperado la gloria, sobre todo la literaria.
-Invita la casa, hoy te hace falta.
-Gracias, pero segundas partes nunca fueron buenas.
Nunca hubiera imaginado que rechazaría un Bloody Mary. Me pareció que tras la gruesa lente el ojo de Jaime me guiñaba en son de burla. Se deshizo del intacto cóctel sin remilgos, como si supiera que sabía más amargo que el primero.
                                         
                                                              
                                                                                                                   

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